Jan 25, 2012

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Cap. 09: “La paga del pecado”. Dr. James Dobson

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LA PAGA DEL PECADO

 

Hasta ahora, hemos hablado de las ocasiones cuando las aflicciones y las dificultades vienen a nuestras vidas sin que haya una razón evidente para que eso ocurra. Los accidentes, la muerte, las enfermedades, los terremotos, los fuegos, la violencia, etcétera, guían a los sobrevivientes a preguntarse: “¿Qué hicimos para merecer esto?” A menudo, su incapacidad para relacionar estas inexplicables “obras de Dios” con su propia mala conducta, produce la sensación de que Dios les ha traicionado y les ha hecho victimas. Todo parece ser injusto.

 

Sin embargo, existe otra fuente de dolor y sufrimiento en nuestras vidas, que debemos considerar. Fue descrita por el doctor Karl Menninger, en su libro titulado: Whatever Recame of Sin? [¿Qué ha sido del pecado?] El escribió acerca del concepto de la desobediencia a Dios, que casi ha sido olvidado, y cómo éste determina nuestro bienestar. En realidad, muchas de las aflicciones por las que frecuentemente se le echa la culpa a Dios, son resultado del pecado. No estoy hablando de la maldición del pecado de Adán, sino del comportamiento específicamente pecaminoso, que hace estragos entre los seres humanos.

 

La Biblia nos dice claramente que existe una relación directa entre la desobediencia a Dios y la muerte. Santiago describe este vínculo de la siguiente manera: “Cada uno es tentado cuando es llevado y seducido por su propia pasión. Después, cuando la pasión ha concebido, da a luz el pecado; y cuando el pecado es consumado, engendra la muerte” (Santiago 1:14-15, LBLA).

 

Todo pecado posee esa característica mortal. No es que Dios está sentado en el cielo, y decide maltratar a los que cometen errores. Pero él prohíbe ciertas maneras de comportarse porque sabe que finalmente destruirán a sus víctimas. No es Dios el que conduce a la muerte a la persona, sino el pecado. Y el pecado se convierte en un cáncer que consume a aquellos que se entregan a él.

 

El apóstol Pablo usó las siguientes palabras para describir la naturaleza maligna del pecado en su propia vida, y el maravilloso remedio que está a la disposición del creyente: “¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, [que ha sido hecho] por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado” (Romanos 7:24-25).

 

¿Qué es el “cuerpo de muerte”, al que se refirió Pablo? Este término describía un horrible método de ejecución que era usado por los romanos en esos días. Ataban un cadáver a la persona condenada, de tal manera, que no podía librarse de él. Entonces la carne podrida del cuerpo muerto comenzaba a corromper el cuerpo del prisionero. Inevitablemente, enfermedades e infecciones terribles producían una muerte lenta y dolorosa. Esto, según dijo Pablo, es lo que el pecado le hace a una persona que no ha nacido de nuevo. Se une a su víctima y contamina todo lo que toca. Sin la sangre de Jesucristo, que limpia de todo pecado, todos estamos irremediablemente condenados por esta plaga de maldad.

 

Esta relación entre el pecado y la muerte tiene que ver no solamente con las personas, sino también con las naciones. Durante el siglo dieciocho, por ejemplo, los dueños de las plantaciones norteamericanas y los hombres de negocios, se entregaron a la práctica de la esclavitud como un medio de obtener mano de obra barata y conveniente. Sin duda, desde el comienzo ellos sabían que ése era un negocio lleno de maldad. Los traficantes de esclavos secuestraban a los pacíficos aldeanos africanos, y los transportaban encadenados. Los encerraban tan apretadamente en barcos sucios y plagados de enfermedades que hasta cincuenta por ciento de ellos morían en el viaje hasta este país. Cada una de esas muertes era un asesinato, sin embargo, había un mercado norteamericano que estaba dispuesto a negociar con los sobrevivientes. Los compraban y los vendían como si fueran animales, sin respetar en absoluto la integridad familiar. Les quitaban sus hijos a los padres, y separaban a los maridos de sus mujeres. Algunos eran golpeados, otros eran violados, y a muchos los mataban trabajando. Era un sistema totalmente censurable, y sin embargo, practicado por una sociedad que profesaba temer a Dios. Las semillas de la destrucción habían sido sembradas.

