Feb 22, 2012

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El Mártir de las Catacumbas. Cap. 08

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LA VIDA EN LAS CATACUMBAS
¡Oh tinieblas, tinieblas, tinieblas al ardor del sol del medio día,
Oscuridad irrevocable, eclipse total,
Sin esperanza alguna de que venga el día!

CON LAGRIMAS DE GOZO le dieron la bienvenida a su regreso a las catacumbas. Con vivo entusiasmo escucharon las referencias de sus entrevistas con sus superiores; y al mismo tiempo que compartían su comprensión de sus dificultades, se regocijaban que él hubiera sido hallado digno de sufrir por Cristo.

En medio de todo este nuevo ambiente, aprendía más de la verdad cada día, e igualmente contemplaba lo que tenían que sufrir los seguidores del Señor. La vida de las catacumbas abrió ante él sin la menor reserva todos sus secretos maravillosos y su variedad.

La vasta muchedumbre que moraba en las entrañas de la tierra recibía sus provisiones, gracias a su permanente comunicación con la ciudad hostil de arriba. Estas operaciones se realizaban al amparo de la noche. Esta osada y peligrosa tarea se cumplía por los hombres más resueltos que se ofrecían voluntariamente para ello. Empero aun mujeres y niños completaban estos menesteres, siendo uno de los más sagaces el pequeño Polio, cuyos méritos eran dignos de la alabanza de los suyos. Entre la vasta población de la ciudad de Roma no era difícil pasar desapercibido, era así que las provisiones no escaseaban. No obstante había veces en que esas correrías terminaban abrupta y fatalmente, y no se volvía a ver más a los osados aventureros.

En cuanto al agua, contaban con abundante provisión en el extremo inferior de los pasillos. Allí contaban con pozos y fuentes de aprovisionamiento suficientes para todas sus necesidades.

Era también en la noche que se hacían ciertas expediciones, las más tristes de todas. Estas consistían en la búsqueda de los cuerpos de aquellos que habían sido despedazados por las fieras salvajes o quemados en las piras. Estos despojos bien amados se lograban rescatar a costa de los mayores peligros, y se transportaban rodeados de miles de riesgos. Enseguida los amigos y parientes de los muertos celebraban los sencillos servicios fúnebres como también la fiesta en que se les daba sepultura. Después de todo esto solían depositar los restos en su estrechísima tumba, cubriéndola con la correspondiente losa en que se grababa el nombre del difunto.

Aquellos primitivos cristianos, vivamente inspirados de la gloriosa doctrina de la resurrección, miraban hacia el futuro con la más ardiente esperanza de la llegada del momento cuando la corrupción habría de ser absorbida por la incorrupción, y lo mortal por la inmortalidad.

Y era así que ellos no querían permitir que el cuerpo de ellos, al que tan sublime destino esperaba, fuera reducido a cenizas, llegando hasta pensar que aun las sagradas llamas funerales eran una honra para el cuerpo que era el templo de Dios y tanto favor había merecido de las alturas celestiales. Era en tal virtud que los estimados cuerpos de muertos se procuraba traerlos allí, fuera de la vista de los hombres, en donde ninguna mano irreverente perturbara la solemne quietud del último lugar de reposo, en donde habían de yacer “hasta la final trompeta,” que sería la voz del llamado que la primitiva Iglesia esperaba con vivo anhelo como lo mas inminente y real. Arriba en la ciudad en donde se respiraba, la Cristiandad había estado aumentando en las generaciones sucesivas, y durante todo el tiempo transcurrido así, los muertos habían ingresado allí en proporciones cada vez mayores, de tal manera que ahora las catacumbas constituían una vasta ciudad de los muertos, cuyos silenciosos moradores dormitaban en filas innumerables, hilera sobre hilera, esperando hasta que se oiga la aclamación del Señor, llamando a congregarse al pueblo lavado con su sangre, “en un momento de tiempo, en un cerrar del ojo,” a encontrar al Señor en el aire.

En muchos lugares se habían derribado los arcos con el objeto de elevar el techo a fin de formar habitaciones. Ninguno de ellos era demasiado espacioso, sino que eran solamente recintos de mayor expansión en donde los fugitivos podrían reunirse en asambleas mayores, pudiendo al mismo tiempo respirar con desahogo. Allí pasaban ellos su mayor tiempo, y al mismo tiempo realizaban sus asambleas de fraterna comunión.

