Feb 24, 2012

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El mártir de las Catacumbas. Cap. 09

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LA PERSECUCION

La paciencia os es necesaria, para que después que hayáis hecho la voluntad de Dios, recibáis la promesa.

LA PERSECUCIÓN arreció con mayor furia. No habían transcurrido sino unas pocas semanas desde que Marcelo vivía allí, cuando un mayor número había acudido en desesperada búsqueda de este refugio de retiro. Jamás en el pasado se habían congregado tantos en las catacumbas. Generalmente las autoridades se habían contentado con los cristianos más prominentes, y en consecuencia, los fugitivos que recurrían a las catacumbas componían esta clase. Fue en verdad la persecución más severa que les sobrevino esta vez, abarcándolos a todos, y solamente bajo el gobierno de unos pocos emperadores se había mostrado tal encarnizamiento indiscriminado. Esta vez no se hacía la menor distinción de clase o posición. Pues al más humilde seguidor como al más eminente de los maestros, se les persiguió a muerte con la más encarnizada furia.

 

Hasta esta época la comunicación con la ciudad era relativamente fácil para los refugiados, porque los cristianos que arriba habían quedado, aunque pobres en medios, no descuidaban a los que estaban en las profundidades del escondite, ni olvidaban sus necesidades.

 

Fácilmente, pues, se podía adquirir provisiones, y auxilio no faltaba. Pero llegó la hora en que precisamente aquellos en cuyo auxilio confiaban los fugitivos, también habían sido víctimas de la persecución y obligados a compartir su destino con sus hermanos de las grutas y tener ellos mismos que recibir caridad en vez de darla.

 

Con todo, su situación no la afrontaban desesperándose. Aun en esa Roma habíanse provisto muchos que les amaban y les ayudaban, no obstante de no ser cristianos. En todo gran movimiento, siempre habrá una considerable proporción de seres neutrales, los mismos que, bien sea por interés o por indiferencia, se mantienen al margen. Estas personas invariablemente se unirán al lado más fuerte, y cuando el peligro amenaza, suelen soslayarlo haciendo cualquier concesión. Tal, pues, era la condición en que se hallaban numerosos romanos. Ellos tenían amigos y parientes a quienes amaban entre los cristianos y por quienes sentían la más cordial simpatía. Siempre se mantenían dispuestos a ayudarlos, pero desde luego, tenían la debida consideración de su propia seguridad para no llegar al extremo de jugarse su suerte juntamente con ellos. Seguían siendo cumplidos asistentes a los templos y a la adoración de los dioses paganos como antes, viniendo a ser así adherentes nominales de las viejas supersticiones oficiales. Estos fueron quienes proveyeron a las necesidades de la vida de los cristianos.

 

Pero ahora además, toda expedición que se intentara hacer a la ciudad se hallaba rodeada de mayores e inminentes peligros, y solamente los muy osados se atrevían a aventurarse. Pero ese profundamente arraigado desdén por el peligro y la muerte era tal, y eran tantos los que de él estaban inspirados, que jamás dejaron de ofrecerse espontáneamente los hombres para desafiar a la muerte en tan peligrosas empresas.

 

He allí las tareas peculiares para las que Marcelo se ofrecía entusiasta y gustoso de poder hacer algo por sus hermanos. La misma valentía y perspicacia que le había elevado hasta los mismos altos rangos militares, ahora lo hacían descollar con todo éxito en estas sus nuevas actividades.

 

Decenas de fieles eran capturadas y sacrificadas cada día. Los cristianos se encargaban de la igualmente arriesgada tarea de recuperar sus despojos mortales para darles sepultura a su modo. En esto no era tanto el peligro, ya que se relevaba a las autoridades de la molestia de quemarlos y enterrar los cadáveres.

