Feb 8, 2012

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CAP. 11_”MÁS ALLÁ DE LA BARRERA DE LA TRAICIÓN” Dr. James Dobson

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Amados (as) hermanos (as):

Este es el último capitulo del libro titulado: “Cuando lo que DIOS hace no tiene sentido” del Dr. James Dobson.

Espero que haya sido de gran ayuda para los que lo leyeron. DIOS les bendiga.

 

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Más allá de la barrera de la  traición

 

Ahora llegamos a nuestros últimos comentarios acerca de este importante tema: cuando lo que Dios hace no tiene sentido. Nuestro mensaje se reduce a este sencillo concepto: no hay nada que el Señor desea más de nosotros que el que pongamos en práctica nuestra fe. Dios no hará nada que la destruya, y nosotros no podemos agradarle a él sin ella. Para definir este término otra vez, diré que la fe es creer en aquello de lo cual no tenemos una prueba absoluta (Hebreos 11:1). Es mantenernos firmes cuando la evidencia nos está diciendo que nos demos por vencido. Es decidir confiar en él cuando no ha respondido todas las preguntas y ni siquiera nos ha prometido una vida libre de sufrimientos.

 

No hay un ejemplo mejor de esta clase de fidelidad, que el que vemos en la segunda parte del capítulo 11 de la Epístola a los Hebreos. A este pasaje de la Biblia, al cual nos referimos anteriormente, se le ha llamado la “galería de héroes ilustres”, y tiene mucho que ver con el tópico que estamos considerando. Ahí se describen los hombres y las mujeres que perseveraron en su fe bajo las circunstancias más extremas. Estuvieron sujetos a toda clase de penalidades y peligros por causa de su fe en Jesucristo.

 

Algunos fueron torturados, encarcelados azotados, apedreados, aserrados por la mitad y muertos a filo de espada. Se vieron desamparados, maltratados, perseguidos y muy mal vestidos. Anduvieron errantes por los desiertos, por los montes, por las cuevas y por las cavernas de la tierra. Y lo más importante de todo, en relación con nuestro tema, es que murieron sin haber recibido lo que les había sido prometido. En otras palabras, se mantuvieron firmes en su fe hasta la muerte, aunque Dios no les había explicado lo que él estaba haciendo (Hebreos 11:35-40).

 

Sin quitar mérito al carácter sagrado de esos versículos de la Biblia, me gustaría presentar para la inspiración de usted, mi propia “galería de héroes ilustres”. Entre los nombres de estos gigantes de la fe, que tengo en mi lista, están los de algunos seres humanos increíbles, quienes deben ocupar un lugar especial en el corazón de Dios.

 

Al comienzo de la lista se encuentran algunos de los niños y las niñas que conocí durante mis catorce años como miembro del personal del Hospital Infantil de Los Ángeles. La mayoría de ellos padecían de enfermedades mortales, aunque otros tenían dolencias crónicas que habían alterado y trastornado su infancia. Algunos tenían menos de diez años de edad, y sin embargo, su fe en Jesucristo era inquebrantable. Murieron testificando con sus bocas de la bondad de Dios, mientras sus pequeños cuerpos se consumían. Qué recepción deben haber tenido cuando llegaron ante la presencia de aquel que dijo: “Dejad a los niños venir a mí” (Marcos 10:14).

 

En mi primera serie de películas, titulada: Focus on the Family (Enfoque a la Familia), relaté la historia de un niño afroamericano, que tenía cinco años de edad, al cual nunca lo olvidarán todos los que le conocieron.

 

Una enfermera, junto con la que trabajé, llamada Gracie Schaeffler, había cuidado a este pequeñito durante los últimos días de su vida. Estaba muriendo de cáncer del pulmón, la cual es una enfermedad aterradora durante sus últimas etapas. Los pulmones se llenan de líquido, y el paciente no puede respirar. Es terriblemente claustrofóbico, especialmente para un niño pequeño. Este niñito tenía una madre cristiana que lo amaba y que permaneció a su lado a través de toda esa larga experiencia horrorosa. Lo mecía sobre sus piernas y le hablaba dulcemente del Señor. Instintivamente, estaba preparando a su hijo para las últimas horas de su vida.

 

Gracie me dijo que un día, cuando la muerte estaba ya muy cerca, entró en la habitación, y oyó al muchachito hablando acerca de que oía sonar las campanas.

 

– Las campanas están sonando, mamá- dijo – Puedo oírlas.

Gracie pensó que estaba teniendo una alucinación, porque le quedaba muy poco tiempo de vida. Ella salió de la habitación, y cuando regresó unos pocos minutos después, lo oyó hablando otra vez acerca de las campanas que oía sonar.

Más tarde, la enfermera le dijo a la madre del pequeñito:

-Estoy segura de que usted sabe que su bebé está oyendo sonidos que no existen. Está teniendo alucinaciones por causa de su enfermedad.

La madre acercó a su hijo a su pecho, sonrió, y dijo:

-No, señorita Schaeffler. El no está teniendo alucinaciones.

Yo le dije que cuando no pudiera respirar, si prestaba atención podría escuchar las campanas del cielo que sonarían para él. Es de eso de lo que ha estado hablando todo el día.

 

 

Más tarde, ese mismo día por la noche, aquel precioso niño murió en el regazo de su madre, y todavía estaba hablando de las campanas del cielo cuando los ángeles vinieron por él. Qué pequeño soldado tan valiente era él. Su valor no fue reportado en los periódicos del día siguiente. Tampoco ningún periodista famoso relató su historia en las noticias nocturnas de la televisión. Sin embargo, para siempre él y su madre ocuparán un lugar en nuestra “galería de héroes ilustres”.

 

Mi próximo candidato para ocupar un lugar entre aquellos que deben ser recordados para siempre por causa de su fidelidad es un hombre al que nunca conocí, aunque influyó en mi vida mientras estaba perdiendo la suya. Supe de él por medio de un documental dramático que vi en la televisión hace algunos años. El productor había obtenido el permiso de un especialista en cáncer para colocar cámaras en su clínica. Luego, con la aprobación de tres pacientes: dos hombres y una mujer, filmó el momento en que cada uno de ellos se enteró de que tenían un tumor maligno en sus últimas etapas. Su primera reacción de sobresalto, incredulidad, temor y enojo, fueron grabadas detalladamente.