Su situación se explica por la naturaleza de los tiempos en que vivieron. Pues las sencillas virtudes de la república habían pasado a la historia, la libertad había huido para siempre del territorio. La corrupción había tomado posesión del imperio, y lo había avasallado todo bajo su mortal influencia.

Conspiraciones, rebeliones, traiciones azotaban sucesivamente al estado. Pero el pueblo, víctima de todo, permanecía a la distancia en silencio. Ellos veían sufrir a los valientes de los suyos, y veían morir a los más nobles, sin siquiera conmoverse. Nada tenía la virtud de estar el corazón generoso ni hacer arder el alma. Sus degenerados sentimientos solamente podían moverse en las más bajas pasiones.

Empero, contra un tal estado de cosas hizo impacto valientemente la verdad de Jesucristo, y contra enemigos tan enormes como éstos tuvo que luchar y abrirse paso cuerpo a cuerpo por entre tales obstáculos, haciendo un avance lento, pero firme. Aquellos que tomaban las armas bajo su bandera, no podían esperar un futuro muy fácil y de comodidad. El sonido de trompeta no era de incertidumbre. El conflicto era severo y comprendía el nombre, la fama, la fortuna, amigos y la vida: todo aquello que es tan querido para el ser humano. Así el tiempo seguía su marcha. Si bien era verdad que los seguidores de la verdad aumentaban en número; así también el vicio intensificaba su poder maligno; el pueblo se iba hundiendo cada día en la más profunda corrupción, y el estado era arrastrado aceleradamente a la ruina más segura.

Fue entonces cuando se levantaron aquellas terribles persecuciones que tenían por objeto extirpar la tierra los últimos vestigios del Cristianismo. La terrible ordalía esperaba al cristiano si resistía al decreto de la autoridad imperial. A los que la seguían inexorable la orden de la verdad, y una vez que tomaba una decisión, era final e irrevocable. A veces solía suceder que tomar la decisión de hacerse cristiano era aceptar la muerte instantánea, o al menos ser arrojado fuera de la ciudad, proscrito de los goces normales del hogar y de la luz del día.

Los corazones de los romanos fueron endurecidos, y sus ojos fueron cegados. No les podía conmover en sus sentimientos ni despertarles la menor compasión, ni la inocencia de la niñez, ni la pureza de la mujer, ni la noble hombría de bien, ni los venerables cabellos canos del anciano, ni la inconmovible fe, ni el amor victorioso sobre la muerte. No tenían ojos para ver a tiempo la negra nube de desolación que pendía sobre el imperio, condenado irrevocablemente a muerte por los actos de los suyos. No tuvieron visión para comprender que del furor de ese destino, solamente les podrían haber salvado aquellos a quienes ellos perseguían.

Empero, en la plena vigencia de ese reino de terror, las catacumbas abren sus puertas delante de los cristianos, cual una ciudad de refugio. Allí reposaban los huesos de sus antecesores, que de generación en generación habían luchado por la verdad, y el polvo de sus cuerpos esperaba aquí la aclamación de la resurrección. Allí traían ellos a sus amados parientes, conforme uno por uno les iban dejando para volar a las alturas. Hasta aquí el hijo había traído en hombros el cuerpo de su anciana madre, y el progenitor había visto a su menor depositado en la tumba. Hasta aquí ellos habían portado piadosamente los mutilados despojos de aquellos que por su fe habían sido despedazados por las fieras salvajes en la arena, los cuerpos chamuscados de aquellos que habían sido entregados a las llamas, o aun los enjutos cuerpos de los más desdichados de todos, que habían exhalado el último suspiro de su vida tras la larga agonía que constituía la muerte por crucifixión. Cada uno de los cristianos tenía algún amigo o pariente cuyo cuerpo yacía ahí. El mismo campo era en todo sentido un campo santo.

Nada, pues, podía extrañar que ellos buscaran refugio y seguridad en un lugar tal.

