Mar 2, 2012

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El Mártir de las Catacumbas. Cap. 14

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LA TENTACION

Todo esto te daré si postrado me adorares.

AQUELLA NOCHE LÚCULO permaneció en la celda con su amigo. Buscó todos los argumentos posibles para disuadirlo de su resolución. Apeló a todos los motivos que comúnmente influyen en los hombres. No hubo un solo medio de persuasión que él no empleara.

 

Todos fueron en vano. La fe de Marcelo se hallaba firmemente apoyada, pues estaba fundada sobre la Roca de los Siglos, y ni la tormenta de las violentas amenazas, ni los más tiernos influjos de la amistad, pudieron debilitar en lo mínimo su consciente determinación.

 

-No -dijo él-, mi ruta está trazada y yo la he elegido. Sea dolor o alegría que me venga en esta tierra, yo seguiré hasta el fin. Yo sé bien lo que me espera. He pesado todas las consecuencias de mis acciones, y a despecho de todo yo seguiré tal como lo resolví.

 

-Lo que te pido es la cosa más sencilla -dijo Lúculo-. No quiero que dejes tu religión para siempre, sino sencillamente por el momento. Se ha desencadenado una enfurecida persecución, y ante tan terrible furia todos deben caer, sean jóvenes o viejos, nobles o esclavos. Tú bien has visto que no se respeta clase ni edad. Polio podría haber sido salvado si hubiera sido posible, pues había una gran simpatía en su favor.

 

Era solamente un niño, apenas responsable de sus propios actos erróneos; él también era noble, el último de antigua familia. Pero la ley es inexorable, y él hubo de sufrir la pena. Cina también podría habérsele pasado por alto. No era ni más ni menos que un loco. Empero, tan vehemente es el celo contra los cristianos que ni aun su evidente locura le pudo poner a salvo.

 

-Yo conozco bien que el príncipe de las tinieblas lucha contra el pueblo de Dios, el cual se halla fundado sobre la Roca, y las puertas del infierno no pueden prevalecer contra él. ¿Acaso no he visto yo sufrir igualmente a los buenos, los puros, los nobles, los santos y los inocentes?

-¿Acaso no sé que hay guerra sin misericordia contra los cristianos? Lo sabía muy bien mucho antes de convertirme. Y siempre he estado preparado para hacer frente a las consecuencias respectivas desde que he conocido personalmente a Jesús el Cristo como mi Señor y mi Salvador.

 

-Escucha, querido Marcelo. Te he dicho que sólo te pedía una cosa sencillísima, Pues esta religión que tú tanto aprecias, no es necesario que la abandones. Consérvala, si así debe ser. Pero amóldate a las circunstancias. Puesto que la tormenta está arreciando, es inteligente inclinarse y dejarla pasar. Toma una actitud de hombre inteligente, y no de fanático.

 

-¿Qué es lo que quisieras que yo haga?

 

-Es esto. Dentro de unos pocos años sucederá un gran cambio. Bien la persecución se desvanece, o bien se genera una reacción, o el emperador puede morir, y otros gobernantes de diferentes sentimientos le seguirán. Entonces será legal el hacerse cristiano. Entonces toda esta gente que hoy es afligida puede volver de sus escondites y ocupar sus antiguos puestos, y surgir a la dignidad y a la riqueza. Ten presente, pues, todo esto. Y por lo tanto, no arrojes así infructuosamente tu vida que todavía puede ser de servicio al estado y de felicidad para ti. Pues por ti mismo cuídala y resérvala. Mira alrededor de ti ahora. Considera todas estas cosas. Deja a un lado tu religión por un breve lapso, y vuelve a la religión del estado. Y eso sólo es cuestión de breve tiempo. Así puedes escapar del inminente peligro presente, y cuando vuelvan tiempos más felices, puedes volver. a ser cristiano en paz.

 

-Lúculo, esto es imposible. Es abominable a mi alma. ¿Podría acaso ser yo un doble hipócrita? Si tú comprendieras lo que en mí se ha realizado, no me pedirías ni por un momento que perjure mi alma inmortal ante el mundo y ante mi Dios. Es mucho mejor morir inmediatamente por las más severas torturas que al cuerpo le pueden inferir.

 

-Tú tomas posiciones tan extremas que me haces desesperar de tu vida, y de la esperanza de salvarte. ¿No quieres detenerte a contemplar este asunto racionalmente? No es cuestión de hacerse perjuro, sino táctica. No es hipocresía, sino sabiduría.

 

-Dios no permita que yo haga esto, de pecar contra El.

 

-Mira esto más. Tú solamente no te beneficiarás, sino a muchos más. Estos cristianos a quienes tú amas serán de esa manera ayudados por ti mucho más efectivamente que ahora. En su presente situación tú bien sabes que ellos no pueden vivir como antes de la simpatía y de la ayuda de aquellos que profesan la religión del estado, pero que en secreto prefieren la religión de los cristianos. ¿Acaso vas tú a llamar hipócritas y perjuros a esos hombres? ¿No son ellos más bien vuestros benefactores y amigos?