 

Más tarde, el equipo encargado de producir el documental siguió a estas tres familias a través del proceso de tratamiento con sus altibajos, esperanzas y desilusiones, dolor y terror. Permanecí sentado sin moverme, mientras el drama de vida y muerte se desarrollaba en la pantalla. Finalmente, los tres pacientes murieron, y el programa terminó sin ningún comentario o editorial.

Hubo tanto que se debió decir. Lo que más me impresionó fueron las diferentes maneras en que esas personas se enfrentaron con sus aterradoras circunstancias. Los dos que al parecer no tenían fe, reaccionaron con enojo y amargura. No sólo lucharon contra la enfermedad, sino que parecía que estaban en guerra contra todo el mundo. Sus relaciones personales, y hasta sus matrimonios, fueron sacudidos, especialmente a medida que se acercaba el fin. Le advierto que no estoy criticándoles.

 

La mayoría de nosotros reaccionaríamos de una manera bastante parecida si nos encontráramos frente a una muerte inminente. Pero esa fue la causa de que el tercer individuo fuera tan inspirador para mí.

El era un humilde pastor negro de una iglesia bautista en un barrio pobre de la ciudad. Tenía casi ochenta años, y había sido ministro durante toda su vida de adulto: Su amor por el Señor era tan profundo que se reflejaba en todo lo que decía. Cuando le dijeron a él y a su esposa que sólo le quedaban unos pocos meses de vida, no mostraron ningún pánico. Con tranquilidad le preguntaron al médico el significado de toda la situación. Cuando éste les había explicado el tratamiento y lo que podían esperar, cortésmente le dieron las gracias y se fueron. Las cámaras siguieron a esta pareja hasta su viejo automóvil y sin que ellos se dieran cuenta les filmaron mientras inclinaron sus cabezas y se entregaron nuevamente al Señor.

 

Durante los siguientes meses, ese pastor jamás perdió la serenidad, ni habló quitándole importancia a su enfermedad. No estaba negando la realidad. Sencillamente, había aceptado el cáncer y sus probables resultados. El sabía que el Señor estaba en control, y se negó a permitir que su fe se debilitara.

 

Las cámaras estaban presentes en su iglesia el último domingo que él habría de estar allí. Realmente, esa mañana predicó el sermón, y habló con toda franqueza acerca de su muerte inminente. Que yo recuerde, lo siguiente fue lo que él dijo: “Algunos de ustedes me han preguntado si estoy enojado con Dios por causa de esta enfermedad que ha invadido mi cuerpo. Les digo sinceramente que en mi corazón sólo tengo amor hacia Dios. El no me hizo esto. Nosotros vivimos en un mundo pecaminoso en el que la enfermedad y la muerte son la maldición que el ser humano trajo sobre sí mismo y yo vaya ir a un lugar mejor, donde ya no habrá más llanto, ni dolor, ni aflicción. Así que no se sientan mal por mí”. “Además”, continuó diciendo, “nuestro Señor sufrió y murió por nuestros pecados. ¿Por qué no debería de participar yo en su sufrimiento?”

 

Entonces comenzó a cantar, sin ningún acompañamiento musical, con una voz débil y temblorosa: ¿Debe sólo Jesús la cruz llevar, y el mundo entero libre verse? No, para todos hay una cruz, y una cruz para mí hay. Cuán felices en el cielo los santos están, después que mucho sufrieron aquí; pero ahora amor puro y gozo sin lágrimas saborean.

La consagrada cruz llevaré, hasta que liberado por la muerte sea, y entonces a mi hogar iré para mi corona llevar, porque una corona para mí hay.

 

Lloré mientras este hombre tan dulce cantaba de su amor por Jesús. Su voz era muy débil, y su rostro estaba demacrado como resultado de los estragos hechos por la enfermedad. Pero sus comentarios fueron unos de los más poderosos de todos los que he escuchado en mi vida.

Que yo sepa, sus palabras de esa mañana fueron las últimas que dijo desde el púlpito. Pocos días después, pasó a la eternidad, donde se encontró con el Señor, a quien había servido durante toda su vida. Este pastor, cuyo nombre no sabemos, y su esposa ocupan un lugar prominente entre mis héroes espirituales. Quiero hablar de una persona más, que también tiene un lugar en mi galería de héroes ilustres de la fe. Es una mujer llamada Marian Benedict Manwell, la cual vive aún. La conocí por medio de una carta que me escribió en 1979, y jamás he olvidado lo que me dijo. He guardado esa carta durante todos estos años, y realmente, esta semana le hice una llamada telefónica. Me enteré de que aún esta agradable señora se mantiene firme en su fe en Jesucristo.

 

Pero permítame compartirle lo que ella me dijo, hace tantos años, en esa primera carta. Estimado doctor Dobson: Vaya contarle mi experiencia como “patito feo”. Fui la primera hija de un joven ministro y su esposa que era maestra. Cuando yo nací tenían aproximadamente treinta años de edad. (Ahora prepárese para lo que sigue.) Cuando tenía ocho meses de edad, de repente el grueso muelle de un asiento brincador, en el que yo estaba saltan­ do, se rompió. Como el muelle estaba muy tirante, descendió violentamente, golpeando y rasgando lo primero que encontró en su camino, que fue la parte blanda de mi cabeza. No había nada que hacer. Mis padres y mis tíos (con quienes estábamos de vacaciones) creyeron que estaba muerta. Finalmente encontraron un doctor que me llevó a un hospital a casi trece kilómetros de distancia, pero lo único que pudieron hacer fue limpiar y vendar la herida. No les dieron a mis padres ninguna esperanza de que yo sobreviviera a aquel accidente. Ellos eran personas devotas a Dios, y creían en la oración, al igual que todos nuestros familiares y amigos. Estoy viva gracias a la fe de ellos. Por la misericordia de Dios seguí con vida, aunque los doctores le dijeron a mi familia que yo quedaría irremediablemente inválida y mentalmente incapacitada. Eso no ocurrió, pero hubo muchos problemas.

 

Para comenzar diré que yo no era una niña hermosa. Era bastante fea, y también coja. Oh sí, podía caminar. El Señor se encargó de eso cuando me sanó de una parálisis total. También me bendijo con una mente despierta. Sin embargo, como usted ha dicho en algunos de sus libros, la gente busca la belleza física en los niños. Mi hermano menor tenía la belleza de la familia. Se parecía a nuestro padre: pelo de color castaño rojizo, ojos castaños, y era muy simpático.