 

Un día llegaron noticias a la comunidad residente debajo de la Vía Apia que dos de los suyos habían sido capturados y entregados a muerte. Marcelo juntamente con otros salieron con la misión de recuperar sus cuerpos. Polio, aquel chiquillo con corazón de adulto, fue con ellos por si hubiera menester de sus servicios. Era el anochecer cuando llegaron a la puerta de la ciudad, y las tinieblas no tardaron en cubrir sus desplazamientos. Pero no tardó en aparecer la luna a iluminar el amplio escenario.

 

Se escurrieron abriéndose paso por las calles tenebrosas, hasta llegar finalmente al Coliseo, el lugar de martirio de tantos de sus compañeros. Aquella enorme mole se elevaba orgullosa delante de ellos, amplia, tenebrosa y severa, como el poder imperial que la había construido. Multitudes de cuidadores, guardianes y gladiadores había dentro de sus puertas, cuyos pasajes abovedados eran iluminados por el resplandor de las antorchas.

 

Los gladiadores sabían el motivo de su presencia, y les ordenaron rudamente que siguieran. Ellos mismos los guiaron hasta que estuvieron en la arena. Allí se hallaban tirados numerosos cuerpos, los últimos que habían sido muertos aquel día. Se hallaban cruelmente mutilados; algunos se hallaban en condiciones tales que apenas se distinguía que eran seres humanos. Después de una larga búsqueda, hallaron los dos a quienes buscaban. Esos cuerpos fueron seguidamente colocados en grandes sacos, en los cuales se disponían a llevarlos.

 

Marcelo se detuvo a contemplar el escenario que le rodeaba. Se hallaba completamente rodeado de macizas murallas que se elevaban por medio de numerosas terrazas en declive hasta llegar al coronamiento en el círculo exterior. Su negra estructura parecía encerrarle con barreras tales que él ya no podría franquear.

 

El pensaba: “¿Cuándo llegará también el día en que yo de la misma manera ocupe mi puesto aquí, ofrendando mi vida por mi Salvador? ¿Seré fiel cuando llegue aquel momento? ¡Oh, Señor Jesús, sostenme en aquella hora!”

 

Todavía la luna no había ascendido lo suficiente para que penetraran sus rayos dentro de la arena. Allí en ese interior todo era oscuro y repulsivo. La búsqueda había tenido que hacerse con antorchas prestadas de los guardianes.

 

En esos momentos Marcelo escuchó una voz profunda procedente de alguno de los arcos posteriores. Sus tonos penetraron dentro del aire de la noche con claridad sorprendente, y se les podía oír por encima de la ruda algarabía de los guardas:

 

Ahora ha venido la salvación y la fortaleza,

Y el reino de nuestro Dios,

Y el poder de su Cristo:

Porque el acusador de nuestros hermanos es arrojado,

El que los acusaba delante de Dios día y noche.

Y ellos lo vencieron por la sangre del Cordero,

Y por la palabra de su testimonio,

Y no amaron su vida hasta la muerte.

 

-¿Quién es ése? -dijo Marcelo.

 

-No le atiendas -dijo su compañero. Es el hermano Cina. Sus penas y dolores le han vuelto loco. Su único hijo fue quemado en la pira al principio de la persecución, y desde entonces él ha andado recorriendo la ciudad anunciando calamidades por venir. Hasta la fecha no se habían cuidado de él; pero finalmente le han capturado.

 

-¿Y está prisionero aquí?

 

-Sí.

 

Y de nuevo la voz de Cina se dejó oír, espantosa, amenazante y terrible:

 

-¿Hasta cuándo, oh Señor, santo y verdadero, No vengarás Tú nuestra sangre de aquellos que moran en la tierra?

 

-¡Este es, entonces, el hombre que yo oí en el capitolio!

 

-Sí, debe ser él, porque ha recorrido por toda la ciudad, y aun en el palacio, clamando y pregonando eso mismo.

 

-Vamos.

