Mar 1, 2012

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El Mártir de las Catacumbas. Cap. 13

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LA MUERTE DE POLIO

Sé fiel hasta la muerte y yo te daré la corona de vida.

LA SENTENCIA DE POLIO fue sumarísima e irrevocable. El día siguiente hubo espectáculo en el Coliseo. Lleno hasta los asientos del tope con la multitud de romanos sedientos de sangre humana, fue un despliegue de la misma sucesión de horrores repugnantes que anteriormente se ha descrito.

 

Nuevamente los gladiadores pelearon y se mataran unos a otros, individualmente y en masa. Una variedad de formas de combate se conocían en la arena; y de ellas, las que más sufrimiento mortal infligían hallaban el mayor favor de los asistentes.

 

Otra vez se presentaron las escenas interminables de derramamiento de sangre y de agonía. Los feroces campeones del día recibieron las efímeras felicitaciones de los veleidosos espectadores. De nuevo el hombre peleó contra el hombre, o libró aun más feroces combates contra el tigre. Se repitió la escena del gladiador herido que miraba lastimero impetrando misericordia, no viendo otro signo sino el de muerte, los pulgares de los crueles espectadores vueltos hacia abajo.

 

Para saciar los apetitos de la multitud, ahora se demandaba una mayor y más desalmada matanza. Pues por aquel día no tenía atracción el mirar combates entre hombres cotejados. ¡Ah! Pero ya se sabía que los cristianos habían sido reservados para cerrar el espectáculo, y la aparición de ellos se esperaba y se imponía impacientemente.

 

Lúculo estaba entre los guardas cerca del escaño del emperador. Mas su semblante, de alegre que era, se había tornado pensativo.

 

Mucho más arriba, en los asientos detrás de él, había un rostro severo y palidísimo que sobresalían entre todos, por la mirada concentrada hacia la arena que tenía. Ese rostro era preso de una expresión de ansiedad tan profunda que hacía notable contraste con todos los que se encontraban reunidos en tan vasta asamblea.

 

De pronto se oyó el sonido del bronco rechinar de las rejas, y se vio saltar el primer tigre a la arena. Levantó la cabeza desafiante y se azotaba con su propia cola, acechando amenazante por todo el rededor, relumbrando sus feroces ojos sobre la enorme masa de seres humanos que colmaban el enorme anfiteatro.

 

No tardó en oírse un murmullo. Un muchacho fue arrojado a la arena.

 

De rostro pálido y contextura ligera, desnutrido en extremo, era nada ante la mole de la bestia furiosa. Y en son de escarnio se le había vestido como gladiador.

 

Y sin embargo, a despecho de su tierna infancia y su debilidad, no había nada en su rostro ni en su actitud que revelara el menor asomo de miedo. Revelaba posesión de sí mismo en su mirada apacible. Avanzó hacia adelante serenamente hasta el centro de la arena, y allí, a la vista de todos, elevó sus manos juntas, levantó sus miradas al cielo y habló a su Dios.

 

Mientras tanto el tigre seguía amenazante, desplazándose como al entrar. Había visto al niño pero no le había hecho efecto alguno. Seguía levantando las miradas de sus ojos sanguinarios hacia las enormes murallas y de vez en cuando lanzaba salvajes rugidos.

 

El hombre del rostro severo y triste miraba absorto como si toda su alma acompañara esa mirada.

 

El tigre por su parte no parecía mostrar el menor deseo de atacar al muchacho cristiano que seguía orando.

 

La multitud ya se tornó impaciente. Surgieron murmullos y exclamaciones y gritos con la intención de enfurecer a la fiera para que atacara a su víctima.

 

Pero ahora de en medio del tumulto surgió el sonido de una voz profunda y terrible:

-¿Hasta cuándo, oh Dios, santo y verdadero, no vengas Tú Nuestra sangre de los que moran en la tierra?

 

Siguió un silencio profundo y aterrorizado. Cada uno de los espectadores miraba al que estaba a su lado.

 

Pero el silencio fue interrumpido por la misma voz, que repitió con énfasis admonitivo:

 

He aquí, viene en las nubes; Y todo ojo le verá,

Y también los que le traspasaron le verán;

Y todos los linajes de la tierra lamentarán a causa de Él.

Así sea. Amén, Amén.

Tú eres justo, oh Señor,

Que eres, que eras y que has de ser,

Porque Tú has hecho juicio.

Porque ellos derramaron la sangre de los santos y de los profetas.

