Jan 3, 2015

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El Mártir de la Catacumbas. Cap. 04

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LAS CATACUMBAS

Nada de luz, sino sólo tinieblas Que descubrían cuadros de angustia, regiones de dolor, funestas sombras.

SIGUIERON EN LA DENSA OBSCURIDAD, hasta que al fin el pasaje se tornó más ancho y llegaron a unas gradas que conducían hacia abajo. Marcelo, cogido del vestido del niño, lo seguía.

 

Era ciertamente una situación que provocaba alarma. Pues se estaba entregando en manos de aquellos hombres, a quienes precisamente la clase a que él pertenecía los había privado del aire libre, hundiéndolos en aquellas tétricas moradas. Para ellos él no podía ser reconocido de otro modo sino como perseguidor. Pero la impresión que en él había dejado la gentileza y humildad de ellos era tal que él no tenía el menor temor de sufrir daño alguno. Estaba sencillamente en manos de este niño que bien podía conducirlo a la muerte en las densas tinieblas de este impenetrable laberinto, pero ni siquiera pensaba en ello. Era el deseo ferviente de conocer más de estos cristianos, lograr su secreto, lo que le guiaba a seguir adelante; y conforme había jurado, así había resuelto que esta visita no sería utilizada para traicionarlos o herirlos.

 

Después de descender por algún tiempo, se hallaban caminando por terreno a nivel. De pronto voltearon y entraron a una pequeña cámara abovedada, que se hallaba alumbrada por la débil fosforescencia de un hogar. El niño había caminado con paso firme sin la menor vacilación, como quien está perfectamente familiarizado con la ruta. Al llegar a aquella cámara, encendió la antorcha que estaba en el suelo, y reemprendió su marcha.

 

Hay siempre un algo inexplicable en el aire de un campo santo que no es posible comparar con el de ningún otro lugar. Prescindiendo del hecho de la reclusión, la humedad, el mortal olor a tierra, hay una cierta influencia sutil que envuelve tales ámbitos con tanta intensidad que los hace tanto más aterradores. Allí campea el hálito de los muertos, que posa tanto en el alma como en el cuerpo. He allí la atmósfera de las catacumbas. El frío y la humedad atacaban al visitante, cual aires estremecedores del reino de la muerte. Los vivos experimentaban el poder misterioso de la muerte.

 

Polio caminaba adelante, seguido por Marcelo. La antorcha iluminaba apenas las densas tinieblas. Los destellos de luz del día, ni aun el más débil rayo, jamás podrían penetrar aquí para aliviar la deprimente densidad de estas tinieblas. La oscuridad era tal que se podía sentir. La luz de la antorcha dio su lumbre gólo unos pocos pasos, pero no tardó en extinguirse en tantas tinieblas.

 

La senda seguía tortuosamente haciendo giros in contables. Repentinamente Polio se detuvo y señaló hacia abajo. Mirando por entre la lobreguez, Marcelo vio una abertura en la senda que conducía aun más abajo de donde ya estaban. Era un foso sin fondo visible.

 

– ¿Adónde conduce? – Abajo.

 

-¿Hay más pasillos abajo?

 

-Oh, sí. Hay tantos como acá; y aun debajo de siguiente sección hay otros. Yo sólo he estado en pisos diferentes de estas sendas, pero algunos viejos cavadores dicen que hay algunos lugares en que se puede bajar a una enorme profundidad.

 

El pasillo serpenteaba de tal modo que toda idea de ubicación se perdía por completo.