 

Cuando el pecado es consumado, según dice Santiago, engendra la muerte. Desgraciadamente, el terrible pecado de la esclavitud fue consumado en 1860, cuando contribuyó a una guerra civil vergonzosa y devastadora. Muy pronto, toda una nación se vio cubierta de su propia sangre. Más norteamericanos murieron en esa lucha que en todos los demás conflictos juntos, incluyendo la Revolución, la Primera y la Segunda Guerra Mundial, la guerra de Corea, la de Vietnam, y cada escaramuza que ha ocurrido entre estos conflictos. En realidad, seiscientos mil esposos, padres e hijos, pagaron el precio supremo por la locura de la codicia y la explotación de una nación.

 

Y ahora vamos en la misma dirección otra vez. Casi treinta millones de bebés, que todavía no habían nacido, han sido asesinados desde que el Tribunal Supremo de los Estados Unidos dictó su vil decisión sobre el caso de Roe contra Wade, en 1973. Esa cantidad de muertes representa más de diez por ciento de la población de los Estados Unidos, y está aumentando unos 4,110 por día. Tal derramamiento de sangre y matanza, que ahora está ocurriendo en el mundo entero, no tiene precedentes en la historia de la humanidad, y sin embargo, sólo estamos viendo el principio. ¡Que nadie me diga que este crimen contra la humanidad va a quedarse sin castigo! Esos pequeños seres humanos, que no han podido hablar, claman al Todopoderoso desde los incineradores y los montones de basura donde los han tirado. Algún día, este “holocausto de personas que aún no habían nacido” traerá la muerte y la destrucción sobre esta nación. Sólo espere, y lo verá. Esto es parte de la naturaleza del universo. Inevitablemente, el pecado destruye a la nación que lo practica.

 

Lea las palabras que el Señor dijo a los hijos de Israel, hace casi cuatro mil años: “A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia” (Deuteronomio 30:19). ¡Lamentablemente, Estados Unidos ha escogido la muerte, y las consecuencias serán catastróficas!.

 

Permítame mencionar otro ejemplo. Durante miles de años, ha existido la opinión general de que las relaciones sexuales antes de casarse y fuera del matrimonio son peligrosas. Los que quebrantaban las reglas se ponían en peligro de contraer sífilis y gonorrea, así como de tener un embarazo no deseado y ser objeto del rechazo de la sociedad. Las mujeres, aun más que los hombres, comprendían los peligros de la promiscuidad sexual, y trataban de protegerse de ella. Por supuesto, había excepciones, pero por lo general, la cultura reconocía y apoyaba las normas cristianas de moralidad. Y podemos estar seguros de que esos principios eran defendidos ardientemente para beneficio de los adolescentes. En el año 1956, los sugestivos movimientos de cadera de Elvis Presley en la escena, que de acuerdo con las normas de hoy en día eran inofensivos, produjeron un vendaval de protestas de parte de los padres. Ellos comprendían hacía donde conduciría ese camino.

 

Esta dedicación a la castidad antes de casarse y a la fidelidad en el matrimonio, fue ampliamente apoyada en nuestra sociedad desde 1620 hasta 1967. Entonces, de repente, la lealtad a la norma bíblica se desintegró.

 

Se ha dicho que nunca antes en la historia de la humanidad, una cultura había rechazado su principal sistema de valores morales más rápidamente de lo que sucedió durante los últimos años de la década de los sesenta. La promiscuidad sexual llegó a conocerse como “la nueva moralidad”, que realmente no era ni nueva ni moral. Pero era divertida. Y casi se convirtió en el motivo principal de la vida. En realidad, los jóvenes de esos tiempos desafiaron de una manera sorprendente todas las costumbres y las tradiciones; y han pagado un tremendo precio por ello.

 

Lo trágico acerca de esto, fue que la iglesia protestante no se opuso firmemente al repentino desmoronamiento de la moralidad sexual, que ocurrió hacia fines de los años sesenta y comienzos de los setenta. En un momento en el que los cristianos deberían haberse puesto en pie para defender la moralidad bíblica, muchas denominaciones tenían dudas acerca de su realidad. Un gran debate interno, acerca de si las antiguas prohibiciones aún eran razonables o no, estaba haciendo estragos. En un artículo titulado: “El nuevo mandamiento: No lo hagas…, quizás”, publicado en la revista Time, se hizo un reportaje sobre ese período de la historia de la iglesia, en el cual decía lo siguiente:

 

En el monte Sinaí, Dios fue muy claro, él dijo: “No cometerás adulterio”. Tradicionalmente, la mayoría de los cristianos devotos han interpretado que ese mandamiento abarca todas las relaciones sexuales fuera del matrimonio. Jesús incluso condenó los pensamientos lujuriosos, diciendo que el hombre que se complacía en ellos ya había cometido adulterio en su corazón. Pero en estos últimos años, bajo la presión de cambios ocurridos en el comportamiento sexual y de teólogos liberales, de mala gana las iglesias se han enfrentado con el problema de una “nueva moralidad” que pone en duda que cualquier “pecado”, incluyendo el adulterio u otras actividades sexuales fuera del matrimonio, sea malo en todas las circunstancias.