 

Yo no podía correr, saltar la cuerda, jugar a la pelota, o agarrar cualquier cosa que me lanzaran. Estaba inválida de mi lado izquierdo. Supongo que por eso me convertí en una persona a la que le gustaba estar sola. Desarrollé una imaginación que me permitía vivir una vida maravillosa por medio de los cientos de libros que leía y las fantasías que inventaba.

 

Cuando le dije a mi madre, quien murió de cáncer cuando yo tenía diez años, que yo quería ser enfermera y misionera, me dijo: “Eso es maravilloso”. Ella sabía que debido a mis defectos yo nunca podría ser ninguna de las dos cosas. Dos años después de la muerte de mi madre, mi padre se volvió a casar y nos mudamos a otra ciudad pequeña. La situación se hizo aun más difícil para mí.

 

Yo no era popular durante todos los años de escuela secundaria. Era la hija de un predicador, y mucho tiempo antes le había entregado mi corazón al Señor. Eso, agregado a mi personalidad introvertida, impidió que me involucrara con los grupos de la escuela de nuestra pequeña ciudad. Un día, mientras caminaba con dificultad en dirección a la escuela, un adolescente se me acercó por detrás y me preguntó en voz alta: “¿Qué te pasa? ¿Por qué estás cojeando? Nadie quiere estar junto con una muchacha que camina así”

 

Fue muy difícil para mí el comprender que Cristo podía darme las fuerzas para mantenerme tranquila en una situación como ésa. Permítame interrumpir brevemente la carta de la señora Manwell, para resumir las circunstancias que ella nos ha relatado. Desde la infancia tuvo deficiencias neurológicas que le impidieron jugar como otros niños. La reacción de los demás muchachos la forzaron a satisfacer sus necesidades sociales por medio de sus fantasías. Ella mencionó, casi sin darle importancia, la muerte de una madre muy sensible y comprensiva cuando tenía diez años, y la llegada de una madrastra al comienzo de su adolescencia.

 

Agreguemos a eso las burlas de aquellos del sexo opuesto, cuando era adolescente, y más rechazo porque era hija de un predicador. Aquí tenemos los ingredientes para producir un daño sicológico permanente en la mayoría de los niños. Pero esta no era una joven común y corriente. Regresemos a su carta para ver qué es lo que el Señor ha hecho en su vida: Más tarde, me case con un joven que fue compañero mío en la escuela, i Y el Señor me ha bendecido dándome seis hijos y dos hijas! Todos ellos se han casado con cristianos maravillosos. Durante casi cuarenta años, mi esposo me ha protegido en ocasiones cuando imprudentemente yo habría tratado de abarcar más de lo que podía apretar.

 

El me ha impartido la confianza que necesitaba para usar la imaginación que desarrollé cuando era niña (para escribir poesías y breves historias). Produce tanta satisfacción el ver que nuestros hijos han llegado a ser miembros de sus comunidades respetados por los demás, y que cuidan de sus familias con verdadero interés en su bienestar. Hace dos o tres años, mi hija mayor vino a casa después de haber visitado a una amiga que había estado con ella en la misma escuela, y me dijo que se había quedado sorprendida al enterarse de que muchos de sus antiguos compañeros de clase habían fracasado en la vida: estaban usando drogas o bebían con exceso.

 

Otros se habían divorciado o tenían hijos sin haberse casado; y algunos estaban en la cárcel. Mi hija dijo: “Cuando veo a nuestra familia grande, que frecuentemente no tenía ninguna de las cosas buenas de esta vida, y sin embargo, cada uno de sus miembros es un ciudadano muy formal y respetuoso de la ley, me doy cuenta de que hay tantas cosas por las que tengo que estar agradecida. Creo que tú debes de haber orado mucho por nosotros”. Cuando me dijo eso, lloré. Ese es el aspecto de la labor de criar a los hijos que me ha producido más satisfacción.

 

Gracias por permitirme tomar tanto de su tiempo, doctor Dobson, y que Dios le bendiga. Marian Benedict Manwell.

 

Muchas gracias, Marian, por mostrarnos su fidelidad. Muy fácilmente usted podría haber culpado a Dios por haber hecho que su vida fuese tan difícil. Estoy seguro de que, aun cuando usted era una niña, comprendió que él pudo haber impedido que ese muelle se rompiera, o haberlo cambiado de dirección para que no la hubiera golpeado en la cabeza. Tampoco tenía que haberse llevado a su madre cuando usted la necesitaba tanto. El pudo haberla hecho linda, o popular, o atlética. Teniendo en cuenta sus limitaciones, hubiera sido razonable que usted estuviera disgustada con el Señor.

 

En verdad, todo parecía estar en contra suya, pero en su carta no hay ninguna señal de enojo o desilusión. Y a medida que describe su difícil situación, tampoco se percibe que usted tenga lástima de sí misma. En cambio, usted dice: “Mucho tiempo antes le había entregado mi corazón al Señor”. La admiro mucho, Marian Benedict Manwell.

 

Y también el Señor debe sentir admiración por usted. Aunque al comienzo parecía que no tenía interés en usted, estaba obrando silenciosamente, sin ser visto, con el propósito de enviarle un esposo cristiano que la amara y la protegiera. Luego la bendijo con ocho hijos, que ahora que ya han crecido están sirviéndole a él. ¡Qué culminación para una vida de fe! Si usted hubiera cedido a la amargura por causa de su impedimento, sin duda sus hijos e hijas se habrían dado cuenta de ello.

 

Probablemente, algunos de ellos habrían adoptado la misma actitud. Gracias por haberse mantenido firme en su fe, ¡aun cuando lo que Dios hizo, acerca de los asuntos relacionados con su vida, no tenía sentido! Usted es también un miembro muy apreciado de mi galería de héroes ilustres de la fe de todos los tiempos.

 

En mi lista tengo más héroes de los que podría describir en muchos libros del tamaño de éste, pero resistiré la inclinación a mencionarlos. Nuestro propósito, como usted sabe, ha sido ayudar a aquellos que no están muy firmes en su fe. Si todos estuvieran dotados de la tenacidad de un buldog y la fe de Abraham, no habría necesidad de hablar de un tema como éste. Pero la mayoría de nosotros no somos superestrellas espirituales. Por eso estos pensamientos han sido afectuosamente dedicados a las personas cuyo espíritu ha sido herido por experiencias que no han podido comprender.