Porque ellos son dignos.

Así, Señor Dios todopoderoso,

Tus juicios son justos y verdaderos.

 

Pero ahora los murmullos y los gritos y clamores cundieron por todas partes. Y no tardó en desaparecer la causa de la perturbación.

 

-Era uno de esos malditos cristianos. Era el fanático Cina. Lo habían tenido recluido cuatro días sin darle alimentos. ¡Sacadlo! ¡Afuera con él! ¡Echadlo al tigre!

 

Los clamores y las maldiciones surgían de todas partes, tornándose un solo y enorme estruendo. El tigre saltaba alrededor más frenéticamente. Los guardas escucharon las palabras de la multitud y se apresuraron a obedecer.

 

No tardaron en abrirse las rejas. Y la víctima fue arrojada al ruedo. Temeroso, macilento y en extremo pálido, avanzó hacia el centro con pasos trémulos. Sus ojos mostraban un brillo extraordinario, sus mejillas ardían enrojecidas, su cabello descuidado y su larga barba se veían enmarañados en una sola masa.

 

El tigre al verlo se encaminó saltando hacia él. Empero, a una corta distancia la fiera embravecida se agazapó. El niño, que había estado de rodillas, se puso en pie y miró. Por su parte Cina no veía tigre alguno. Sus miradas se dirigían a la turba, y agitando en alto su brazo macilento, clamó muy alto y en los mismos tonos admonitivo:

 

-¡Ay, ay, ay de los habitantes de la tierra!

 

Su voz fue acallada por torrentes de sangre. No hubo sino un salto, una caída, y ante los ojos humanos, nada más.

 

Y ahora el tigre se encaminó hacia el niño. Su sed de sangre habíase excitado. Su pelaje erecto, flameantes los ojos, y azotándose con la cola, se mantenía inmóvil frente a su presa.

 

El niño vio llegar su porción última en la tierra, y nuevamente se arrodilló. El populacho enmudeció y quedó extático, preso de profunda excitación y en ansiosa espera de la nueva escena sanguinaria. Aquel hombre que había estado contemplando atentamente, ahora se levantó y permaneció de pie, aún contemplando la escena que se desarrollaba abajo. De detrás de él salieron inmediatos gritos que seguían en aumento de número y volumen: -¡Abajo, abajo, siéntate! ¡No impidas la vista!

 

Pero el hombre, sea que no oía o bien intencionalmente, no hacía caso. Finalmente el ruido creció tanto que llamó la atención de los oficiales que estaban abajo, quienes voltearon para ver cuál era la causa.

 

Lúculo naturalmente fue uno de ellos. Habiendo volteado a mirar, vio toda la escena.

 

Detuvo brevemente su mirada y palideció a muerte.

 

-¡Marcelo! -exclamó él. Por un momento casi cayó hacia atrás, pero no tardó en recuperarse y se dirigió apresuradamente a la escena del disturbio.

 

Pero ahora había estallado un murmullo profundo entre el gentío. El tigre que había estado paseándose alrededor del niño una y otra vez, azotándose él mismo con creciente furia, ahora se había agazapado en preparativos para dar su final zarpazo.

 

El niño se levantó. En su rostro resplandecía una expresión angelical. Sus ojos despedían destellos de sublime entusiasmo. El ya no veía esta arena, ni las murallas gigantescas que le rodeaban, ni tampoco las largas hileras de asientos y las innumerables caras hostiles; ya no veía los implacables ojos de los crueles espectadores, ni menos la forma gigantesca del salvaje enemigo.

 

Su espíritu ya parecía ingresar victorioso por las puertas de oro de la Nueva Jerusalén, y la gloria inefable del pleno día de los cielos le inundó el rostro de sus fulgores.

 

-¡Madre, vengo contigo!, ¡Señor Jesús, recibe mi espíritu!

 

Esas palabras sonaron con toda nitidez y claridad en el oído de aquella multitud. Todos permanecieron en quietud sepulcral, y el tigre saltó. Los siguientes momentos no hubo más que una masa que se removía cubierta a medias por una nube de polvo.

 

La lucha concluyó. El tigre regresó; la arena había sido teñida de rojo, y sobre ella yacían los despojos mutilados del real y noble Polio.

 

Una vez al amparo del silencio que siguió, se dejó oír un clamor que tenía toda la intensidad de una trompeta que sobrecogió a cada uno de los presentes:

 

-¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde está, oh sepulcro, tu victoria?… Gracias sean a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.