 

Este movimiento comenzó en la década de los sesenta con un grupo de escritores que apoyaron la ética según “el contexto” o “la situación”. De acuerdo con la definición hecha en un libro muy leído, escrito por el episcopal Joseph Fletcher, la ética según la situación dice que siempre hay circunstancias en las que los principios absolutos de comportamiento fallan. La única manera razonable de poner a prueba la ética, según este argumento, es lo que el amor de Dios exige en cada situación en particular.

 

El artículo continuó, describiendo cuatro de las principales denominaciones en las que se estaban realizando esfuerzos para liberalizar las normas de conducta sexual de sus miembros. Cada una de las denominaciones había recibido informes de prestigiosos comités internos en los que se pedía que se hiciera una nueva definición de la conducta inmoral. Una de las iglesias más grandes consideró una resolución que de ser aprobada toleraría específicamente las relaciones sexuales entre personas solteras, los homosexuales y las personas que estuvieran practicando “otros” estilos de relaciones interpersonales. Otra examinó un informe que indicaba que tener relaciones sexuales antes de casarse no es intrínsecamente malo, a menos que una de las personas quiera aprovecharse egoístamente de la otra. También otra estaba considerando una “escala variable de relaciones sexuales permitidas fuera del matrimonio, adaptada a la permanencia, profundidad y madurez de la relación”. También este informe describió “circunstancias excepcionales” en las que el adulterio podría estar justificado. La cuarta denominación había recibido una declaración escrita por seis directores de educación cristiana, quienes sostenían que “las relaciones sexuales son morales si la pareja está mutuamente comprometida al ‘desarrollo de la personalidad de cada uno’, omitiendo el matrimonio como un requisito”.

 

El artículo de la revista Time concluyó diciendo:

 

En contra del concepto tradicional de que Dios quiere que los seres humanos se sometan al plan diseñado por él, la nueva moralidad establece su punto de vista en la idea de que Dios preferiría que las personas tomen sus propias decisiones responsables. ¡Qué tergiversación de la norma bíblica! En ningún lugar de la Biblia, ni siquiera una vez en sus sesenta y seis libros, hay la más pequeña señal de que Dios quiera que nosotros hagamos nuestras propias reglas. Sin embargo, esa fue la tendencia de esos tiempos.

 

Ahora, más de dos décadas después, encontramos que las ideas radicales que fueron introducidas en 1971 son muy aceptadas en la sociedad. La antigua moralidad ha sido gravemente debilitada, y en su lugar ha surgido una norma de comportamiento más libre de cohibiciones. Algunas iglesias han aprobado el estilo de vida homosexual, y en unos pocos casos, la ordenación de ministros homosexuales y de lesbianas. Los adolescentes, incluso miembros de iglesias conservadoras, están un poco menos “activos sexualmente” que los que no asisten a ninguna iglesia. Los Estados Unidos y la mayoría de los países occidentales, se han librado de las cadenas del legalismo. ¡Ha llegado un nuevo día! Pero antes que nuestra celebración llegue a su punto culminante, parece conveniente que preguntemos cómo ha funcionado “la nueva moralidad” hasta estos momentos. ¿Cuáles han sido las consecuencias del revisionismo que fue discutido tan vigorosamente a principios de la década de los setenta?

 

Bueno, usted conoce la respuesta a esa pregunta. El cáncer del pecado se ha consumado y está produciendo una asombrosa cosecha de muerte. Leamos las estadísticas y lloremos juntos:

 

Un millón de norteamericanos están infectados con el virus de inmunodeficiencia humana (y 110 millones en todo el mundo). Finalmente, cada una de estas infelices personas morirán de SIDA, a no ser que se encuentre una cura, lo cual no parece muy probable. Un millón de nuevos casos de enfermedad inflamatoria de la pelvis ocurren todos los años. Cada año hay 1,3 millones de nuevos casos de gonorrea.” Se han desarrollado nuevos tipos de gonorrea que son resistentes a la penicilina. La sífilis ha alcanzado su nivel más alto en cuarenta años, con 134.000 nuevas infecciones por año.” Anualmente ocurren 500.000 nuevos casos de herpes. Se estima que 16,4% de la población de los Estados Unidos, de las edades entre quince y setenta y cuatro años, están infectados; llegando a total de más de veinticinco millones de norteamericanos. Entre ciertos grupos el índice de infección es tan alto como 60%.

