Jan 28, 2015

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El Mártir de las Catacumbas. Cap. 07

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LA CONFESION DE FE

Y también todos los que quieren vivir píamente en Cristo Jesús, padecerán persecución.

CUATRO DIAS HABIAN TRANSCURRIDO desde que el joven oficial salió de su gabinete. Días estos grávidos de acontecimientos para él, días de infinita importancia. De ellos había de depender su felicidad suprema o sus angustias. Empero la búsqueda de la verdad de esta alma anhelante no había sido vana, “habiendo sido renacida del Espíritu Santo.”

Había llegado a tomar su resolución. Por un lado se le ofrecía la fama, el honor y la riqueza; por el otro la pobreza, la necesidad, y la angustia. Con todo en plena conciencia, él había hecho su elección; se había vuelto hacia la última sin un solo instante de vacilación. El había elegido “el sufrir aflicción con el pueblo de Dios, antes que gozar de los placeres del pecado por un tiempo.”

A su regreso visitó al general y se acusó ante él. Le informó que había estado entre los cristianos, que no podía cumplir la comisión que se le había encomendado, y que se sometía voluntariamente a sufrir las consecuencias. El general, con la severidad a que se había expuesto, le ordenó que pasara a su cuartel.

Allí en medio de la más profunda meditación, y haciéndose conjeturas de lo que resultaría de todo esto, fue interrumpido por el ingreso de Lúculo. Su amigo lo saludó de lo más afectuosamente, pero en su rostro se evidenciaba una profunda ansiedad.

-Acabo de verme con el general dijo él-, quien me hizo llamar para darme un mensaje para ti. Pero primeramente dime, ¿Qué es esto que has hecho?

Marcelo le relató todo detalladamente, desde el momento de su partida hasta su regreso, sin ocultarle absolutamente nada. Su cristalina buena fe evidenciaba lo poderosa, sincera y verdadera que había sido la obra eterna del Espíritu Santo en él. Luego le relató la entrevista que había tenido con el general.

-Yo entre en su habitación con claro sentir de la importancia del paso que tomaba. Iba yo a cometer un acto reputado como virtual traición y crimen, cuya sanción no es menos que la muerte. Empero, yo no podía hacer otra cosa.

-El me recibió con toda afabilidad, animado de la idea de que yo habría logrado un éxito de importancia en la búsqueda que se me encomendó. Yo le dije que desde que salí había estado entre los cristianos, y que por lo que había visto en ellos, me había visto obligado a cambiar mis sentimientos hacia ellos. Anteriormente yo había pensado que ellos eran enemigos del estado y dignos de muerte; pero había descubierto que se trataba de personas que son leales súbditos del emperador y más bien virtuosos. Contra tales personas yo no podía extender mi espada jamás, y antes que hacerlo, la entregaba.

-A lo cual, él me dijo, “Los sentimientos de un soldado no tienen nada que ver con sus deberes.”

-Pero mis deberes para con el Dios que me creó son más fuertes que cualquier deber que yo tenga con el hombre.

-A esto me replicó, “¿Acaso tu simpatía con los cristianos ha llegado hasta volverte loco? ¿No te das cuenta que lo que haces es traición?”

-Yo me incliné, y le dije que estaba resuelto a afrontar las consecuencias.

-“Muchacho precipitado,” exclamó severamente, retírate a tu cuartel y yo te comunicaré mi decisión.”

-Y fue así que me trasladé inmediatamente aquí, y he permanecido desde ese momento, esperando ansiosamente mi sentencia.

Lúculo había escuchado toda la narración que le había hecho Marcelo sin una sola palabra, ni siquiera un gesto. Una expresión de triste sorpresa en su rostro evidenciaba lo que eran sus sentimientos. Y conforme Marcelo concluyó, él habló en tono de quien deplora y lamenta.

-Verdaderamente tanto tú como yo sabemos lo que debe ser aquella sentencia. Pues la disciplina romana, aun en tiempos normales, no se puede tomar con liviandad, y tanto peor ahora que los sentimientos del gobierno se hallan exaltados hasta el grado sumo contra aquellos cristianos. Pues si tú insistes en tu proceder, estás arruinado.

-Te he expuesto todas mis razones.

-Sí Marcelo, yo conozco tu carácter puro y sincero. Tú siempre fuiste de una mente piadosa. Tú has amado las nobles enseñanzas de la filosofía. ¿Y no te sientes satisfecho con todo ello como antes? ¿Por qué habías de ser seducido por la miserable doctrina de un judío crucificado?