 

Sencillamente, las piezas del rompecabezas de la vida no han encajado en su lugar, lo cual les ha dejado confundidos, enojados y desilusionados. Tal vez, usted se encuentra entre aquellos que han luchado por comprender una aflicción en particular y la razón que Dios ha tenido para permitirla. Miles de preguntas han estado dando vueltas en su cabeza, la mayoría de ellas comenzando con la palabra: “¿Por qué?”. Desesperadamente usted quiere confiar en el Padre y creer en su gracia y su bondad. Pero muy dentro de usted, está prisionero de una sensación de traición y abandono.

 

Evidentemente, el Señor permitió que sus dificultades ocurrieran. ¿Por qué no las impidió, y por qué no ha tratado de explicarlas o disculparse por ellas? El no poder contestar estas preguntas fundamentales se ha convertido en una barrera de un kilómetro de alto, y no parece que usted puede encontrar como subirla o pasar alrededor de ella. Para algunos de ustedes, su angustia comenzó con la muerte de un precioso hijo o hija. Su dolor por causa de esa pérdida ha sido tan intenso que usted se ha preguntado si podrá siquiera seguir adelante. El (o ella) llenaba su corazón de tanto gozo. Corría, saltaba, se reía y le abrazaba. Usted le amaba mucho más de lo que apreciaba su propia vida.

 

Pero entonces, llegó esa horrible mañana en la piscina, o ese siniestro informe médico, o el accidente que ocurrió mientras iba en su bicicleta. Ahora su hijo, al que usted quería tanto, se ha ido, y el propósito de Dios al permitir su muerte aún es un misterio. Para otros de ustedes, jamás habrá nada tan doloroso como el rechazo del que fueron objeto de parte del que era su esposo o esposa.

 

El día en que usted descubrió que le era infiel, o cuando llegaron los papeles del divorcio, o esa inolvidable noche de violencia, esos fueron momentos de angustia indescriptible. De alguna manera, habría sido más fácil enterrar el cuerpo muerto de su cónyuge que verle vivo en los brazos de su amante.

 

¿Cómo pudo ser tan cruel esa persona a quien usted se lo había entregado todo? Usted derramó muchas lágrimas mientras le rogaba a Dios que interviniera, y cuando su matrimonio se desintegró, la desilusión y la amargura inundaron su alma. Usted ha dicho que jamás volverá a confiar en nadie, ni siquiera en el Todopoderoso. También pienso en las viudas y los viudos que están tratando de sobrevivir solos. Si usted es uno de ellos, sabe que muy pocos de sus amigos comprenden por completo su situación.

 

Ellos quieren que usted se recobre de esa pérdida y vuelva a vivir su vida como si nada hubiera ocurrido. Pero usted no puede hacerlo. Durante tantos años su matrimonio era el centro de su existencia. Dos seres humanos distintos realmente se convirtieron en “una sola carne” como fue el propósito de Dios. Era una relación tan amorosa que hubiera podido continuar para siempre.

 

En realidad, cuando ustedes eran jóvenes creyeron sinceramente que así sería. Pero de repente, todo se acabó. Y ahora, por primera vez en muchos años, usted se encuentra verdaderamente solo, o sola. ¿Es esto todo lo que podemos esperar? Mi madre jamás se recuperó de la muerte de mi padre. El la dejó de repente, cuando tenía sesenta y seis años, un domingo por la tarde mientras estaban sentados a la mesa comiendo. Aunque después de ese día ella vivió once años, su corazón estaba destrozado y nunca pudo sanarse. Ella había edificado su vida alrededor de aquel hombre, que la volvió loca en 1934, y sencillamente no pudo enfrentarse con el futuro sin él a su lado.

 

Mi madre no culpó a Dios por su muerte, pero no obstante sufrió mucho por causa de ésta. Lo siguiente fue lo que ella escribió en su diario en el primer aniversario de la muerte de mi padre: La gente me ha dicho que el primer año es el más difícil. Han pasado un año y tres días desde tu muerte, y esta noche estoy desesperada anhelando tenerte a mi lado. ¡Oh, amado Señor! Esto es más de lo que puedo soportar. Mis sollozos hacen que el corazón omita latidos. No puedo ver el papel. Tengo punzadas en la cabeza. La casa está solitaria y silenciosa. Las visiones que he tenido de ti han sido tan reales como si estuvieras aquí y no me hubieras dejado. Hoy le di gracias a Dios por permitir que un ángel me cuide. ¡Pero cuánto te extraño! Hace mucho frío afuera. Anoche, hubo una tormenta de agua mezclada con nieve que cubrió la tierra con hielo y luego formó una corteza congelada. Las calles están resbaladizas y peligrosas. Aborrezco este tiempo. Me hace sentir triste, asustada y sola. Tengo miedo del invierno que se acerca. Esto durará tres meses más. Hoy me mudé al dormitorio más pequeño. Quisiera que estuvieras aquí para que compartiésemos esta habitación. Tengo recuerdos muy preciosos de ella. Cuando yo estaba enferma, hace cuatro años, oraste por mí en ese dormitorio durante las horas de la medianoche.

 

Te acostaste en el suelo y oraste angustiosamente por mí. Los dos sabíamos que el Espíritu estaba orando por medio de ti. Más tarde, el Señor nos guió a un doctor que me ayudó a recuperar mi salud. ¡Oh, cómo te amé y te sigo amando! ¡Qué mujer tan especial era mi madre, y cuán profundamente amó a mi padre! Ahora ella está con él en el cielo.

 

Pero hay otras viudas y viudos que también amaron a sus cónyuges tan intensamente, y ahora tienen que enfrentarse con el futuro solos. Quiero expresarles a ellos mi amor, y le pido al Señor que les ayude a medida que viven un día a la vez. Existen tantas otras fuentes de dolor. Estoy consciente de aquellos de entre mis lectores que están sufriendo por razones menos catastróficas, tales como los adultos cuyos padres son alcohólicos, los que han estado demasiado gordos desde la infancia, los que fueron objeto de abuso físico o sexual durante los primeros años de sus vidas, y las personas que están ciegas, cuadripléjicas, crónicamente enfermas, etcétera.