De todas las enfermedades transmitidas sexualmente, no es el SIDA la que produce más muertes entre las mujeres, como se creía generalmente! Es el virus de papiloma humano, que puede causar cáncer del cuello del útero. Cada año, 6.000 mujeres mueren de esta enfermedad en los Estados Unidos. Veinticuatro millones de mujeres norteamericanas están infectadas con este virus. Un millón y medio de niños no nacidos son abortados todos los años. Hasta 20%de las novias están embarazadas cuando llegan ante el altar. El índice de divorcios en los Estados Unidos es el más alto del mundo civilizado.

 

Somos una nación de gente enferma, con familias débiles y fracasadas. Los Centros para el Control de Enfermedades de los Estados Unidos informaron recientemente que cuarenta y tres millones de ciudadanos (cerca de uno de cada cinco) están infectados con alguno de los virus que se transmiten sexualmente y que son incurables. Algunas personas morirán por causa de ello. Otras sufrirán por el resto de sus vidas. ¿Puede dudar alguien que la liberación sexual ha sido un desastre social, espiritual y fisiológico?

 

Se debió prever que así ocurriría. La humanidad ha tratado de pecar impunemente desde que la serpiente tentó a Eva en el jardín de Edén. Le dijo a ella: “No moriréis”. Satanás la engañó, y el engaño continúa hasta el día de hoy. Instructores de educación sexual y grupos organizados de planificación familiar insisten en decirles a nuestros hijos que pueden salirse con la suya si usan condones. Lamentablemente, el gobierno de los Estados Unidos ha gastado dos mil millones de dólares con el fin de promover la idea de que tener relaciones sexuales antes de casarse está bien para todos los que “lo hacen de la manera correcta”. Pero su programa ha fracasado rotundamente. ¿Por qué? Porque el fundamento moral del universo es una expresión de la naturaleza de Dios, y todo es gobernado por ésta. ¡Los que tratan de pecar sin sufrir las consecuencias están destinados a experimentar un terrible desengaño!

 

A veces, les pregunto a las personas si pueden recordar qué fue lo primero que Dios creó, y ellas tratan de recordar si en el capítulo 1 de Génesis dice que primero él creó la luz, el firmamento, o los cielos. Ninguna de estas respuestas es la correcta. En el capítulo 8 de Proverbios encontramos que la creación del universo físico fue precedida por otro acontecimiento. En este pasaje, el sistema de valores de Dios: su “sabiduría”, habla en la primera persona. Leámoslo juntos:

 

Jehová me poseía en el principio, ya de antiguo, antes de sus obras. Eternamente tuve el principado, desde el principio, antes de la tierra. Antes de los abismos fui engendrada; antes que fuesen las fuentes de las muchas aguas. Antes que los montes fuesen formados, antes de los collados, ya había sido yo engendrada; no había aún hecho la tierra, ni los campos, ni el principio del polvo del mundo. Cuando formaba los cielos, allí estaba yo; cuando trazaba el círculo sobre la faz del abismo; cuando afirmaba los cielos arriba, cuando afirmaba las fuentes del abismo; cuando ponía al mar su estatuto, para que las aguas no traspasasen su mandamiento; cuando establecía los fundamentos de la tierra, con él estaba yo ordenándolo todo, y era su delicia de día en día, teniendo solaz delante de él en todo tiempo. Me regocijo en la parte habitable de su tierra; y mis delicias son con los hijos de los hombres. Ahora, pues, hijos, oídme, y bienaventurados los que guardan mis caminos. Atended el consejo, y sed sabios, y no lo menospreciéis. Bienaventurado el hombre que me escucha, velando a mis puertas cada día, aguardando a los postes de mis puertas. Porque el que me halle, hallará la vida, y alcanzará el favor de Jehová. Mas el que peca contra mí, defrauda su alma; todos los que me aborrecen aman la muerte (Proverbios 8:22-36).