En estas moradas subterráneas, sobre todo, habían hallado su único lugar de refugio contra la enconada persecución. En aquel tiempo no podían buscar auxilio en países extranjeros, o más allá de los mares, porque para ellos no existían países de refugio, y no había tierra allende los mares en que tuvieran la menor esperanza. El poder imperial de Roma mantenía atrapado en sus garras poderosas a todo el mundo civilizado; su tremendo sistema policiaco se extendía por todas las tierras, y ni uno solo podría escapar de su implacable ira. Su poder era tan irresistible, que desde el noble más encumbrado hasta el esclavo más humilde, todos eran igualmente súbditos de Roma.

Ningún emperador destronado podría escapar de su venganza, ni siquiera se podía esperar el tal escape. Cuando Nerón cayó, lo único que alcanzó a hacer fue ir a una villa cercana y matarse. Empero, aquí abajo, en estos infinitos laberintos, aun el poder de Roma no tenía valor alguno, pues sus burlados emisarios vacilaban en la misma entrada.

En estos providenciales refugios los cristianos permanecían, poblando densamente los innumerables pasajes y grutas. En el día se reunían para intercambiarse el verbo de consolación y de aliento, o también para compartir condolencias por un nuevo mártir. Por las noches despedían a los más osados de entre en desesperadas empresas de traerles noticias del mundo exterior, o bien a traer los cuerpos ensangrentados de las nuevas víctimas. En el transcurso de diferentes persecuciones, ellos se replegaron aquí bajo una seguridad tal, que aunque millones perecieron por todo el vasto imperio, el genuino poder del cristianismo en Roma a peñas fue sacudido.

De este modo fue puesta a cubierto su seguridad y preservada su vida, pero ¿bajo qué condiciones? Por ventura, ¿qué es la vida sin luz, y qué es la seguridad del cuerpo en aquellas húmedas tinieblas que deprimen el alma? La naturaleza física del hombre se estremece ante tal destino, y su delicadísimo organismo no tarda en percatarse de la falta de aquel sutil principio renovador que tan estrechamente vinculado se halla con la luz. Las funciones del cuerpo van perdiendo una por una las facultades y aquel tono normal de energía. Aquel debilitamiento del cuerpo afecta la mente, predispone a la tristeza, la aprehensión, la duda y hasta la desesperación.

No deja de ser un honor mayor para el hombre mantenerse firme y fiel bajo tales circunstancias, que haber ofrecido su vida en heroica muerte en la arena, o haber muerto ardiendo resueltamente en la pira. Allí, en donde las más densas sombras de las tinieblas envolvían amortajando a los cautivos, fue donde éstos hicieron frente con valentía suprema a las más duras de las pruebas. La valiente presencia de ánimo bajo la persecución misma era lo más admirable; pero se tomó tanto más sublime al haberla resistido, no obstante sus horrores indescriptibles.

Las ráfagas de aire helado que siempre recorrían este laberinto les enfriaban hasta los huesos, pero traía aire renovado de la superficie. Tanto los pisos, como las murallas y los techos, se hallaban cubiertos de depósitos inmundos de vapores húmedos que siempre circulaban; pues la atmósfera se hallaba espesa de exhalaciones impuras y miasmas deletéreas. El denso humo de las antorchas siempre encendidas podría haber mitigado los aires nocivos, pero oprimía a los moradores con su mortal influencia, que además de cegar, sofocaba. Empero, en medio de este cúmulo de horrores, el alma del mártir se mantuvo firme e inconmovible sin rendirse. El revivido espíritu que resistió todo esto se irguió a proporciones que nunca fueron alcanzadas ni en los más orgullosos días de la vieja república. Aquí fue sobrepujada la fortaleza de Régulo, la devoción de Curtio, la constancia de Bruto, y no por hombres adultos y fuertes solamente, sino por tiernas vírgenes y niños endebles.

Así, desdeñando el rendirse ante el más cruel de los poderes de la persecución, se mantuvieron firmes y sin fluctuar en la pureza de corazón, en el bien, en la valentía y en la nobleza. Para ellos la muerte no tenía terrores, ni tampoco la aterradora muerte en vida a que se vieron obligados y que prefirieron soportar allí en esas regiones del desmayo entre los muertos.

Ellos sabían lo que les esperaba cuando se decidían a seguir a Jesucristo, y lo aceptaban todo gustosos. Ellos descendían allí voluntariamente, llevando consigo todo lo que era más precioso al alma del hombre, y ellos todo lo sufrían por aquel gran amor con que ellos habían sido y eran amados.