 

También me importan las madres solteras que se preguntan cuánto tiempo podrán llevar la carga que está sobre sus hombros. Existen un millón de situaciones diferentes, pero todas ellas conducen a una misma clase de frustración. Y la mayoría de ellas tienen consecuencias teológicas. A esas personas, que acabo de describir, que han tratado de comprender la providencia de Dios, ¡les traigo palabras de esperanza! No, no puedo brindarles pequeñas soluciones satisfactorias para todas las inconsecuencias de la vida que nos molestan. Eso no ocurrirá hasta que veamos al Señor cara a cara. Pero él tiene un corazón especialmente compasivo hacia los afligidos y derrotados.

 

Él le conoce a usted por nombre y ha visto cada lágrima que ha derramado. El estaba a su lado en cada ocasión en la que algo malo sucedió en su vida. Y lo que parece ser falta de interés o crueldad de parte de Dios, es un malentendido en el mejor de los casos y una mentira de Satanás en el peor de ellos. ¿Cómo sé que esto es cierto? Porque la Biblia nos lo dice muy enfáticamente. Para empezar, David escribió: “Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu” (Salmo 34:18). ¿No es éste un hermoso versículo? Cuán alentador es saber que la misma presencia del Rey, el Creador de los cielos y la tierra, permanece cerca de los que están heridos y desalentados. Si usted pudiera comprender plenamente cuánto Dios le ama, jamás volvería a sentirse solo.

 

David enfatizó esta idea en el Salmo 103:11: “Tan inmenso es su amor por los que le honran como inmenso es el cielo sobre la tierra” (VP). Otro de mis pasajes favoritos de la Biblia es Romanos 8:26, en el cual se nos dice que realmente el Espíritu Santo ora por usted y por mí, con tal pasión que el lenguaje humano es inadecuado para describirla. Ese versículo dice: “Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo inter­ cede por nosotros con gemidos indecibles”. ¡Qué consuelo nos imparte esta verdad!

 

Hoy mismo, él está orando por usted al Padre, intercediendo por la situación en que se encuentra y describiendo su necesidad. Por lo tanto, ¡qué error más grande es echarle la culpa de nuestros problemas al mejor amigo que tiene la humanidad! A pesar de cualquiera otra conclusión a la que usted llegue, por favor, crea esto que le voy a decir: ¡El no es la fuente de su dolor!

 

Si usted estuviera sentado frente a mí en este momento, tal vez se sentiría movido a preguntarme: “¿Entonces cómo explica usted las tragedias y las aflicciones que han venido a mi vida? ¿Por qué me hizo Dios esto?” Mi respuesta, que ya usted ha leído en páginas anteriores, no es profunda, ¡pero sé que es correcta! ¡Por lo general, Dios no contesta esas preguntas en esta vida! Esto es lo  que he tratado de decir. El no nos va a presentar sus planes y sus propósitos para que le demos nuestra aprobación. Nunca debemos olvidar que él es Dios. El quiere que, como Dios que es, creamos y confiemos en ÉL a pesar de todas las cosas que no entendamos.

 

Es tan sencillo como eso. Jehová nunca contestó las razonables preguntas que Job le hizo, y él no contestará todas las que usted le haga. Sugiero que todas las personas que han vivido en este mundo, han tenido que enfrentarse con aparentes contradicciones y enigmas; y usted no va a ser la excepción. Si esta explicación no le satisface y no puede aceptarla, entonces usted estará destinado a vivir con una fe débil e inútil, o sin ninguna fe en absoluto. Usted tendrá que construir sus castillos sobre algún otro fundamento.

 

Sin embargo, ése será el desafío más grande de todos con los que tendrá que enfrentarse, porque no existe ningún otro fundamento. Está escrito: “Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican”(Salmo 127:1, LBLA). Mi consejo más importante es que, si es posible, antes que la crisis ocurra cada uno de nosotros reconozca que nuestra confianza en Dios debe ser independiente de nuestra comprensión. No hay nada malo en que tratemos de comprender, ¡pero no debemos contar con nuestra habilidad para comprender!.

 

Tardeo temprano nuestro intelecto nos planteará preguntas que no podremos contestar. En ese momento, sería sabio que recordáramos sus palabras: “Porque como los cielos son más altos que la tierra, así mis caminos son más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (LBLA). Y nuestra respuesta debe ser: “No se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lucas 22:42). Cuando pensamos en esto, nos damos cuenta de que hay consuelo en esta actitud ante las pruebas y las tribulaciones de esta vida.

 

Nos es quitada la responsabilidad de tratar de comprenderlas. No se nos ha dado suficiente información como para que podamos descifrar el misterio. Es suficiente que reconozcamos que lo que Dios hace tiene sentido aun cuando no lo tenga para nosotros. ¿Parece un poco simplista esta manera de ver el problema, como una explicación que le daríamos a un niño? Sí, y por una buena razón. Jesús lo dijo de la siguiente manera: “De cierto os digo, que el que no recibe el reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Lucas 18:17). Pero, ¿qué le decimos a la persona que no puede comprender esta verdad? ¿Qué consejo podemos darle a la persona que está resentida y profundamente enojada con Dios por algo malo que cree que él le hizo? ¿Cómo puede evitar la barrera de la traición y comenzar a tener una nueva relación con el Señor? Sólo existe una cura para el cáncer del rencor: perdonar, de una vez para siempre, a aquel que creemos que nos ha ofendido, con la ayuda de Dios.

 

Por extraño que esto parezca, estoy sugiriendo que algunos de nosotros necesitamos perdonar a Dios por las aflicciones de las cuales le hemos hecho responsable. Durante años usted ha estado resentido contra Dios, y ahora es el momento de librarse de ese resentimiento. Por favor, no malentienda lo que he dicho. Le corresponde a Dios perdonarnos a nosotros, y casi parece una blasfemia el sugerir que nuestra relación con él pudiera ser invertida. El no ha hecho nada malo, y no necesita nuestra aprobación. Pero la fuente de rencor debe ser admitida antes que pueda ser limpiada. No hay mejor manera para librarse de ella que absolver al Señor de todo lo que hemos creído que nos ha hecho, y luego pedirle perdón por nuestra falta de fe.