 

Marcelo ya no podía precisar si se hallaba a unos cuantos pasos de la entrada o a muchos estadios. Sus perplejos pensamientos tardaron en tornarse hacia otras cosas. Al pasarle primera impresión de las densas tinieblas, se dedicó mirar más cuidadosamente a lo que se le presentaba la vista, cada vez más maravillado del extraño recinto. A lo largo de las murallas había planchas semejantes a lápidas que parecían cubrir largas y estrechas excavaciones. Estos nichos celulares se alineaban a ambos lados tan estrechamente que apenas quedaba entre uno y otro. Las inscripciones que se veían en planchas evidenciaban que eran tumbas de cristianos. No tuvo tiempo de detenerse a leer, pero había una nota la repetición de la misma expresión, tal como:

 

HONORIA – ELLA DUERME EN PAZ

 

FAUSTA – EN PAZ

 

En casi todas las planchas él vio la misma dulce benigna palabra. “PAZ,” pensaba Marcelo. “Que gente más maravillosa son estos cristianos, que aun en medio de escenarios como éste abrigan su sublime desdén a la muerte.”

 

Sus ojos se habituaban cada vez mejor a las tinieblas conforme avanzaba. Ahora el pasillo empezaba a estrecharse; el techo se inclinaba y los lados se acercaban; ellos tenían que agacharse y caminar más despacio. Las murallas eran toscas y rudamente cortadas conforme las dejaban los trabajadores cuando extraían dc aquí su última carga de arena para los edificios del exterior. La humedad subterránea y las acrecencias de honguillos se hallaban regadas por todas partes, agravando todo su color tétrico, saturando el aire de pesada humedad, mientras que el humo de las antorchas hacía la atmósfera tanto más depresiva.

 

Pasaron centenares de pasillos y decenas de lugares en que se encontraban numerosas sendas, que se separaban en diferentes direcciones. Estas innumerables sendas demostraban a Marcelo hasta qué punto se hallaba fuera de toda esperanza, cortado del mundo del exterior. Este niño lo tenía en sus manos.

 

-¿Suelen perderse algunas personas acá?

 

-Con gran frecuencia.

 

-¿Qué pasa con ellos?

-Algunas veces vagan hasta que encuentran a algún amigo; algunas otras veces nunca más se oye nada de ellos. Pero en la actualidad la mayoría de nosotros conocemos el lugar tan bien, que si nos perdernos, no tardamos en llegar de nuevo, a tientas, a alguna senda conocida.

 

Una cosa en particular impresionó mayormente al joven oficial, y era la inmensa preponderancia de las tumbas pequeñas. Polio le explicó que esas pertenecían a niños.

 

Ello le despertó sentimientos y emociones que no había experimentado antes.

 

“¡Niños!” pensaba él. “¿Qué hacen ellos? ¿Los jóvenes, los puros, los inocentes? ¿Por qué no fueron sepultados arriba, en donde los rayos bienhechores del sol los abrigarían y las flores adornarían sus tumbas? Acaso ellos hollaron senderos tan tenebrosos como estos en sus cortos días de vida? ¿Acaso ellos hubieron de compartir su suerte con aquellos que recurrieron a estos tétricos escondites en su huida de la persecución? ¿Acaso el aire deletéreo de esta interminable tristeza de estas pavorosas moradas aminoró sus preciosas vidas infantiles, y quitó de la vida sus inmaculados espíritus antes de su tiempo de madurez?

 

Marcelo, como en un suspiro, preguntó, -Largo tiempo hace que nos encontramos en esta marcha, ¿estamos ya para llegar?

 

El niño le contestó, -Muy pronto llegaremos.

 

Sean cuales hayan sido las ideas que Marcelo abrigaba antes de llegar acá en cuanto a la caza de estos fugitivos, ahora se había convencido que todo intento de hacerlo era absolutamente en vano. Todo un ejército de soldados podía penetrar aquí y jamás llegar ni siquiera a ver un solo cristiano. Y cuanto más se alejara, tanto más desesperanzada sería la jornada. Ellos podrían diseminarse por estos innumerables pasillos y vagar por allí hasta encontrar la muerte.

 

Pero ahora un sonido apenas perceptible, como de gran distancia, atrajo su atención.

 

Dulce y de una dulzura indescriptible, bajísimo y musical, venía procedente de los largos pasillos, llegando a encantarle como si fuera uña voz de las regiones celestiales.