El constante esfuerzo que ellos hacían por disminuir la intensidad de las tinieblas de su morada, ha quedado visible en todo el rededor de las murallas. En algunos lugares, éstas se hallaban cubiertas de estucado blanco, y en otras se hallaban adornados con cuadros; pero de ninguna manera con mortales deificados por adorarlos, idolátricamente, sino sencillamente monumentos de recuerdo de aquellos grandes héroes antiguos de la verdad, “que por fe ganaron reinos, obraron justicia, alcanzaron promesas, taparon la boca de los leones, apagaron fuegos impetuosos, evitaron filo de cuchillo, convalecieron de enfermedades, fueron hechos fuertes en batallas, trastornaron campos extraños” (Heb. 11:33,34). Si en estas horas de angustia y amargura, habían menester ellos buscar escenas o pensamientos que pudieran aliviarles sus almas e inspirarles con nuevas fuerzas para el futuro, pues no podían ellos haber encontrado otros objetos más acertados en que inspirarse, de tanto valor y de tan bien fundado consuelo.

Tales eran los ornamentos de las capillas. Pues los únicos muebles que contenían era una sencilla mesa de madera, sobre la cual se colocaba el pan y el vino de la Cena del Señor, los símbolos del cuerpo y de la sangre de su Señor crucificado.

La cristiandad llevaba largo tiempo de lucha, y esta era una lucha contra la corrupción.

Por consiguiente, no debe considerarse extraño si la iglesia contrajo algunas señales de su contacto demasiado estrecho con su enemigo, o si ella llevó algunas de aquellas señales hasta allí a su lugar de refugio. Empero, si ellos practicaban algunas variaciones con relación al modelo apostólico, éstas eran muy triviales, y todas podían pasarse por desapercibidas, si no fuera porque ellas abrieron el paso para otras mayores. Con todo ello, las doctrinas esenciales del Cristianismo no sufrieron la menor contaminación, ni cambio alguno. El pecado del hombre, la misericordia del Padre, la expiación del Hijo, la unción del Espíritu Santo, la salvación por la fe en el Redentor, el valor de su preciosa sangre, su resurrección física, la bienaventurada esperanza de su regreso: todas estas verdades fundamentales eran para ellos de tanta estima y las guardaban con tanto fervor y energía, que no alcanza el mero lenguaje a hacer el tributo de la debida justicia.

De ellos era aquella esperanza celestial, el andar del alma, tan fuerte y tan segura que la tormenta de la del imperio fracasó en su empeño de derribarlos de la Roca de los siglos en la cual ellos se hallaban refugiados.

De ellos era aquella excelsa fe que les sostuvo frente a las pruebas más duras. En el hombre Cristo Jesús, glorificado a la diestra de Dios, era en quien reposaba su fe y su esperanza, y en nada ni nadie más. La fe en El era todo. Era el mismo hálito de la vida, la respiración normal de ellos, tan real que les sostuvo en la hora de los crueles sacrificios, tan duradera que aun cuando parecía que todos los seguidores se habían desvanecido de la tierra, ellos con todo podían mirar a las alturas y esperar en El.

De ellos era la plenitud de aquel amor que definió Cristo cuando estaba en la tierra, diciendo que era el resumen de la ley y los profetas. Era desconocida en aquellos días la lucha sectaria y las amarguras denominacionales. Es que ellos tenían un grande enemigo general contra quien luchar, y ¿cómo habían de altercar unos con otros? Allí se cultivaba el amor al semejante, que no conocía distinción de raza o clase, sino que abrazaba a toda la inmensa circunferencia, de tal manera que uno podía poner su vida por su hermano. Allí, pues, el amor de Dios, derramado copiosamente en el corazón por el Espíritu Santo, no temía llegar hasta el sacrificio de la misma vida.

La persecución, que les rodeaba como león rugiente, les fortaleció en su celo, fe y amor que alumbraban brillantemente en medio de las tinieblas de la edad. Su número se contaba a los que eran verdaderos y sinceros. Era el mejor antídoto de la hipocresía. Al valiente le investía el más osado heroísmo, y al temeroso le inspiraba con valor y devoción. Ellos vivieron en una época en la que ser cristiano era arriesgar la vida misma. Ellos no retrocedían ni vacilaban, sino que atrevidamente proclamaban su fe y aceptaban las consecuencias. Ellos trazaban una línea divisoria perfectamente visible entre ellos y el mundo, y se mantenían valientemente en su puesto.