 

Esto se llama “reconciliación”, y es la única forma en que usted podrá ser totalmente libre. La difunta Corrie ten Boom habría comprendido el consejo que acabo de dar. Ella y su familia fueron enviados por los nazis a un campamento de exterminio en Ravensbruck, Austria, durante los últimos años de la Segunda Guerra Mundial. Todos ellos sufrieron una crueldad y una privación horribles a manos de los guardias de la SS., y finalmente, sólo Corrie sobrevivió. Después de la guerra, ella llegó a ser una escritora famosa, y frecuentemente habló del amor de Dios y de su intervención en su vida. Pero en su interior, aún sentía rencor hacia los nazis por lo que les habían hecho a ella y a su familia.

 

Dos años después de la guerra, Corrie estaba hablando en Múnich, Alemania, sobre el tema del perdón de Dios. Después del servicio, vio a un hombre que estaba abriéndose paso para llegar hasta donde estaba ella. Lo siguiente es lo que más tarde Corrie escribió acerca de ese encuentro: “y fue entonces que lo vi, abriéndose paso hacia adelante. Primero vi su abrigo y su sombrero marrón; luego un uniforme azul y una gorra con visera, con su calavera y dos huesos cruzados. El recuerdo vino precipitadamente: el enorme cuarto con sus luces muy fuertes colgando sobre nuestras cabezas; el patético montón de vestidos y zapatos en medio del suelo; la vergüenza de caminar desnudas por delante de este hombre. Podía ver delante de mí la frágil figura de mi hermana, con las costillas bien visibles debajo de su piel transparente. Betsie, ¡qué flaca estabas! El lugar era Ravensbruck, y el hombre que se acercaba a donde yo estaba, había sido uno de los guardias allí, uno de los más crueles.

Ahora estaba delante de mí, y tendiéndome la mano me dijo: “Señorita, ¡ése ha sido un magnífico mensaje! ¡Qué bueno es saber que, como usted dijo, todos nuestros pecados están en lo profundo del mar!” Y yo, que había hablado tan elocuentemente sobre el perdón, pretendí buscar algo en mi cartera, en vez de estrechar su mano. Por supuesto, él no se acordaba de mí, ¿cómo podía recordar a una presa de entre miles de mujeres? Pero yo me acordaba de él y de su látigo de cuero colgando de su cinturón. Estaba enfrentándome a uno de mis carceleros, y parecía que la sangre se me había congelado en las venas. -Usted mencionó Ravensbruck en su mensaje” -me dijo- Yo era uno de los guardias en ese lugar. No, no se acordaba de mí. -Pero desde ese tiempo” -continuó diciendo-, me he hecho cristiano.

Sé que Dios me ha perdonado por todas las cosas crueles que hice allí, pero desearía que usted me perdonara también, señorita. De nuevo me tendió la mano, y me dijo: -¿Quisiera usted perdonarme? y permanecí allí de pie; yo, a quien Dios le había perdonado sus pecados una y otra vez, no podía perdonar a aquel hombre. Betsie había muerto en aquel lugar. ¿Podía borrar él su lenta muerte con sólo pedirme perdón? Sólo habían transcurrido unos pocos segundos desde que él estaba allí de pie frente a mí, tendiéndome la mano, pero a mí me había parecido que habían pasado horas, mientras luchaba con la cosa más difícil de todas las que había tenido que hacer en mi vida. Porque tenía que hacerlo, yo lo sabía muy bien. El mensaje acerca de que Dios nos perdona, tiene una condición previa: que nosotros perdonemos a aquellos que nos han hecho algún daño. “Sino perdonáis a los hombres sus ofensas”, dijo Jesús, “tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas”. Yo conocía esto no sólo como un mandamiento de Dios, sino como una experiencia diaria. Desde que la guerra había terminado, yo había tenido un hogar en Holanda para personas que habían sido víctimas de la brutalidad de los nazis. Las que habían podido perdonar a sus antiguos enemigos habían sido capaces de regresar al mundo exterior y de reconstruir sus vidas, a pesar de sus cicatrices físicas. Pero aquellas personas que habían alimentado su rencor, habían permanecido inválidas.

Fue tan sencillo y tan horrible como es, y aun así, permanecí allí de pie, con la frialdad paralizando mi corazón. Pero el perdón no es una emoción; y yo también sabía eso. El perdón es un acto de la voluntad, y la voluntad puede funcionar sin tener en cuenta la temperatura del corazón. “¡Jesús, ayúdame!, oré silenciosamente. “Puedo levantar mi mano. Eso es todo lo que puedo hacer. Dame tú el sentimiento”. Así que, inexpresiva y mecánicamente, puse mi mano en la que estaba extendida hacía mí. Y cuando hice eso, algo increíble sucedió. Una corriente comenzó a fluir desde mi hombro, bajó rápidamente por mi brazo y penetró en nuestras manos unidas. Y entonces ese calor sanador pareció inundar todo mi ser, llenando de lágrimas mis ojos. -Te perdono, hermano -grité-o Te perdono con todo mi corazón. Por un largo rato nos quedamos tomados de las manos; el antiguo guardia y la antigua presa. Jamás yo había conocido el amor de Dios tan intensamente, como lo conocí en ese momento. Pero a pesar de todo, me di cuenta de que realmente no era mi amor. Yo había tratado, pero me había faltado el poder. Era el poder del Espíritu Santo, tal como se menciona en Romanos 5:5: “… porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado”

Las palabras de Corrie ten Boom son muy apropiadas para nosotros en este momento. Todas las clases de rencores, inclusive el que parece “justificado”, destruirá a la persona espiritual y emocionalmente. Es una enfermedad del alma. Corrie perdonó a un guardia de la SS, que tenía parte de responsabilidad por las muertes de los miembros de su familia; seguramente que nosotros podemos perdonar al Rey del universo, que envió a su Hijo unigénito a morir como expiación por nuestros pecados.

 

Antes de concluir, hay alguien en particular a quien deseo hablarle directamente. Estoy interesado muy especialmente en aquella persona, entre mis lectores, que en este momento está enfrentándose con una enfermedad mortal. Usted se ha enterado de mucho más de lo que jamás hubiera querido saber acerca de quimioterapia, radiación, imágenes por resonancia magnética, biopsias del hígado, angioplastias, escanografías cerebrales o cirugía abdominal. Cualquiera de estos procedimientos (y miles de otros) es suficiente para desalentar incluso a aquel de nosotros que se sienta más seguro. Tal vez usted no esté enojado con Dios de la manera que he descrito, pero se siente herido, confundido y desanimado. Se ha preguntado, con mucho respeto, por qué Dios ha permitido que esto le suceda. Creo que el Señor me ha dado palabras para usted, que pueden serle de ayuda, y ciertamente espero que así sea.