 

Mil hombres se levantaron simultáneamente en arranques de ira e indignación. Mil manos se levantaron señalando hacia el atrevido intruso.

 

-¡Un cristiano! ¡Un cristiano! ¡A las llamas con él! ¡Echadlo al tigre! ¡Arrojadlo a la arena!

 

Con tales gritos contestó todo el gentío a la voz admonitiva.

 

Lúculo se hizo presente en el lugar en el momento preciso para rescatar a Marcelo de la turba enfurecida de romanos que se aprestaban a despedazarlo. Diríase que el tigre silvestre que estaba en la arena no estaba tan enfurecido y tan sediento de sangre como lo estaban ellos.

 

Lúculo se precipitó impetuosamente entre todos, cual guarda de fieras salvajes.

 

Atemorizados por su autoridad se volvieron atrás, habiéndose acercado los soldados.

 

Lúculo no pudo hacer más que entregarles a Marcelo, y condujo la compañía fuera del anfiteatro.

 

Una vez afuera se hizo cargo él mismo del prisionero. Los soldados le siguieron a distancia.

 

-¡Ay, Marcelo, Marcelo! ¿No es una locura que expongas así tu vida?

 

-Yo hablé por un impulso del momento. ¡Pues aquel niño a quien yo amaba tanto moría ante mis ojos! ¡No pude contener mi propio ímpetu! ¡De eso me complazco y estoy muy lejos de arrepentirme! ¡Pues también estoy listo a ofrecer mi vida por mi Rey y mi Dios!

 

-Yo no puedo entrar en razones contigo. ¡Tus actos sobrepujan todo argumento y entendimiento!

 

-No fue mi intención entregarme; pero lo que he hecho, y cómo he sido inspirado a hacerlo me satisface íntimamente. Sí, voy gustoso y gozoso siguiendo el camino trazado por mi Redentor, de quien es mi vida, sea que viva o la ofrezca aquí.

 

-¡Ay, amigo querido! ¿No consideras tu vida?

 

-¡Yo amo a mi Salvador más que mi vida!

 

-Mira, Marcelo, el camino está abierto delante de ti. Huye velozmente. Corre, y salva tu vida.

 

Lúculo le dijo esto apuradamente en voz baja, abriéndole el paso mientras los soldados estaban como a veinte pasos atrás. Había toda la oportunidad de escapar.

 

Marcelo presionó la mano de su amigo.

 

-No, Lúculo, lejos sea de mí salvar mi vida con tu deshonra. Reconozco y amo ese tu gran corazón que todo lo pospone por el amigo, pero no voy a crearte dificultades por mi amistad.

 

Lúculo suspiró y siguió en silenciosa reflexión.

 

***

Cap. 12

Cap. 14

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  1. no podemos amar mas el mundo que a DIOS,no podemos amar mas los cargos politicos ni el nombre familiar,ni amistades,ni parentezcos,ni herencias,ni fama,ni fortuna,ni la denominacion ni ningun bien material,mas que a cristo y su palabra.

    • No se debe amar mas a las cosas del mundo que a DIOS, eso no lo podemos tapar con un dedo.
      Al ir leyendo este libro, mi ser se ha conmovido por lo que he leido, me conmueve la fe tan grande que tenían en JESUCRISTO y con que decisión entregaban su vida, es más, la despreciaban a tal grado que no les importaba morir en la fauces de un leon o en la hoguera quemados.
      Y en mi mente se formulan muchas preguntas: ¿Seremos capaces de poder soportar una vida asi tan desapegada a las cosas materiales? ¿Tenderemos ese valor para estar delante de los acusadores y no negar nuestra fe? ¿Podriamos nosotros pemitir que seamos vejados, golpeados, escarnecidos, vituperados, todo por no regresar a la vida pasada que solo nos lleva a la perdición?
      ¿Tendremos esa firme convicción de saber que si somos muertos por su causa, inmediatamente estaremos en espiritu con ÉL?.

      Me alegra saber que hay todavia algunas partes del mundo en que los Cristianos no son perseguidos todavia, existe aún la creencia de culto y la libertad religiosa.
      Me entristece el conocer que hay en otros paises en que ser Cristiano te lleva a vivir una vida con muchas tribulaciones y que tu vida es considerada menos que nada.

      Oh! DIOS si el justo con dificultad se salva, ¿dónde quedará el impío?

      Dios nos guarde bajo sus alas.

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