La sencilla pronunciación de unas cuantas palabras, la ejecución de un acto sencillo, bastaría para salvar de la muerte; pero la lengua se negaba a pronunciar la fórmula de la idolatría, y la mano firme rehusaba hacer el derramamiento de la libación. Las doctrinas vitales del Cristianismo hallaban en ellos mucho más que el mero asentimiento intelectual. Cristo mismo no era para ellos solamente una idea, un pensamiento, sino una existencia personal y real. La vida de Cristo sobre la tierra era para ellos una verdad vivificante.

Ellos la aceptaban como el más adecuado ejemplo para todo hombre. Su ternura, su humildad, su paciencia, y su mansedumbre, pensaban ellos que se les ofrecían para que fueran imitadas; jamás separaron ellos el Cristianismo ideal del Cristianismo real. Ellos pensaban que la fe del hombre consistía tanto en su vida como en su sentimiento, y no habían aprendido a hacer distinción entre el Cristianismo experimental y el Cristianismo práctico. Para ellos la muerte de Cristo era el gran evento, ante el cual todos los otros eventos en la vida de ÉL eran solamente secundarios. Que ÉL murió es el hecho por excelencia, y que fue por los hijos de los hombres, nadie en absoluto podría entenderlo mejor que ellos. Que ÉL fue levantado y que se halla glorificado a la diestra de Dios, y que toda Potestad le ha sido dada en el cielo y en la tierra, era divina realidad para ellos. Pues entre sus propios hermanos sabían de muchos que habían sido colgados en una cruz por amor a sus hermanos, o muerto en la pira por su Dios. Ellos tomaban su cruz y seguían a Cristo, llevando su vituperio.

Aquella cruz y aquel vituperio no eran solamente figurados. Todo eso nos testifica esos tenebrosos laberintos, recinto propio para los muertos solamente, que sin embargo por muchos años se abrió para refugiar a los vivientes. Nos lo testifican aquellos nombres de mártires, aquellas palabras de triunfo. Las murallas conservan para las generaciones venideras las palabras de dolor y de lamento, y de sentimientos siempre variantes que se escribieron sobre ellas durante las sucesivas generaciones por aquellos que tuvieron que acudir a albergarse en estas catacumbas. Ellas transmiten su doliente historia a los tiempos venideros, y traen a la imaginación las formas, los sentimientos y los hechos de aquellos que fueron confinados allí. Así como la forma física de la vida se fija en las placas de la cámara fotográfica, así las grandes voces que una vez se arrancaron por la intensidad del sufrimiento desde el fondo del alma misma del mártir, quedaron estampadas sobre la muralla desafiando a los siglos venideros.

Testigos humildes de la verdad, pobres, despreciados, abandonados, cuyos clamores por misericordia llegaban en vano a los oídos de los hombres: ¡más bien se sofocaban en la sangre de los muertos y el humo de los sacrificios!. Empero si los de su propia raza contestaron sus clamores con renovadas y mayores tortura estas murallas rocosas mostraron mayor misericordia pues oyeron sus suspiros y los guardaron en sus senos, y fue así que aquellos clamores de sufrimiento vivieron allí atesorados y grabados en la roca para siempre.

La conversión de Marcelo al Cristianismo había sido repentina. Sin embargo, tales transiciones del error a la verdad eran frecuentes. El había intentado y probado las más altas formas de la superstición salvaje filosofía pagana, habiendo descubierto que no satisfacían; mas tan pronto se halló frente al Cristianismo, comprobó que llenaba ampliamente todos los anhelos de su conciencia.

Poseía precisamente lo que se necesitaba para poder satisfacer las ansias del alma y saciar el vacío del corazón con la plenitud de la paz. Y es así que si la transición fue rápida, también fue completa y perfecta. Pues, habiendo abierto sus ojos y contemplado el Sol de Justicia, el no podía volverlos a cerrar. La obra de la regeneración era completada divinamente y la recibió de buena gana la parte que le correspondía en el sufrimiento de los perseguidos.