 

¡Qué declaración tan evidente de la naturaleza divina! El fundamento moral del universo no fue algo que se le ocurrió a Dios después que había creado a los seres humanos. Al Señor no se le ocurrieron los Diez Mandamientos después que vio la desobediencia de los hijos de Israel en el desierto. No, el significado del bien y del mal surgió del carácter de Dios, y siempre ha existido. Indudablemente, precedió la obra de la creación descrita en el capítulo 1 de Génesis.

 

¿Qué significa esto para usted y para mí? ¡Es un ejemplo de la autoridad que está detrás de las leyes morales que encontramos en la Biblia! Realmente son más importantes que las leyes físicas. El hecho es que un día el universo físico llegará a su fin y será reemplazado, pero la naturaleza moral de Dios es eterna. Y todos los que se le oponen “aman la muerte”.

Ahora bien, ¿por qué he dado esta explicación al estar considerando la intervención de Dios en nuestras vidas? Porque yo creo que nosotros somos responsables de muchas de las pruebas y las tribulaciones que se nos presentan en el camino. Algunas son consecuencia directa del pecado, como hemos visto. En otros casos, el dolor que experimentamos es resultado de decisiones imprudentes. Es increíble cómo nos metemos en problemas porque actuamos de una manera tonta e irresponsable. Cuando pensamos en el montón de tonterías que los seres humanos hacemos, podemos comprender por qué el autor Mark Twain dijo en una ocasión: “A veces, parece que es una lástima que a Noé y a su familia no se les fuera el barco”.

 

Me acuerdo de un viaje de pesca en alta mar, en el cual llevé conmigo a mi hijo Ryan, cuando él tenía unos diez años de edad. El capitán del barco localizó un banco de albacora, que hizo que veinticinco aficionados a la pesca nos pusiéramos frenéticos. Comenzamos a sacar los peces como locos. Yo estaba tan entusiasmado con el atún que había sacado que no me di cuenta de lo que mi hijo, falto de experiencia, estaba haciendo. Entonces miré hacia abajo para verlo, y vi que tenía todo el hilo de pescar enredado de tal manera que estoy seguro de que había batido todos los récords. Todavía no puedo imaginarme cómo mi hijo pudo enredar tan completamente un carrete de hilo de pescar que había estado perfectamente enrollado. Era un caso perdido. Ni siquiera Houdini habría podido desenredarlo. Tuve que cortar y tirar a la basura unos 137metros de lo que Ryan llamó “cuerda” para poder sacarlo del problema en que se había metido.

 

Su hilo de pescar, enredado y lleno de nudos, es un símbolo de lo que muchos de nosotros hacemos con nuestras vidas. Bebemos demasiado, nos ponemos a apostar compulsivamente en juegos de azar, o permitimos que la pornografía se apodere de nuestras mentes. Manejamos nuestros autos demasiado rápido y trabajamos como si hoy fuera el último día de nuestras vidas. Desafiamos a nuestro jefe de una manera irrespetuosa, y luego reventamos de ira cuando él responde atacándonos. Gastamos el dinero que no tenemos y que no podríamos devolver jamás. Nos quejamos y peleamos continuamente en el hogar, y llenamos de tristeza nuestras vidas y las de nuestros familiares. No sólo nos metemos en problemas sin querer hacerlo, sino que nos ponemos a buscarlos. Quebrantamos las leyes de Dios, y después creemos sinceramente que nos hemos librado de las consecuencias. Entonces cuando recibimos la “paga” de esos pecados e imprudencias, miramos hacia el cielo sorprendidos y preguntamos a gritos: “¿Por qué tenía que ocurrirme esto a mí?” La verdad es que estamos sufriendo las consecuencias naturales de un comportamiento peligroso que está garantizado que nos causará dolor.

 

Por supuesto, no es mi intención el dar a entender que todas las enfermedades físicas son resultado del pecado, y en el capítulo 5 ya hablamos de esa trampa. Sin embargo, existen situaciones en las que la relación es innegable. Pienso en enfermedades que surgen como consecuencia de los abusos que cometemos contra nuestros cuerpos, tales como el cáncer del pulmón, que es resultado de fumar, o la cirrosis causada por el alcoholismo, o las enfermedades mentales provocadas por el uso de narcóticos. Estas son heridas que nos causamos a nosotros mismos.

