Feb 27, 2012

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El Mártir de las Catacumbas. Cap. 11

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LA OFRENDA

Nadie tiene mayor amor que este, que ponga alguno su vida por sus amigos.

HABÍA ANOCHECIDO en el cuartel de los pretorianos. Lúculo se hallaba sentado al lado de una lámpara que despedía su luz brillante por todo el rededor. De pronto hubo de levantarse al oír un toque en la puerta. Prestamente la abrió. Un hombre entró y avanzó silenciosamente hasta el centro del cuarto. Luego, desembozándose de la gran capa en que venía envuelto, quedó descubierto en la presencia de Lúculo.

 

-¡Marcelo! –exclamó éste preso de asombro, y saltando hacia adelante abrazó a su visitante con visibles muestras de gozo.

 

-Querido amigo mío -dijo él-, ¿a qué azar feliz debo yo este encuentro? Me hallaba precisamente pensando en ti, y no me imaginaba siquiera cuándo nos veríamos otra vez.

 

-Yo temo que nuestros encuentros -dijo Marcelo tristemente-, no serán muy frecuentes de hoy en adelante. Este lo he procurado con grave riesgo de mi vida.

 

-Verdaderamente es así -dijo Lúculo, compartiendo la tristeza del otro-. Tú estás perseguido con el más airado interés, pues se ofrece un rescate por ti. Con todo eso, aquí debes considerarte tan seguro como lo estuviste siempre en los días felices antes de que fueras poseído de aquella locura. ¡Oh, mi querido Marcelo! ¿Por qué no pueden volver otra vez aquellos días?

 

-No puedo cambiar mi naturaleza ni deshacer lo que he hecho. Además, Lúculo, aunque mi suerte pueda parecerte dura, jamás he sido tan feliz como lo soy actualmente.

 

-¡Feliz! -exclamó el otro con profunda sorpresa.

 

-Sí, Lúculo, aunque afligido, no he sido derribado; aunque perseguido, no desespero.

 

-La persecución ordenada por el emperador no es cosa ligera.

 

-Sí, eso yo lo sé bien. Yo veo ante ella a mis hermanos cada día. Cada día se estrecha más el cerco que me rodea. Cada momento me despido de amigos a quienes no vuelvo a ver más.

 

Algunos compañeros suben a la ciudad, pero no regresan sino sus despojos. Vuelven allí para ser sepultados.

 

-Y con todo eso, ¿dices tú que estás feliz?

 

-Sí, Lúculo, tengo una paz que el mundo no conoce, una paz que viene de arriba y que sobrepuja todo entendimiento.

 

-Mi estimado Marcelo, a mí me consta que tú eres demasiado valiente para que le temas a la muerte; pero nunca pensé que tuvieras tal fortaleza para soportar con tan profunda calma todo lo que yo sé que debes estar sufriendo actualmente. O bien tu valor es súper humano, o es el valor que da la locura.

 

-Viene de arriba, Lúculo. Jesucristo, mi Señor, es para mí mucho más que todas las riquezas y el honor del mundo. Antes me era absolutamente imposible haberlo sentido así, pero ahora todas las cosas viejas han pasado, y he aquí, todas han sido hechas nuevas. Sostenido por este nuevo poder, yo podré soportar los peores de los males que puedan sobrevenirme. No espero nada en la tierra sino sufrimiento mientras aquí viva. Yo sé que moriré en la peor de las agonías.

 

Con todo, ese pensamiento no es capaz de doblegar la indomable fe que mora dentro de mí.

 

-Me apena en el alma -dijo Lúcido tristemente-, verte persuadido de tal determinación.

 

Pues si yo viera el más ligero signo de fluctuación en ti, tendría la esperanza de que el tiempo cambiaría o por lo menos modificaría tus sentimientos. Pero ya me convenzo que te hayas firme de modo inconmovible en tu nuevo camino.

 

-¡Quiera Dios concederme que pueda permanecer firme hasta el fin! -dijo Marcelo fervorosamente- Pero la verdad es que no vine a hablarte de mis sentimientos. Vine, querido Lúculo, a pedir tu ayuda, tu conmiseración y auxilio. Me prometiste una vez demostrarme tu amistad, si la necesitaba. Ahora vengo a pedirte que cumplas tu promesa.

 

-Todo lo que depende de mí es tuyo de antemano, Marcelo. Dime qué quieres.

 

-Tú tienes un prisionero.

 

-Sí, muchos.

 

-Este es un muchachuelo.

 

-Yo creo que el personal a mis órdenes capturó a un muchacho hace poco.

 

-Esta criatura es demasiado insignificante para merecer captura. Él se halla bajo la ira del emperador, pero todavía está en tu poder. Yo vengo, oh Lúculo, a implorarte por su libertad.