 

Es tan importante el comprender que el sistema de valores de Dios es totalmente diferente del nuestro, y que el suyo es correcto. Los seres humanos ven la muerte como la derrota suprema, la tragedia final. Como tal, cuelga sobre nuestras cabezas, desde los primeros años de la infancia, como la espada de Damocles. Mi primer encuentro con la muerte ocurrió cuando apenas tenía tres años. Me había hecho amigo de un niño de dos años, cuyos padres eran miembros de la iglesia donde mi padre era el pastor. Se llamaba Danny, y un día vino a visitarme. Los dos nos vestimos como vaqueros y nos pusimos a caminar por todas partes disparando nuestras pistolas de juguete.

 

Recuerdo que trate de enseñarle a mi amiguito cómo se debía jugar aquel juego. Unos pocos días después, Danny contrajo cierta clase de infección y murió muy rápidamente. Yo no pude comprender lo que le había pasado, aunque sabía que mis padres estaban muy intranquilos. Me llevaron con ellos a la funeraria, pero me dejaron esperando en el auto por lo que me pareció que había sido como una hora o más. Finalmente, mi padre vino a buscarme. Me llevó adentro y me mostró el ataúd de mi amiguito. Luego me tomó en brazos para que pudiera ver el cuerpo de Danny. Me acuerdo de que yo creí que estaba dormido y que podría haberlo despertado si me hubieran dejado abrirle los ojos. Después que regresamos al auto, mis padres trataron de explicarme lo que le había sucedido a Danny.

 

Esa fue la primera vez que estuve consciente de que cosas malas pueden ocurrirles a las personas buenas. Poco tiempo más tarde, también murió mi abuela, y entonces comencé a darme cuenta de lo que es la muerte. Ese conocimiento gradual del significado de la muerte, es algo típico de los niños de edad preescolar. Sus perros y sus gatos mueren, y luego pierden al abuelo o la abuela, o a otro miembro de la familia. Algunos niños, especialmente los que viven en los barrios pobres de una ciudad, aprenden acerca de la muerte por medio de la violencia que presencian en las calles. No importa cómo llegamos a comprender el significado de la muerte, ésta siempre produce un profundo impacto en nuestra actitud y nuestro comportamiento, desde el momento en que adquirimos ese conocimiento.

 

Para la mayoría de nosotros, representa la tragedia suprema, el fin de todo lo familiar y predecible. Crea un ambiente de lo desconocido, tal y como se le muestra en las películas de horror y en “escenas de más allá de la tumba”. Por lo general, la muerte está relacionada con enfermedades, accidentes y violencia, todo lo cual nos sugiere situaciones amenazantes. Teniendo en cuenta esta orientación de toda la vida, el diagnóstico de una enfermedad mortal (O la pérdida de un ser querido) tiene tremendas consecuencias psicológicas y espirituales para nosotros. Estoy seguro de que siempre será así, y mis palabras no cambiaran eso.

 

Pero necesitamos comprender que Dios ve la muerte de una manera muy diferente de la nuestra. Para él no es un desastre. Isaías 57:1 declara: “Perece el justo, y no hay quien piense en ello; y los piadosos mueren, y no hay quien entienda que de delante de la aflicción esquitado el justo”. En otras palabras, los justos están mucho mejor en el otro mundo que en éste. El Salmo 116:15 lo dice más brevemente: “Estimada es a los ojos de Jehová la muerte de sus santos”. ¿Qué significan estos versículos para los que estamos vivos? Hacen alusión a un lugar en el otro lado del cielo que es más maravilloso de lo que nos podemos imaginar. Eso es, precisamente, lo que leemos en 1 Corintios2:9: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman”.

 

¡Cuán alentador es saber que nuestros seres queridos han ido a ese mundo mejor y que pronto nosotros, como creyentes, les acompañaremos! ¿Parece que esto es “como prometer la luna para luego”, o que es “el opio de los pueblos”, como Karl Marx lo describió sarcásticamente? Seguro que sí, perola Biblia así lo enseña y yo lo creo. Y porque lo creo totalmente, la muerte ha adquirido un nuevo significado para mí. En una conversación telefónica, que tuve recientemente con el reverendo Billy Graham, a quien admiro mucho por su constante entrega al Señor, mencioné su continua lucha con la enfermedad de Parkinson.

 

Como yo vi la manera en que esa enfermedad hizo estragos en la mente y el cuerpo de mi madre, le pregunté:–¿Le mantiene firme su fe en esta etapa de su vida? ¿Cree usted aún como creía cuando era joven? Este evangelista, cuya vida está totalmente consagrada a Dios, me contestó muy emocionado:–¡Oh, Jim, apenas puedo esperar a que llegue el momento en que veré a mi Señor! Esa es la respuesta bíblica a la muerte. No es una tragedia, ¡es un triunfo! Debemos verla como la transición a los inescrutables gozos y el compañerismo de la vida eterna. Oí a un hombre, que maravillosamente había comprendido este concepto, decir antes de morir: “Esto debe ser muy interesante”. El apóstol Pablo lo dijo de la siguiente manera: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?” (1 Corintios 15:55).

 

Luego, cuando se acercaba al final de su vida, él dijo: “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Filipenses 1:21).Si recientemente usted ha perdido a un hijo, o a algún otro ser querido, o usted mismo se está enfrentando con la muerte, no quiero quitarle importancia a su dolor. Pero espero que usted vea que la aflicción se intensifica debido a un concepto erróneo acerca del tiempo. Nuestro viaje por este mundo, está acompañado de la ilusión de que vamos a quedarnos aquí para siempre. Miles de millones de personas que pasaron antes que nosotros, pensaron esto mismo. Ahora, cada una de ellas se ha ido.