 

Tomaron sus sacos y se encaminaron hacia las puertas. Después de una breve pausa, se les permitió pasar. Y conforme salían, oyeron la voz de Cina en la distancia:

 

Caída es, caída es, Babilonia la grande,

Y ha venido a ser la morada de los demonios,

Y el depósito de todos los espíritus inmundos,

Y la jaula de toda clase de aves malignas e inmundas:

¡Salid de ella, pueblo mío!

 

Ninguno de ellos pronunció palabra alguna hasta que llegaron a suficiente distancia del Coliseo.

 

Marcelo rompió el silencio. -Sentí un gran temor de que nos encerraran y no nos dejaran salir más de allí.

 

El otro le contesto: -No sin razón sentiste aquel temor. El menor capricho repentino del guarda podría ser nuestra sentencia de muerte inevitable. Pero, para ello debemos estar siempre preparados. Pues en tiempos como estos, debemos estar dispuestos a afrontar la muerte en cualquier momento. ¿Qué dice nuestro Señor? “Estad también vosotros listos y apercibidos.”

 

Cuando el tiempo nos llegue, debemos estar dispuestos a decir: “Listo estoy para ser ofrecido.”

 

-Sí-dijo Marcelo-, nuestro Señor nos ha dicho lo que hemos de tener: “En el mundo tendréis aflicción….

 

-Ah, pero también El dice: “Mas confiad; yo he vencido al mundo… Donde yo estoy, vosotros también estaréis.

 

-Por medio de El -dijo Marcelo-, podemos salir más que vencedores sobre la muerte. Las aflicciones de este tiempo presente no son dignas de compararse con la gloria que nos ha de ser revelada.

 

Así se consolaban ellos con las promesas seguras de la bendita Palabra de vida que en todos los tiempos y en todas las circunstancias es capaz de dar tal consolación celestial.

 

Finalmente llegaron a su destino, sanos y salvos portando sus cargas, con la más íntima gratitud en sus corazones hacia Aquel que les había preservado.

 

No muchos días después, Marcelo volvió a salir en busca de provisiones. Esta vez él fue solo. Fue a la casa de un hombre que era muy amigo para con ellos y les había sido de gran ayuda. Estaba por fuera de las murallas, en las inmediaciones de la Vía Apia.

 

Después de haber obtenido las provisiones indispensables, empezó a averiguar por las noticias.

 

-Malas son para vosotros las noticias -dijo el hombre-. Uno de los oficiales de los pretorianos se convirtió al Cristianismo recientemente, y eso ha enfurecido al emperador. Este ha designado a otro oficial para el cargo que aquél tenía, y le ha comisionado a perseguir a los cristianos. Y es así que cada día capturan algunos de ellos. Pues en estos días no hay un solo hombre que sea considerado demasiado pobre para no capturarlo.

 

-Ah ¿sabe Ud. el nombre del nuevo oficial de los pretorianos que está encargado de perseguir a los cristianos?

 

-Lúculo.

 

-¡Lúculo! -exclamó Marcelo-. ¡Qué extraño!

 

-Dicen que es un hombre de mucha habilidad y energía.

 

-He oído hablar de él. Y a la verdad estas son malas noticias para los cristianos.

 

-La conversión al Cristianismo del otro oficial de los pretorianos ha enfurecido al emperador hasta enloquecerlo. A tal extremo que se ofrece un cuantioso rescate por él. Y si tú, amigo, por ventura lo ves o te hallas en condiciones de hacérselo saber, procura por todos los medios comunicárselo. Dicen todos que él está en las catacumbas con vosotros.

 

-El debe estar allí, puesto que no hay otro lugar de seguridad.

 

-Verdaderamente, estos son tiempos terribles. Tienes necesidad de tomar todas las precauciones posibles.

 

Marcelo contestó, humilde, pero firmemente, -No pueden matarme más de una vez.

 

-¡Oh, vosotros los cristianos derrocháis la fortaleza más excelente!. Yo admiro con toda mi alma vuestra valentía pero yo pienso que podríais conformaros exteriormente al decreto del emperador. ¿Por qué, pues, habéis de precipitaros así tan locamente a la muerte?