 

Continuaron su lenta marcha, hasta que una luz brilló delante de ellos, hiriendo las densas tinieblas con sus rayos. Los sonidos aumentaban, elevándose de pronto en un coro de magnificencia imponderable, para luego disminuir y menguar hasta tornarse en unos lamentos de penitentes súplicas.

 

Dentro de unos cuantos minutos llegaron a un to en que tuvieron que voltear en su marcha, desembocando ante un escenario que bruscamente apareció delante de sus ojos.

 

-¡Alto! -exclamó Polio, al mismo tiempo que tenía a su compañero y apagaba la luz de la antorcha que les había guiado hasta aquí. Marcelo obedeció, y miró con profunda avidez al espectáculo que se le ofrecía a la vista. Estaban en una cámara abovedada como de unos cinco metros de alto y diez en cuadro. Y en tan reducido espacio se albergaban como cien personas, hombres, mujeres y niños. A un lado había una mesa, tras la cual estaba de pie un anciano venerable, el cual parecía ser el dirigente de ellos. El lugar se hallaba iluminado con el reflejo de algunas antorchas que arrojaban su mortecina luz rojiza sobre la asamblea toda. A los presentes se les veía cargados de inquietud y demacrados, observándose en sus rostros la misma característica palidez que habla visto en el cavador. ¡Ah, pero la expresión que ahora se veía en ellos no era en lo absoluto de tristeza, ni de miseria ni de desesperación! ¡Más bien una atractiva esperanza iluminaba sus ojos, y en sus rostros se dibujaba un gozo victorioso y triunfal. ¡El alma de este observador fue conmovida hasta lo más íntimo, porque no era sino la confirmación anhelada inconscientemente de todo cuanto había admirado en los cristianos: su heroísmo, su esperanza, su paz, que se fundaban necesariamente en algo, escondido, oculto, lejano para él! Y mientras permanecía estático y silencioso, escuchó el canto entonado con el alma por esta congregación:

 

Grandes y maravillosas son tus obras,

Señor Dios todopoderoso.

Justos y verdaderos son tus caminos,

Tú, oh Rey de los santos.

¿Quién no te temerá, oh Dios, y ha de glorificar Tu sagrado Nombre?

Porque Tú solo eres santo.

Porque todas las naciones han de venir y adorar delante de Ti,

Porque tus juicios se han manifestado.

 

 

A esto siguió una pausa. El dirigente leyó algo en un rollo que hasta el momento era desconocido Marcelo. Era la aseveración más sublime de la inmortalidad del alma, y de la vida después de la muerte. La congregación toda parecía pendiente del majestuoso poder de estas palabras, que parecían transmitir hálitos de vida. Finalmente el lector llegó a prorrumpir en una exclamación de gozo, que arrancó clamores de gratitud y la más entusiasmada esperanza de parte de toda la congregación. Las palabras penetraron al corazón del observador recién llegado, aunque él todavía no comprendía la plenitud de su significado: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y la potencia del pecado, la ley. Mas a Dios gracias, que nos da la victoria por el Señor nuestro Jesucristo.”

 

Estas palabras parecieron descubrir un nuevo mundo ante su mente, con novísimos pensamientos. ¡El pecado, la muerte, Cristo, con toda aquella infinita secuela de ideas relacionadas, aparecían débilmente perceptibles para su alma, que, más que despertar, parecía resucitar! ¡Ahora mayormente ardía en él un anhelo vivo por llegar a conocer el secreto de los cristianos, anhelo que hasta saciar no pararía!

 

El que dirigía levantó la cabeza reverente, extendió los brazos y habló fervientemente con Dios. Se dirigía al Dios invisible como viéndolo, expresaba su confesión e indignidad, y expresaba las gracias por el limpiamiento de los pecados, merced a la sangre expiatoria de Jesucristo. Pedía que el Espíritu Santo desde lo alto descendiera a obrar dentro de ellos para que los santificara. Luego enumeró sus agonías, y pidió que fueran librados, pidiendo la gracia de la fe en la vida, la victoria en la muerte, y la abundante entrada en los cielos en el nombre del Redentor, Jesús.