-Jamás estuve satisfecho con la filosofía de que tú me hablas. Tú mismo sabes a conciencia que en ella no hay nada cierto en que el alma pueda reposar. Pero el Cristianismo es la verdad de Dios, traída por él mismo, y santificada por su propia muerte.

-Ya me has explicado en toda su integridad todo el credo cristiano. Pues tu propio entusiasmo ha hecho que me sea atractivo, lo cual debo confesar; y si todos sus seguidores fueran realmente como lo eres tú; mi muy apreciado Marcelo, podía adaptarse para llegar a ser la bendición final del mundo. Pero yo no he venido ante ti para argumentar sobre la religión. Vengo a hablarte sobre ti mismo. Tú estás en inminente peligro, mi querido amigo; tu posición, tu honor, tu cargo, tu misma vida se hallan en peligro. Considera pues detenidamente lo que has hecho. Te fue confiada una importantísima comisión, en cuyo cumplimiento saliste. Se esperaba que volverías trayendo informes importantes. Pero por el contrario, tú vuelves y te presentas ante el general informando que te has puesto del lado del enemigo, que de corazón te has vuelto uno de ellos, y que te niegas a emplear las armas romanas contra ellos. Pues ¿no comprendes que si el soldado ha de escoger con quién ha de pelear, qué va a ser de la disciplina? Pues tiene que cumplir las órdenes y nada más. ¿No tengo razón?

-Pues tú tienes razón, Lúculo.

-La cuestión que tú tienes que decidir no consiste en si escoges la filosofía o el cristianismo, sino en si tu eres cristiano o soldado romano. Porque conforme se encuentran las cosas en estos tiempos, te es absolutamente imposible ser soldado romano y al mismo tiempo cristiano. Pues tienes que renunciar a una de las dos. Pero no solamente eso, sino que si tú insistes en tu decisión de ser cristiano, tienes que compartir su suerte, porque no se puede hacer la menor distinción en favor tuyo. Por el contrario, si quieres continuar como soldado, tienes que pelear contra los cristianos.

-No cabe la menor duda en cuanto a esa cuestión.

-Tú sabes que tienes amigos cordiales que están gustosos de olvidar tu grande y precipitado delito, Marcelo. Pues te conozco que eres de ese carácter que fácilmente te entusiasmas, y le he suplicado al general por ti. El también te tiene en gran estima por tus cualidades de soldado valiente. Está animado de toda voluntad de perdonarte bajo ciertas circunstancias.

-¿Cuáles son ellas?

-La más misericordiosa de todas las condiciones. Que eches en el olvido todos los cuatro días pasados. Que se desvanezcan por completo de tu memoria. Hazte cargo de tu comisión nuevamente. Toma tus soldados a tus órdenes y en el acto emprende el cumplimiento de tu deber, procediendo a la detención de esos cristianos.

-Lúculo, exclamó Marcelo, levantándose de su asiento, con los brazos cruzados-: Te estimo muchísimo, como amigo que eres, y te estoy agradecido por tu fiel afecto. Jamás podré olvidarlo. Pero ahora tengo yo dentro de mí algo que te es por completo desconocido, y lo cual es mucho más precioso y fuerte que todos los honores del estado. Es, pues, nada menos que el amor de Dios. Por este amor estoy listo a dejar todo: honor, rango, y la misma vida. Mi decisión es irrevocable. Yo soy cristiano.

Lúculo siguió sentado. Mudo de sorpresa y conmovido en extremo, contemplaba a su amigo. Para él era demasiado conocido el carácter de éste en sus resoluciones, y veía con profunda pena cómo sus palabras persuasivas habían fracasado. Después de mucho volvió a seguir hablando. Recurrió a todos los argumentos que podía pensar. Invocó todos los argumentos que podrían influir en él. Le habló del terrible destino que le esperaba, y de la venganza ensañada que se emplearía particularmente contra él. Pero todas sus palabras fueron completamente inútiles. Finalmente se levantó víctima de la más profunda tristeza.

-Marcelo .dijo-, tú estás tentando al destino, vas apresuradamente hacia la suerte más terrible. Pues todo lo que la fortuna puede deparar se te está ofreciendo, pero tú vuelves las espaldas a todo aquello por jugarte la suerte juntamente con aquellos proscritos miserables. Yo he cumplido con mi deber de amigo al tratar de hacerte volver de tu locura, pero todo lo que yo pueda hacer es inútil ante tu obstinación.