 

-Nuestro Redentor murió por nosotros. Y por nuestra parte, no podemos menos que estar listos a morir por El. Y, puesto que El murió por su pueblo, nosotros también nos complacemos voluntariamente en imitarle, ofreciendo nuestras vidas por nuestros hermanos.

 

-Sois una gente divinamente maravillosa -exclamó aquel hombre al mismo tiempo que levantaba las manos en alto.

 

Llegó el momento en que Marcelo se tuvo que despedir, y luego partió llevando su carga.

 

Las noticias habían sido tales que habían llenado y conmovido su mente y todo su ser.

 

“Así que Lúculo se ha hecho cargo de mi lugar,” pensaba él, en su camino.

 

“¡Cómo quisiera saber si él se ha vuelto contra mí! ¿Pensará él ahora de mí como de su amigo Marcelo, o sencillamente como de un cristiano? Puede ser que lo descubra dentro de poco.

 

Sería verdaderamente extraño que yo cayera en sus manos; y con todo, si yo fuese capturado, probablemente llegaría a estar cerca de él.”

 

“Pero él tiene que cumplir con su deber de soldado ¿y por qué debería yo quejarme? Pues si él ha sido nombrado para ese puesto, no le queda otra alternativa que obedecer. Y él, como soldado, no puede tratarme de otro modo sino como enemigo del estado. El bien puede tenerme lástima, y ’aún amarme en su corazón de amigo, pero con todo no puede eximirse de cumplir con su deber.”

 

“Puesto que se ha ofrecido un rescate sobre mi cabeza, ellos tienen que redoblar sus esfuerzos para dar conmigo. Creo, pues, que mi tiempo ha llegado. Debo estar preparado para hacer frente fielmente a lo que venga.

 

Sumido en estos pensamientos había recorrido la Vía Apia. Había estado tan envuelto en sus meditaciones que no se dio cuenta de una multitud de gente que estaba reunida en una esquina, hasta que estuvo en medio de ellos. Y repentinamente se encontró detenido.

 

-Oh, amigo -exclamó una voz ruda-, no te des tanta prisa. ¿Quién eres tú, y adónde vas?

 

-¡Deje el paso libre! -exclamó Marcelo en tono de mando, natural en quien ha tenido hábito de mandar y tener hombres a sus órdenes, indicándole al hombre que se apartara.

 

La multitud se sorprendió por el modo autoritario y el tono imperioso, pero el vocero de ellos se mostró más valiente.

 

-¡Dinos quién eres o no pasas!

 

A lo que Marcelo replicó, -Hombre, apártate a un lado. ¿No me conoces que soy pretoriano?

 

Ante aquel nombre tan pavoroso como venerable, la multitud se abrió rápidamente, y Marcelo pasó por en medio de ellos. Pero apenas habíase alejado él unos cinco pasos, cuando una voz exclamó:

 

-¡Prendedle! ¡Es Marcelo, el cristiano!

 

La multitud también vociferó al unísono. Pero Marcelo no esperó mayor advertencia.

 

Arrojando la carga que llevaba, emprendió rauda fuga hacia el Tíber por una calle lateral. La multitud íntegra le persiguió. Era una carrera de vida o muerte. Pero Marcelo había sido entrenado en todo deporte atlético, y en segundos multiplicó la distancia que le separaba de sus perseguidores. Finalmente llegó al Tíber, y arrojándose a él nadó hasta el lado opuesto.

 

Los perseguidores llegaron a la orilla del río, pero de allí no pasaron.

 

***

Cap. 08

Cap. 10

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  1. recuerden que esto no es solo del pasado es actual.
    los hnos de orissa india,chiapas mexico,laos,corea del norte,china,los paises islamicos,turquia,iran,acordemonos de ellos pues conforme a la palabra de DIOS,oremos por sus necesidades y alivio en sus persecuciones.paises del africa.
    ¡¡que la paz de cristo os acompañe!!
    ¡¡se fiel hasta el final!!

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