Feb 28, 2012

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El Mártir de las Catacumbas. Cap. 12

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EL JUICIO DE POLIO

De la boca de los pequeñitos y de los que maman, perfeccionaste la alabanza.

EN UN EDIFICIO no lejano del palacio imperial había un amplio salón. Su piso era de mármol, que se mantenía siempre brillante, y enormes columnas de pórfido soportaban el artesonado techo. En el extremo del departamento había un altar con una estatua de una deidad pagana. Y en el lado opuesto los magistrados luciendo sus togas oficiales ocupaban asiento prominentes. Delante de ellos había algunos soldados vigilando al prisionero.

 

El único prisionero esta vez era el niño Polio.

 

La palidez de su rostro contrastaba con su porte erguido y firme. La extraordinaria inteligencia que le había caracterizado siempre, no le abandonó en estos momentos solemnes.

 

Sus ágiles miradas captaban todos los detalles de ese escenario. El sabía bien la inexorable condena que pendía inminentemente sobre él. Y con todo, ni la menor traza de temor o de indecisión pasaba siquiera por él.

 

El ya sabía que el único vínculo que le había unido a la tierra había partido. Las primeras horas de aquella mañana le habían saludado con la noticia de que su madre había sido llamada arriba. Le había sido transmitida por una persona que entendía que le fortalecería en su resolución. Ese mensajero había sido Marcelo. La benevolencia, bastante arriesgada, de Lúculo le había hecho posible esa entrevista. El pensamiento había sido acertado.

 

Mientras su madre vivía, el pensar en ella podía haber debilitado su resolución; mas ahora, liberada ella de las catacumbas con Cristo, él estaba animado del más vivo anhelo de partir también. En su fe sencillísima creía que la muerte le uniría en el instante a su bien amada madre. Animado de este sentir, esperaba ávidamente el interrogatorio.

 

-¿Quién eres tú?

 

-Marcos Servilii Polio.

 

-¿Qué edad tienes?

 

-Trece años.

 

Ante la mera mención de su nombre un murmullo de compasión se difundió entre la asamblea, pues ese nombre era muy conocido en Roma.

 

-Se te acusa del delito de ser cristiano. Tú ¿qué dices?

 

-Excelencia, yo no soy responsable de ningún delito -dijo el niño-. ¡Yo soy cristiano, y me complace íntimamente poder confesarlo delante de los hombres!

 

-Es lo mismo que suelen decir todos ellos -dijo indiferente uno de los jueces-. Todos ellos tienen la misma fórmula.

 

-¿Sabes tú cuál es la naturaleza de tu crimen?

 

-¡Yo no he cometido ningún crimen! -dijo otra vez Polio-. Mi fe me enseña a temer solamente a Dios vivo y a honrar al emperador. Todas las leyes justas siempre las he obedecido. No soy, pues, ningún traidor.

 

-Ser cristiano es ser traidor.

 

-¡Cristiano, lo soy; pero traidor, no!

 

-La ley del estado te prohíbe ser cristiano, bajo pena de muerte. Pues, si tú eres cristiano, debes morir.

 

-Yo soy cristiano -repitió Polio firmemente.

 

-Entonces debes morir.

 

-Amén. Así sea.

 

-Pero, muchacho, ¿sabes tú lo que es sufrir la muerte?

 

-De la muerte. ¡Ah! he visto demasiado de la muerte durante los pocos meses últimos. Y siempre he estado a la expectativa del momento en que pueda ofrecer mi vida por mi Señor resucitado, cuando mi turno llegase.

 

-Muchacho, tú eres muy pequeño. Nosotros te compadecemos por tu tierna edad y falta de experiencia. Tú has sido instruido especialmente y en forma tan peculiar que apenas puedes ser responsable de esta tu temeraria locura. Por todas estas consideraciones queremos hacerte concesiones. Esta religión que te ciega neciamente es una necedad. Tú crees que un pobre judío, que fuera crucificado hace doscientos años, es Dios. ¿Hay por ventura algo más absurdo que esto?

Nuestra religión es la religión del estado. Tiene en sí lo suficiente para satisfacer las mentes de los menores y de los adultos, de los ignorantes y de los sabios. Deja, pues, esa loca superstición y vuelve a la religión más sabía y más antigua.

 

-Yo no puedo.