 

-Ay de mí, querido Marcelo, ¿qué es lo que pides? Acaso te has olvidado de la disciplina del ejército romano, o del juramento militar?  ¿No sabes bien tú que si yo hiciera esto, violaría el juramento y me haría traidor? Si tú me pidieses que me arrojase sobre mi espada, yo haría eso más fácilmente que esto que me dices.

 

-Yo no he olvidado el juramento militar ni la disciplina de la fuerza, Lúculo. Yo pensaba en este menor, que apenas es un niño, y bien podría no considerársele como prisionero. ¿Acaso los mandatos del emperador comprenden a los niños?

 

-El no hace distinción de edades. ¿No has visto niños tan menores como éste sufrir la muerte en el Coliseo?

 

-Ay, sí lo he visto -dijo Marcelo, al volver sus pensamientos a las niñas cuyo canto de muerte le impresionó, causándole tanta pena y al mismo tiempo le fue tan dulce al corazón-. Este muchachito, entonces ¿también tiene que sufrir la muerte?

 

-Sí -dijo Lúcelo-, salvo que renuncie solemnemente al Cristianismo.

 

-Y eso jamás lo hará él.

 

-Entonces de inmediato se le aplicará la sentencia. Es la ley lo que lo hace y no yo, Marcelo. Yo soy sólo el instrumento. No me avergüences, ni me lo imputes a mí.

 

-Yo no te estoy culpando. Yo sé muy bien lo severo que eres tú en la obediencia. Si tú desempeñas tu puesto tienes que cumplir con tu deber. Empero, déjame hacerte otra propuesta.

 

El entregar prisioneros no es permitido, pero el canje sí es legal.

 

-Sí.

 

-Si yo te dijera de un prisionero mucho más importante que este muchacho, lo canjearías, ¿no es verdad?

 

-Pero no nos has tomado a ninguno de nosotros.

 

-No, pero tenemos potestad sobre todo nuestro pueblo. Y hay algunos de nosotros por cuyas cabezas el emperador ha ofrecido una gran recompensa. Pues por la captura de éstos, cientos de muchachos como éste serían gustosamente entregados.

 

-¿Es entonces costumbre entre los cristianos entregarse los unos a los otros? –preguntó Lúculo sorprendido.

 

-No, pero algunas veces un cristiano ofrecerá su propia vida para salvar la del otro.

 

-¡Imposible!

 

-Tal es el caso en este ejemplo.

 

-¿Quién es el que se ofrece por este muchacho?

 

-¡Yo, Marcelo!

 

Ante esta asombrosa declaración Lúcelo retrocedió.

 

-¡Tú! -exclamó él.

 

-¡Sí, yo mismo!

 

-Estás bromeando. Es imposible.

 

-Te hablo con toda seriedad. Es por esto que ya he expuesto mi vida al venir ante ti. He demostrado el interés que tengo por él al arriesgarme a tanto peligro. Yo te explicaré. Este niño Polio es el último de una antigua noble familia romana. Es el único hijo de su madre. Su padre murió en el campo de batalla. El pertenece a los Servilii.

 

-¡Los Servilii!. Luego su madre es la Señora Cecilia?

 

-Sí. Ella es una de las refugiadas de las catacumbas. Toda su vida y su amor no son sino este muchacho. Cada día lo deja ella que salga a la ciudad en una peligrosa aventura, pero en su ausencia ella sufre indescriptible agonía. Con todo, ella teme retenerlo sin salir de allí, por temor de que el aire húmedo que es tan fatal para los niños vaya a originarle la muerte. Y así ella lo expone a lo que ella cree que es el peligro menor.

 

Este es el niño que tienes prisionero. Esa madre lo ha sabido y ahora ella yace debatiéndose entre la vida v la muerte. Si tú lo sacrificas, ella también morirá, y ya no será más uno de los más nobles y puros espíritus de Roma.

 

-Por estas razones es que yo vengo a ofrecerme en canje. ¿Qué soy yo? Yo estoy solo en el mundo. Ninguna vida se halla vinculada a la mía. No hay nadie que dependa de mí para el presente y el futuro. Yo no le temo a la muerte. Puede venir tan igualmente ahora mismo, como puede venir en otra ocasión. Tarde o temprano tiene que venir, y yo prefiero mucho mejor dar mi vida por mi amigo que ofrecerla inútilmente. Por todas estas razones, oh Lúculo, es que te lo imploro, por los sagrados lazos de amistad, por tu compasión, por tu promesa que me hiciste, dame esta ayuda que te pido, y toma mi vida en canje por la de él.

 

Lúculo se puso de pie y se paseó por la sala, conteniendo una gran agitación dentro de sí.

 

-¿Por qué, oh Marcelo -exclamó al último-, me sometes a tan terrible prueba?