 

La verdad es que todos estamos de paso. Si comprendiéramos plenamente la brevedad de la vida, las cosas que nos hacen sentir frustrados, inclusive esas ocasiones cuando lo que Dios hace no tiene sentido, no nos importarían tanto. Este es un concepto bíblico de suma importancia. David escribió: “El hombre, como la hierba son sus días; florece como la flor del campo, que pasó el viento por ella, y pereció, y su lugar no la conocerá más” (Salmo103:15-16). El dijo también: “Hazme saber, Jehová, mi fin, y cuánta sea la medida de mis días; sepa yo cuán frágil soy” (Salmo 39:4). Moisés expreso la misma idea en el Salmo 90:12: “Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría”.

 

Esa sabiduría, de la cual habló Moisés, nos ayuda a apreciarlas cosas en su justo valor. Por ejemplo, es difícil que nos entreguemos a una vida de materialismo, cuando recordamos que en este mundo todo es temporal. Un día, esa idea vino a mi mente cuando estaba yendo de viaje en un avión comercial. El avión había rodado hasta el final de la pista y estaba esperando allí hasta que dieran la orden de despegar. Miré hacia afuera por la ventanilla, y vi los restos de dos enormes aviones 747queestaban abandonados en uno de los terrenos. Se les había caído la pintura del fuselaje y la herrumbre se extendía desde la parte de arriba hacia abajo.

 

El interior estaba todo destruido y las ventanas habían sido selladas. Entonces vi un pedacito de pintura azul en la cola de uno de los aviones, y me di cuenta de que esos habían sido magníficos aviones de la Pan American Airways. Daba lástima ver aquellos armatostes vacíos y desprovistos de su belleza, abandonados allí. Por alguna razón, me recordaron el poema titulado: “El pequeño niño azul”, por Eugene Field (1850-1895). Las dos primeras estrofas dicen así: “El perrito de juguete está cubierto de polvo, sin embargo, firmemente aún sus patas lo sostienen; y el soldado de juguete por la herrumbre está muy rojo y se enmohece el mosquete que con sus manos detiene. Hubo un tiempo en que el perrito era lindo y era nuevo, y el soldado, muy garboso, marchaba firme y muy recto; y fue cuando tiernamente, nuestro pequeño niño azul les guardó en el juguetero, después de darles un beso.”

 

Yo podría haber compuesto mi propio poema mientras miraba a través de la ventanilla: Hubo un tiempo cuando estos aviones eran nuevos, y volaban muy alto en el cielo. Pero ahora llenos de herrumbre, viejos y olvidados están, y parecen preguntar: “¿Porqué?”

 

Me imaginé el día cuando esos formidables aviones salieron relucientes de la fábrica, con el emblema que decía Pan Am en sus colas. Luego los llevaron en sus primeros viajes. Los niños y las niñas estiraban el cuello para ver cómo esos hermosos pájaros aterrizaban majestuosamente. Cuánta emoción deben haber producido tanto en los pasajeros como en la tripulación. Ahora, la compañía que era dueña de esos aviones, se declaró en bancarrota, y no volverán a volar jamás. ¿Cómo pudo ocurrir eso en menos de veinte años? ¿Quién habría podido pensar que esos aviones que habían costado varios millones de dólares terminarían de una manera tan rápida y vergonzosa?

 

Mientras pasábamos por delante de aquellas armazones, pensé en el carácter temporal de todas las cosas que ahora parecen tan estables. Nada dura mucho tiempo, y nosotros somos los que estamos de paso por este mundo, en nuestro camino hacia otra vida mucho más importante.

 

Quiero decirles a todos los que en este momento están sufriendo y se sienten desalentados, que yo creo que sería muy reconfortante que miraran al futuro, al momento cuando las pruebas del presente sólo serán un recuerdo borroso. Viene un día de fiesta como no ha habido ninguno en la historia de la humanidad. El invitado de honor en esa mañana, será uno vestido con una ropa que le llegará hasta los pies, con ojos que parecerán llamas de fuego, y pies como bronce pulido.

 

Mientras nos inclinemos humildemente delante de él, una gran voz resonará desde los cielos, diciendo: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron (Apocalipsis 21:3-4).

Y de nuevo, se oirá la potente voz que dirá: Ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos, ni calor alguno; porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos (Apocalipsis 7:16-17).

 

Esta es la esperanza de todos los siglos, que arde dentro de mi pecho. Es la respuesta suprema para todos los que sufren y luchan hoy. Es el único consuelo para los que han tenido que decir adiós a sus seres queridos. Aunque ahora el dolor es indescriptible, nunca debemos olvidar que nuestra separación es temporal. Nos reuniremos otra vez para estar juntos eternamente, en esa mañana gloriosa de resurrección. Como nos promete la Biblia, ¡nuestras lágrimas desaparecerán para siempre!

 

También mi padre y mi madre serán parte de la muchedumbre en ese día. Estarán de pie al lado de mi abuelita, quien oró por mí antes de yo nacer, esperando vernos llegar, tal y como lo hicieron tantas temporadas de Navidad cuando llegábamos en avión al aeropuerto de Kansas City. Papá tendrá tantas cosas que contarme, que estará rebosando de emoción. Querrá llevarme a algún planeta distante que habrá descubierto.

 

Los seres queridos de usted, que murieron en Cristo, también serán parte de esa gran multitud, que estará cantando y alabando a nuestro Redentor. ¡Qué celebración habrá de ser ésa! Esta es la recompensa de los fieles, de aquellos que rompan la barrera de la traición y perseveren hasta el fin. Esta es la corona de justicia que está guardada para todos los que hayan peleado la buena batalla, acabado la carrera y guardado la fe (2 Timoteo 4:7-8).

 

Por lo tanto, permítame exhortarle a que no se desanime por los problemas temporales. Acepte las circunstancias tal y como vengan a su vida. Espere que ocurrirán períodos de aflicción, y no se desaliente cuando éstos lleguen.

Cuando le llegue el momento de sufrir, acepte el dolor y fortalézcase en él, sabiendo que Dios usará sus dificultades para cumplir Su propósito, y realmente, para su propio bien. El Señor está muy cerca, y él ha prometido que no le dejará ser tentado más de lo que podrá resistir.

 

Me despido de usted con las maravillosas palabras del Salmo 34:17-19: Claman los justos, y Jehová oye, y los libra de todas sus angustias. Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu. Muchas son las aflicciones del justo, pero de todas ellas le librará Jehová.”

 

James Dobson.

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