 

-Tú eres el último de una familia noble. El estado reconoce la dignidad y la nobleza de los Servilii. Tus antepasados disfrutaron de pompa, de riqueza y de poder. Tú ahora eres un mozuelo pobre y miserable y prisionero. Sé, pues, sabio, Polio. Piensa en la gloria de tus antecesores y arroja a un lado el miserable obstáculo que te está segregando de toda la ilustrísima fama de ellos.

 

-Yo no puedo.

 

-Has vivido como un reprobado miserable. El mendigo más pobre de Roma la pasa mucho mejor que tú. Su alimento lo obtiene con menos afanes y menos humillación. Su refugio se halla a la luz y al aire del día. Y sobre todo él siempre está seguro. Su vida es propia de él. El no tiene necesidad de vivir en permanente temor de la justicia de Roma. Pero tú has tenido que arrastrar una vida, la más miserable, siempre en necesidad apremiante, en peligro, en las tinieblas.

 

¿Qué, pues, te ha dado tu ponderada religión? ¿Qué ha hecho por ti aquel judío deificado? Nada. Y peor que nada. Vuélvete, pues, de en pos de este engañador. En cambio tendrás la riqueza, la comodidad, los amigos y los honores del estado y el favor del emperador. Todo será tuyo.

 

-Yo no puedo.

 

-Tu padre fue un súbdito leal y un valiente soldado. El murió por su patria en el campo de batalla. Te dejó muy pequeño, pero como el único heredero de todos sus honores, y como el último puntal de su noble casa. Lejos estaría de él pensar siquiera en las pérfidas influencias que te cercarían descarriándote a la perdición. Tu madre, con su mente debilitada por el dolor, se rindió a las insidiosas astucias de los falsos maestros, y de la misma manera ella en su ignorancia labró la ruina tuya. Si tu padre viviera, tú serías ahora la esperanza de su nobilísima casta; tu misma madre también habría seguido fiel la fe de sus ilustres antepasados. ¿No valoras tú la memoria de tu padre? ¿Acaso no te corresponde hacia él principalmente un deber filial? ¿No piensas tú que es pecado amontonar deshonra sobre el glorioso nombre que debes enorgullecerte en llevar, arrojando sobre él el baldón de tu traición, siendo un nombre que se te ha transmitido sin mancha? Deja, pues, esas ilusiones locas que te ciegan. Por la memoria de tu padre, por el honor de tu familia, apártate de este camino que has tomado.

 

-De ninguna manera les hago yo deshonor. Mi fe es pura y santa. Yo puedo morir, pero no puedo traicionar a mi Salvador.

 

-Tú estás viendo que mostramos misericordia contigo. Tu noble nombre, así como tu inexperiencia, nos causan lástima. Si tú fueras un prisionero común te ofreceríamos en pocas palabras la simple elección entre retractarte o morir. Pero en este caso queremos razonar contigo, porque no queremos que se extinga una noble familia por la ignorancia u obstinación de un heredero degenerado.

-Os agradezco de todas vuestras consideraciones -dijo Polio-, pero vuestros argumentos no significan nada para mí ante la suprema autoridad de mi Dios.

 

-¡Muchacho temerario e irreflexivo! Acaso puedes tú encontrar un argumento más poderoso. La ira del emperador es irresistible.

 

-Aun más terrible es la ira del Cordero.

 

-Eso que tú hablas es un lenguaje sin inteligencia. ;Qué es eso que llamas la ira del Cordero- ;Por qué no piensas en lo que es inminente sobre ti?

 

-Mis hermanos y amigos ya han soportado todo lo que vosotros podéis hacer al cuerpo. Y yo confío que me sostendrá igual fortaleza.

 

-Pero ¿puedes tú soportar los terrores de la arena?

 

-Yo cuento con la fortaleza del que venció la muerte.

 

-¿Puedes tú enfrentarte con los leones y tigres salvajes que se precipitarán contra ti?.

 

-Aquel en quien yo confío no me abandona en el momento que lo necesito.

 

-Tú estás muy confiado.

 

-Precisamente confío en que me amó a tal extremo que se entregó a sí mismo por mí.

 

-Pero ¿no has pensado tú en la muerte por el fuego? ¿Estás listo para hacer frente a la muerte en las llamas de la pira?