-Te he traído la sentencia del general. Tú has sido degradado del rango de oficial. Y hay la orden de arresto contra ti, acusado de ser cristiano. Mañana serás apresado y entregado para sufrir el castigo. Pero todavía tienes muchas horas a tu disposición, y todavía tengo yo la posibilidad de alcanzar la satisfacción, aunque penosa, de ayudarte a escapar. Huye, pues, en el acto. Date prisa, porque no hay tiempo que perder. Hay un solo lugar en el mundo en donde puedes estar a cubierto de la venganza del César.

Marcelo le escuchó en silencio absoluto. Lentamente se sacó las armas y las puso a un lado. Con tristeza se desabrochó la suntuosa armadura que él había portado con tanto merecimiento y orgullo. Y así quedó vestido de su sencilla túnica a disposición de su amigo.

-Lúculo, una vez más te repito que jamás he de olvidarme de tu fiel amistad. ¡Cuánto quisiera que estuviéramos volando juntos en una huida perfecta, que tus oraciones pudieran ascender con las mías hacia al trono de Aquel a quien yo sirvo! Pero basta. Me retiro. ¡Adiós!

-Adiós, Marcelo. Jamás nos volveremos a encontrar en la vida. Si alguna vez estuvieras en necesidad o en peligro, tú sabes bien en quién confiar.

Los dos jóvenes se abrazaron, y Marcelo partió apresuradamente.

Salió del cuartel, avanzando directamente hasta llegar al foro. Al llegar a este lugar se encontró rodeado de templos y monumentos y columnas de mármol. Allí estaba el Arco de Tito midiendo el ancho de la Vía Sacra. Allí se levantaba la forma gigantesca del palacio imperial, de la más rica arquitectura, con regios adornos de los mármoles riquísimos, culminando con las brillantes decoraciones doradas. A un lado se levantaban las murallas enormes del Coliseo. Más allá se podía contemplar la cúpula estupenda del Templo de la Paz, y al otro extremo, el Monte Capitolino destacaba sus históricas cumbres, coronado de apiñados templos estatales, que se erguían como desafiando las alturas y cortando los aires bajo el azul del cielo.

Hacia allá dirigió sus pasos y ascendió las escarpadas pendientes hasta dominar la misma cumbre. Y una vez en la cima, miró alrededor el amplio y soberbio panorama que se le ofrecía a la vista. El lugar mismo en donde se estacionaba era un amplio cuadrado pavimentado de mármol y rodeado de templos señoriales. En un lado se veía el Campus Martius, rodeado por el Tíber, cuya avenida amarillenta serpenteaba penetrando en las profundidades del horizonte hacia el Mediterráneo. Por todos los otros lados de la ciudad acaparaba toda la extensión dispareja, presionando hasta sus estrechas murallas, y rebasándolas por medio de calles que se irradiaban hasta gran distancia en todas las direcciones, invadiendo el campo. Los templos, las columnas y los monumentos alzaban sus cornisas orgullosas. Estatuas innumerables llenaban las calles con una población de formas esculturales, numerosas fuentes salpicaban el aire, los carruajes se desplazaban bulliciosos por las calles, las legiones de Roma iban y venían con aires de parada militar, y así por donde miraba podía contemplar que surgía la borrascosa ola de vida de la ciudad imperial.

A la distancia se extendía el llano, salpicado de incontables villas, casas y palacios, rica y exuberante vegetación: las moradas de la paz y de la abundancia. A un lado se podía ver levantarse la silueta azul de los Apeninos, dignamente coronados de nieve; al otro lado, las turbulentas olas del Mediterráneo azotaban las playas en la indomable lejanía.

Repentinamente Marcelo fue perturbado, o más bien vuelto en sí por un grito. Volteó en el acto. Un hombre avanzado en años y cubierto de escasa vestimenta, de rostro macilento y frenéticas gesticulaciones, clamaba a gran voz expresiones ininteligibles de terror y denunciación. Su mirada salvaje y sus actitudes semi feroces evidenciaban que por lo menos en parte estaba loco.

Caída es, caída es Babilonia la grande,

Y ha venido a ser la morada de los demonios,

Y sostén de los más inmundos espíritus,

Porque Dios ha recordado sus iniquidades.

Recompensadle a ella como ella hizo con vosotros,

Y dobladle el doble conforme a sus obras…

Por lo tanto, sus plagas vendrán sobre ella en un día,

La muerte, la lamentación y el hambre;

Y ella será enteramente quemada a fuego;

Porque fuerte es el Señor Dios que la juzga.