Las primeras predicaciones del Evangelio se caracterizaban por la frecuencia de conversiones notables como estas. Por todo el mundo pagano eran incontables las almas que experimentaban lo que experimentó Marcelo, y que gustosos se habían sometido a las mismas experiencias. Pues sólo era menester la predicación de la verdad, acompañada por el poder del Espíritu Santo, que les abría los ojos y los conducía a ver la luz. He aquí la causa y la clave de la rápida diseminación del Cristianismo, la influencia divina real sobre la humana razón.

Marcelo pues, viviendo la vida y compartiendo la actividad y la comunión con sus hermanos, no tardó en penetrar al fondo de sus esperanzas, sus temores y sus alegrías. La fe viva y la confianza inquebrantable de ellos se comunicaban a su corazón, y todas las gloriosas expectativas que los sostenían a todos ellos, no tardaron en llegar a ser el más efectivo solaz de su propia alma. La bendita Palabra de vida llegó a ser materia de su constante estudio y deleite y todas sus enseñanzas hallaron en él su más ardiente y activo discípulo.

Las reuniones más frecuentes por todas las catacumbas eran las de oración y alabanza. Habiendo sido providencialmente apartados de las ocupaciones comunes de los negocios del mundo, se dedicaban por entero a más elevados y sublimes objetivos en que ponían todo su empeño.

Privados aquí como se hallaban de la oportunidad de hacer algún esfuerzo por el sostén del cuerpo, se veían constreñidos a dedicar su vida íntegramente al cuidado del alma. Y ellos lograban con creces lo que buscaban. Pues la tierra, con sus cuidados afanosos y sus atracciones y sus miles de distracciones, había perdido sobre ellos todo influjo, dejándolos libres. Los cielos se les habían acercado; sus pensamientos y su lenguaje eran justamente los del reino. A ellos les complacía hablar y pensar en el gozo inconmensurable y digno que esperaba a los que fueren fieles hasta la muerte.

Les deleitaba conversar y departir sobre aquellos hermanos que ya habían partido, y que solamente les llevaban la delantera. No se les ocurría siquiera pensar que se hubieran perdido. Todo ello les hacía prever el momento cuando su propia partida también llegaría. Pero por sobre todas las cosas, ellos miraban mayormente a aquel día del gran llamamiento final, que levantaría a los muertos, transformarían a los vivos, y traería alrededor de ÉL a los comprados con sangre, a su pueblo lavado con su sangre, hasta ese lugar de encuentro en el aire; y esperaban el establecimiento del tribunal de Cristo, donde El otorgará recompensas por el servicio fiel (1 Tes. 4:13-18; 3:20,21; I Cor. 3).

Fue así como Marcelo vio estos lúgubres pasadizos subterráneos, no entregados para el silencio del sueño de los muertos, sino densamente poblados de miles de vivientes. Descoloridos, pálidos y oprimidos, hallaban aun en medio de estas tinieblas un destino mejor el que les podía esperar en la superficie. Su actividad vital animaba esta región de los muertos; el silencio de esos pasillos era interrumpido por el sonido de las humanas voces. La luz de la verdad, la virtud, ahuyentada de los aires saludables de arriba, florecía y se encendía con más puro y reluciente brillo en medio de estas tinieblas subterráneas. Los tiernos saludos de afecto, de la amistad, de la fraternidad y del amor, se cultivaban entre los desmoronantes restos de los que se habían ido.

Aquí se mezclaban las lágrimas de duelo con la sangre de los mártires, y las manos cariñosas envolvían en sus últimos sudarios los pálidos despojos. En estas grutas las almas heroicas se erguían por encima del dolor. La esperanza y la fe sonreían gozosas, y señalaban con firmeza a “la brillante estrella de la mañana,” y de los labios de quienes debían lamentar, brotaban voces de alabanza.

***

Cap. 07

Cap. 09

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  1. analizando ligeramente en el cap anterior,vemos como el protagonista el capitan romano,luculo creo se llama, deja todo y se identifica ante su superior como cristiano,el jefe deja toda la relacion amistosa por un lado y le aplica la misma ley que a todos los demas,igual el recien convertido deja el cargo del ejercito y su grandes amistades militares,por seguir la verdad del evangelio.
    un interesante paradigma de una encrucijada que todos hemos llegado y enfrentado,o tomas el camino angosto o el ancho,
    o le sirves a los hombres o a DIOS.¡¡¡ESCOGE BIEN!!!!!!!!

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