 

-Mi propuesta es fácil de que la recibas.

 

-¿Te olvidas acaso que tu vida me es igualmente preciosa?

 

-Pero, piensa en este pequeño niño.

 

-Efectivamente, yo lo compadezco en el alma. ¿Pero piensas que yo puedo recibir tu vida en prenda?

 

-Pues mi vida ya está dada en prenda, y yo la ofreceré tarde o temprano. Y por eso te imploro que me des la oportunidad de ofrecerla en la forma en que puede ser útil.

 

-Tú no morirás, mientras esté a mi alcance evitarlo. Tu vida no está todavía en prenda.

 

Por los dioses inmortales juro que pasará mucho antes que tú puedas ocupar un lugar en la arena.

 

-Nadie me podrá salvar una vez que yo sea aprehendido, aunque hicieras todo lo que pudieras.

 

¿Qué puedes hacer para salvar a uno sobre quien está cayendo la inexorable ira del emperador?

 

-Yo puedo hacer mucho para desviarla. Tú no estás en condiciones de saber cuánto se puede hacer. Pero, aun cuando yo no pudiera hacer nada, con todo no voy a acceder a esta tu propuesta ahora.

 

-Si yo mismo me presentara ante el emperador, él tendría que oír mi petición.

 

-Él te pondría en prisión en el acto, y a ambos los haría matar.

 

-Yo podría enviar un mensaje con mi propuesta.

 

-El mensaje nunca llegaría a él; o al menos no llegaría hasta cuando ya fuera demasiado tarde.

 

-Entonces ¿no hay esperanza alguna? -dijo Marcelo tristemente.

 

-Absolutamente ninguna.

 

-¿Y en absoluto también te niegas a concederme mi petición?

 

-Ay, Marcelo ¿cómo podría hacerme responsable de la muerte de mi más querido amigo?

 

Tú no tienes misericordia de mí. Perdóname si me tengo que negar a aceptar tu temeraria propuesta.

 

-Hágase la voluntad del Señor, mi Dios -dijo amargamente Marcelo-. Debo, pues, regresar a prisa. ¡Ay! cómo puedo yo presentarme con este mensaje de desesperación?

 

Los dos amigos se abrazaron en silencio y Marcelo partió, dejándolo a Lúculo agobiado con su asombrosa y temeraria propuesta.

 

Marcelo regresó sano y salvo a las catacumbas. Los hermanos que allí estaban y que sabían de los propósitos con que había salido, le recibieron gozosos en medio de su dolor.

 

La señora Cecilia todavía yacía víctima de aquel sopor, consciente sólo a medias de los acontecimientos que se realizaban a su rededor. Había momentos que su mente divagaba. Y en su delirio solía conversar como si se hallara entre escenas felices de su vida pasada. Empero la vida de las catacumbas, esas alternativas entre la esperanza y el temor, entre el gozo y la tristeza, entre esa ansiedad que siempre rodeaba a los refugiados y el aire por demás deprimente de aquel lugar en sí, habían llegado a abatirla tanto en su mente como en su cuerpo. Su frágil naturaleza sucumbía bajo la furia implacable de aquella ordalía, y este último, el más pesado y amargo de los golpes que caía sobre ella, había completado su postración. De los mortales efectos de todo esto, ya no podía recuperarse.

 

Aquella noche todos velaron y oraron alrededor de su camilla. Cada instante se debilitaba más, y, lenta pero seguramente, su vida se esfumaba, quedando sólo un fallecer prolongado. De aquel descenso tan real, ya ni aun la restitución de su hijo la podría salvar.

 

Pero aunque las facultades pensantes y terrenas la habían dejado y los sentimientos terrenales se habían debilitado, aquella pasión dominante en ella en sus últimos años en nada había disminuido en su poder sobre ella, sus labios helados musitaban todavía las palabras bienhechoras que tanto tiempo habían sido su apoyo e inspirado sus actos. El nombre de su menor hijo querido lo balbuceaba como con los últimos hálitos, aunque inconsciente del peligro que lo rodeaba. Pero el nombre de Jesucristo era pronunciado con el fervor más profundo.

 

Sin embargo, hubo de llegar el momento final. Reaccionando de su largo período de calma, sus ojos se abrieron brillantes e inmensos, un colorido de luz se posesionó de su rostro macilento, y de sus labios se oyeron débilmente las palabras: “¡Ven, Señor Jesús!”

 

Y con aquel clamor, la vida dejó el cuerpo, y el espíritu purificado de la señora, hermana Cecilia, había vuelto a Dios, quien lo dio.

 

***

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  1. cayetano vignale says:

    Y yo que pensaba que Luculo aceptaria al vida de Marcelo por la vida de Polio, mas no fue asi.

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