 

Un ejemplo más pertinente hoy en día es el fenómeno relacionado con el virus de inmunodeficiencia humana. A menudo, se hace la siguiente pregunta: ¿Ha enviado Dios la epidemia del SIDA como castigo del comportamiento homosexual? ¡Creo firmemente que la respuesta correcta es no! Muchas víctimas inocentes, incluyendo bebés recién nacidos, están padeciendo esta enfermedad y muriendo por causa de ella. Si fuera una maldición de Dios, se manifestaría de una manera más específica sobre las personas responsables. Sin embargo, la infección del virus de inmunodeficiencia humana se transmite por medio de la actividad homosexual, el uso de drogas y la promiscuidad sexual. Así que, el comportamiento pecaminoso ha contribuido a crear la epidemia que ahora amenaza a todos los seres humanos.

 

Piense en esto de la siguiente manera. Si yo escojo tirarme desde un edificio de diez pisos, moriré cuando mi cuerpo choque con el suelo. Es inevitable. Pero la fuerza de gravedad no fue diseñada por Dios para castigar mi mala conducta. El estableció leyes físicas que no podemos quebrantar sin que corramos un gran riesgo. Lo mismo ocurre con sus leyes morales. Son tan reales y fáciles de predecir como los principios que gobiernan el universo físico. Por eso, él sabía (y nosotros deberíamos haberlo sabido) que con el comienzo de la revolución sexual en 1967, este día de enfermedades y de promiscuidad sexual habría de llegar. Aquí está, y lo que hagamos con nuestra situación, determinará cuánto sufriremos nosotros y nuestros hijos en el futuro.

 

Tal vez, una última historia nos ayude a terminar de hablar de este tema ya mostrar claramente hacia dónde creo que estamos yendo en esta lucha entre el bien y el mal.

 

Se cuenta acerca de un misionero en el África, quien una tarde, ya casi al anochecer, regresó a su cabaña. Cuando entraba por la puerta principal se vio frente a una enorme serpiente pitón que estaba en el suelo. Corrió apresuradamente hasta su camión y sacó de él una pistola calibre 45. Lamentablemente, sólo tenía una bala. Apuntando con mucho cuidado, el misionero disparó esa única bala a la cabeza del reptil. La serpiente fue herida mortalmente, pero no murió en el momento. Con furia comenzó a retorcerse y a dar golpes contra el suelo. El misionero retrocedió hasta el jardín delantero, y desde allí podía oír el ruido de los muebles y las lámparas siendo rotos. Por fin, todo se tranquilizó, y cautelosamente volvió a entrar. La serpiente estaba muerta, pero todo el interior de su cabaña estaba hecho pedazos. En sus últimos momentos antes de morir, aquel enorme pitón había descargado todo su poder y su ira sobre todo lo que tenía a la vista.

 

Después, el misionero desarrolló una analogía entre el pitón y la gran serpiente llamada Satanás: nuestro adversario ha sido mortalmente herido por medio de la muerte y la resurrección de Jesucristo. (En Génesis 3:15 el Señor dijo a la serpiente: “Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”.) Así que, los días de Satanás están contados, y él lo sabe. En un último esfuerzo desesperado para frustrar los planes de Dios y engañar a Su pueblo, Satanás está descargando toda su furia sobre nosotros. El está fomentando el odio, el engaño y la agresión en donde quiera que los intereses humanos chocan. Sobre todo, desprecia la institución de la familia, que es un símbolo de la relación entre Jesucristo y su iglesia.

 

¿Cómo podemos sobrevivir en un ambiente tan peligroso? ¿Cómo podemos hacerle frente a la furia de Satanás en sus últimos días? La verdad es que no podríamos enfrentarnos con él en nuestras propias fuerzas. Pero preste atención a lo que Jesús dijo acerca de sus seguidores: “Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre (Juan 10:27-28).

 

El apóstol Pablo confirmó que no es necesario que el pecado tenga poder sobre nosotros. El escribió:

 

Así que, ahora que Dios nos ha declarado rectos por haber creído sus promesas, podemos disfrutar una verdadera paz con Dios gracias a lo que Jesucristo hizo por nosotros. Porque, en vista de nuestra fe, El nos ha situado en la posición altamente privilegiada que ocupamos, donde confiada y gozosamente esperamos alcanzar a ser lo que Dios quiere que seamos (Romanos 5:1-2, La Biblia al Día).

 

Estas son noticias muy importantes para todos los que están cansados y cargados por las presiones y tensiones de la vida. Todo se reduce a este simple concepto: Dios no está contra nosotros por causa de nuestros pecados. El está a favor nuestro en contra de nuestros pecados. Y eso hace un mundo de diferencia.

James Dobson

Cap. 10

 

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