Los reyes de la tierra…

Lamentarán y clamarán sobre ella….

Viendo el humo de que se ha quemado,

Y poniéndose lejos por temor del tormento de ella,

Diciendo, ¡Ay, ay, aquella gran ciudad Babilonia,

Aquella ciudad poderosa!

Porque en una hora tu juicio ha venido.

Los mercaderes de la tierra

Se paran de lejos por temor del tormento,

Llorando y lamentando,

Diciendo ¡Ay, ay, la gran ciudad,

Que se vestía de lino fino, de púrpura y escarlata,

Adornada con oro y piedras preciosas y perlas!

Porque en una hora toda esa gran riqueza ha quedado en nada.

Y todos los navegantes y las compañías de navíos,

Y los marineros, y todos los que negocian por la mar,

Clamarán cuando vean ellos el humo de su incendio.

Se pusieron lejos y clamaron…

¡Qué ciudad hay como la gran ciudad!

Y se arrojaban tierra sobre sus cabezas y clamaban,

Ay, ay de aquella gran ciudad,

En donde se enriquecieron todos los que tenían naves en el mar

Porque en una hora ha sido hecha desolación.

Regocijaos sobre ella, vosotros cielos,

Y vosotros santos apóstoles y profetas,

Porque Dios os ha vengado sobre ella.

Una vasta multitud se reunió alrededor de él, confusa y sorprendida, pero apenas había cesado de hablar cuando aparecieron algunos soldados y lo llevaron.

“Sin duda es algún pobre cristiano, que por causa del sufrimiento ha perdido el cerebro,” pensó Marcelo. Y conforme el hombre era llevado, aún seguía clamando sus terribles denunciaciones, y una gran multitud les siguió, gritando y burlándose. El ruido no tardó en perderse en la distancia.

“No hay tiempo que perder. Yo debo irme,” dijo entre sí Marcelo, y partió.

 

 

 

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Cap. 06

Cap. 08

 

 

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  1. despreciarion todo,sus logros materiales,intelectuales,sociales,politicos,todo lo que el mundo valora o aprecia,incluso despreciaron hasta sus propias vidas,por el evangelio de jesucristo.
    ¡¡esto es lo que hace la diferencia entre un simple creyente de cristo a un discipulo o seguidor de cristo.
    cuando jesucristo estuvo en la tierra,siempre camino a pie,durmio a la interperie,no tenia donde reposar su cabeza,no tenia dinero.aunque los nobles y reyes de su epoca usaban carruajes para desplazarse,la biblia nunca dice que jesus lo hizo.
    desprecio las comodidades de su epoca,siempre dio todo lo que tenia,nunca pidio nada a cambio.
    hoy no hacemos nada si no tenemos una remuneracion economica,y si nuestro carro esta malito o si esta lloviendo no salimos a predicar.¡¡una diferencia marcada entre la pura voluntad y la comodidad de hoy!!

  2. el orgullo y la vanidad estan de por medio en la mayoria de los que predican a cristo hoy dia.
    ostentacion: la marca del carro,su precio,su tamaño,el tipo de modelo entre mas lujoso mejor,esto se asocia al exito como “cristiano” hoy dia.
    orgullo:tengo que tener el ultimo modelo de celular,usar ropa de marca,incluso la gente con que usualmente ando,por lo general son los mas importantes de la ciudad.
    vanidad:mi casa tiene que estar con todos los adelantos de la tecnologia,antena parabolica,t.v.cable,pantallas lcd,un garaje amplio,habitaciones para los insignes visitantes.
    otra señal de mi exitoso ministerio es:ya no tengo que andar buscando los hnos,soy tan popular que ahora son ellos los que tienen que andar detras de mi, y si quieren atencion tiene que pedir cita,ademas tengo la agenda muy llena de asuntos muy importantes.
    todo esto es un contraste diferencia marcada y contradictoria, de los que jesus enseño y vivio y nos dejo escrito.
    totalmente diferente a lo que se hace hoy.
    ahora los lideres son estrellas de cine,idolos inalcansables para la mayoria de las ovejas,viajeros de lujo y amantes de las comodidades y los halagos.
    falta de humildad, o carestia de ella.
    esto lo escribo para marcar la diferencia,entre decir que soy cristiano y vivir realmente como un cristiano.
    recuerde:tenemos libre albedrio,cualquiera puede opinar diferente,si considera que estoy errado,disculpe solo trate de apegarme a la verdad. recuerde que solo soy un deconocido.
    firma:el ignorante que pretendia enseñar.

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