 

Después de esto siguió otro canto que fue cantado como el anterior:

 

He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, Y El morará con ellos,

Y ellos serán su pueblo,

Y el mismo Dios será con ellos

Y será su Dios.

Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos,

Y no habrá más muerte, ni tristeza,

Ni gemidos,

Ni tampoco habrá más dolor,

Porque las cosas viejas pasaron. Amén.

Bendición, gloria y sabiduría,

Y hacimiento de gracias, y honor, y potencia, y magnificencia, sean a nuestro Dios

Por los siglos de los siglos. Amén.

 

Y después de esto la congregación empezó a dispersarse. Polio avanzó hacia adelante conduciendo a Marcelo. Pero ante la presencia de su figura marcial y su relumbrante armadura todos retrocedieron e intentaron huir por los diferentes senderos. Pero Marcelo clamó en alta voz:

 

-¡No temáis, cristianos; yo me rindo ante vosotros, estoy en vuestro poder!

 

Ante ello, todos ellos volvieron, y luego lo miraron con ansiosa curiosidad. El anciano que había dirigido la reunión avanzó hacia él y le dirigió una mirada firme y escudriñadora.

 

-¿Quién eres tú, y por qué nos persigues aun hasta este último escondite de reposo que se nos deja en la tierra?

 

-Tened a bien no sospechar el mínimo mal de parte mía. Yo vengo solo, sin escolta ni ayuda. Estoy a merced de vosotros.

-Pero, por ventura, ¿qué puede desear de nosotros un soldado, y tanto peor, un pretoriano? ¿Estás acaso perseguido? ¿Eres acaso un criminal? ¿Está tu vida en peligro?

 

-De ninguna manera. Yo soy oficial de alta graduación y autoridad, y es el caso que toda mi vida he andado ansiosamente buscando la verdad. Y he oído mucho respecto a vosotros los cristianos; empero en esta época de persecución es difícil hallar uno solo de vosotros en Roma. Y es por eso que he venido hasta aquí en vuestra búsqueda.

 

Ante esto, el anciano pidió a la asamblea que se retirase, a fin de que él pudiera conversar con el recién llegado. Los otros en el acto lo hicieron así y se alejaron por diferentes encaminamientos, sintiéndose más tranquilos. Una mujer pálida se adelantó hacia Polio y lo tomó en sus brazos.

 

-¡Cuánto te tardaste, hijo mío!

 

-Madre querida, me encontré con este oficial, y me tuve que detener.

 

-Gracias sean a Dios nuestro Señor que estás bien. Pero ¿quién es él?

A lo que el muchacho contestó diciendo confiadamente, -Yo creo que él es un hombre honrado. Ya ves cómo confía en nosotros.

 

El dirigente intervino diciendo, -Cecilia, no te vayas, espérate un momentito. -La mujer se quedó, habiendo hecho lo mismo unas pocas personas más.

 

-Yo me pongo a tus órdenes, soy Honorio dijo el anciano, dirigiéndose a Marcel. Soy un humilde anciano en la Iglesia de Jesucristo. Yo creo que tú eres sincero y de buena fe.

 

Dime pues ahora, qué es lo que quieres de nosotros.

 

-Por mi parte, me pongo a sus órdenes. Me llamo Marcelo, y soy capitán de la guardia pretoriana.

 

– ¡Ay de mí! exclamó Honorio, juntando las manos al mismo tiempo que caía sentado sobre su asiento. Los otros miraron a Marcelo apesadumbrados, y la mujer, Cecilia, clamó agonizante de dolor.

 

-¡Oh, Polio querido! ¡Cómo nos has traicionado!

***

Cap. 03

CAP. 05

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  1. leyendo este capitulo me acorde de algo,la historia se ha repetido por los siglos,se sigue repitiendo y se repetira.
    otras circunstancias,otros tiempos,otros lugares,otros protagonistas,pero esta historia continuara hasta la venida de cristo.

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