 

-¡Ah! Sí debo sufrirlas, no me estremece. En lo peor de ellas cuento con mi Dios, y luego por siempre estaré con El.

 

-Estás poseído del fanatismo y de la superstición. No sabes tú qué es en realidad lo que te espera. Es, pues, muy fácil hacer frente a las amenazas, es fácil pronunciar palabras y hacer alarde de valor. ¿Pero qué será de ti cuando te veas frente a la terrible realidad?

 

-Pues miraré hacia Aquel que nunca abandona a los suyos en la hora de la prueba.

 

-¡El no ha hecho nada por ti hasta este momento!

 

-El ha hecho todo por mí. El dio su propia vida para que yo viva. Por El yo tengo una vida que es en mi noble y que es eterna y que no se puede comparar con la que vosotros me quitáis.

 

-Eso no es sino un sueño tuyo. ¿Cómo es posible que un judío miserable pueda hacer esto?

 

-El es la plenitud de la divinidad, Dios manifestado en carne. El sufrió la muerte del cuerpo para que nosotros recibamos vida para el alma.

 

-¿Pero nada puede abrirte los ojos? ¿No te basta que hasta ahora esa loca creencia no te ha traído nada más que miseria y dolor? ¿Vas a insistir en tu creencia? Ahora que vez que la muerte te es inevitable, ¿no vas a volverte de tus errores?

 

-El mismo me da fortaleza para vencer a la muerte. No le temo. La muerte para mí no es más que un sencillo paso de esta vida de dolor y de gemido a una bienaventuranza inmortal. Bien sea que yo muera devorado por las fieras salvajes o por las llamas, dará lo mismo. El me fortalecerá para que pueda permanecerle fiel. El me sostendrá y llevará mi espíritu en el mismo instante a la vida inmortal en los cielos. La muerte, que vosotros teméis y con la que me amenazáis, no tiene terrores; empero la vida, esa vida a que me invitáis, tiene consecuencias más terribles que mil muertes en las llamas.

 

-Por última vez, muchacho, te damos una oportunidad. Niño temerario, cálmate y medita por un momento en tu necia carrera de insensatez. Prescinde por un instante de los dementes consejos de tus fanáticos maestros. Reflexiona en todo lo que se te ha dicho. Tienes todavía a tu disposición la vida, una vida llena de gozo y de placer, una vida rica en toda bendición. El honor, los amigos, la riqueza, el poder: todo es tuyo. Un nombre noble y las posesiones de tu familia te están esperando. ¡Todo eso es tuyo por herencia! Hoy para ganar estas cosas tú no tienes que hacer nada sino tomar esta copa y derramar su contenido en aquel altar. ¡Tómala, hijo! ¡Es el acto más sencillo, el que se te pide que hagas! ¡Resuélvete y ejecútalo! ¡Salva tu vida, sálvate a ti mismo de esa muerte angustiosa!

 

Todos los ojos de los presentes estaban clavados sobre Polio en el momento que se le hacía esta última oferta. Pues hasta aquí les había llenado de asombrosa admiración la firmeza en que se sostenía. Eso sobrepujaba el entendimiento de todos ellos.

 

Pero aun esta última instancia tan insidiosamente tentadora, no le causó el menor efecto.

Pues el niño polio, con palidez en su rostro pero con fuego vehemente en el alma, hizo a un lado con firme serenidad la copa que le era propuesta.

 

-¡Jamás traicionaré a mi Salvador, que está a mi lado!

 

Ante aquellas palabras se hizo una pausa momentánea. Y luego se oyó la voz del magistrado supremo de la justicia romana:

-Tú has pronunciado tu propia sentencia mortal. Sacadlo de aquí, -dijo a continuación a los soldados que se hallaban presentes.

***

Cap. 11

Cap. 13

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  1. en la red hay un video de un muchacho en africa,donde aparece con parte de su rostro y cuerpo quemado. en su testimonio dice:que los musulmanes lo hicieron cavar un hueco luego encendieron un fuego y le dijeron que renunciara a su fe en cristo,el les reponde:¡ lo siento yo no puedo hacer eso,soy cristiano!!! y de hecho no lo hace,asi que muestra las consecuencia de guardar su fe,en las quemaduras de su cara y cuerpo,crudo testimonio.

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