 

-Estos seres jamás han llegado a conocer la verdadera fe y la esperanza cristiana que yo tengo. Ellos nunca conocieron el nuevo nacimiento, la nueva naturaleza divina, la presencia del Espíritu Santo morando en sus corazones, la comunión con el Hijo del Dios viviente, como yo lo he experimentado. Ellos no han conocido el amor de Dios que brota en sus corazones para darles nuevos sentimientos, esperanzas y deseos. Para ellos sencillamente simpatizar con los cristianos y ayudarles es una cosa buena; empero para el cristiano que es lo suficiente vil para abjurar de su fe y negar a su Salvador que lo redimió, nunca habrá suficiente generosidad en el corazón y en su alma de traidor para ayudar a sus hermanos abandonados.

 

-Entonces, Marcelo, no me queda sino una sola oferta más que te puedo hacer, y me iré.

 

Es una última esperanza. No sé si será posible o no. Sin embargo, yo lo intentaré, si sólo pudiera lograr que dieras tu consentimiento. Se trata de esto. Tú no necesitas abjurar de tu fe; no necesitas ofrecer sacrificios a los dioses; no necesitas hacer la menor cosa que tú desapruebes.

 

Dejemos que se olvide el pasado. Regresa otra vez no de corazón desde luego, sino en apariencia, a lo que eras antes. Tú eras un alegre y festivo soldado dedicado al cumplimiento de tu deber. Nunca tomaste parte en los servicios religiosos. Rara vez estuviste presente en los templos. Tú pasabas el tiempo en el cuartel, y tus devociones eran de carácter privado. Tú hacías acopio de sabiduría de los libros escritos por los filósofos y los sacerdotes. Haz todo esto nuevamente.

 

Sencillamente vuelve a tus deberes.

 

-Preséntate nuevamente en público juntamente conmigo; nuevamente volvamos a nuestras amigables conversaciones, y dedícate a tus antiguos objetivos en la vida. Esto será muy fácil y agradable de hacer y no requiere nada que sea ruin y desagradable. Las altas autoridades pasarán por alto tu ausencia y tu mal proceder, y si ellos no quieren que vuelvas a ocupar tus anteriores honores, con todo puedes ser puesto nuevamente en el mando de tu legión. Todo irá bien. Se necesitará un poco de discreción, un cuerdo silencio, una aparente vuelta a tu antiguo turno de deberes. En el caso de que permanecieses en Roma, se pensará que las noticias de tu conversión al (cristianismo eran erróneas; y si sales al exterior, no se sabrá nado más.

 

-No, Lúculo; aun cuando yo consintiera en el plan que tú propones, no sería factible, por muchas razones. Se han hecho proclamas sobre mí; se han ofrecido recompensas por mi aprehensión; y sobre todo, mi última aparición en el Coliseo ante el mismo emperador fue suficiente para descartar toda esperanza de perdón. Pero yo no puedo consentirlo. A mi Salvador no se le puede adorar de esta manera. Sus seguidores le deben confesar abiertamente. El dice, “El que me confesare delante de los hombres, el hijo del hombre le confesará delante de los ángeles de Dios.” Pues negarle en mi vida o en mis actos exteriores es precisamente lo mismo que negarle en la manera formal que prescribe la ley. Esto pues no puedo hacerlo yo. Aquel que a mí me amó primero, yo lo amo, porque El al amarme puso su vida en mi lugar. Mi más sublime gozo es proclamarle delante de los hombres; morir por El será el acto más noble que yo pueda hacer, y la corona de mártir será mi recompensa más gloriosa.

 

Lúculo no dijo nada más, habiéndose convencido de que toda persuasión era inútil. El resto del tiempo lo pasaron en conversación sobre otras cosas. Marcelo no desperdició estos últimos momentos preciosos que él pasó con su amigo. Expresándole la más profunda gratitud por su noble y generoso afecto, procuró recompensarle explicándole y familiarizándole con el más elevado tesoro que el hombre puede poseer: la fe en Cristo Jesús.

 

Lúculo le escuchaba pacientemente, más por amistad que por interés. Con todo, por lo menos algunas de las palabras de Marcelo quedaron indeleblemente impresas en su memoria.

 

El siguiente día se realizó el juicio correspondiente. Fue sumario y formal. Marcelo se mostró inconmovible y recibió su condena con actitud apacible. Se determinó la tarde de aquel mismo día para que sufriera su condena. A él no se le concedería el morir devorado por las fieras salvajes ni en manos de gladiadores, sino por medio de tormentos más refinados, los del fuego.

 

Fue, pues, en la pira, donde tantos cristianos habían dado ya su testimonio de la verdad, donde Marcelo también confirmó su fe rindiendo su vida. La pira se colocó al centro mismo del Coliseo, habiéndosele rodeado de enormes haces de combustible con especial prodigalidad.

 

Marcelo ingresó conducido por guardas selectos en cuanto a su mayor crueldad, los que le propinaban golpes y le ridiculizaban con anticipación a los horrores de la pena final. Al dirigir su mirada resuelta y serena alrededor del vasto círculo de rostros de hombres y mujeres, a cual más duro, cruel y despiadado, contempló satisfecho esa arena en donde millares de cristianos le habían antecedido en la partida instantánea a reunirse a las gloriosas huestes de mártires que por siempre adoran alrededor del trono. Su mente volvía a aquellos niños cuyo sacrificio él había presenciado aun desde las tinieblas, reviviendo en él ahora el himno triunfal con que ellos desfilaron:

 

Al que nos amó,

 

Y nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre.

 

Llegó el momento en que los guardas trabaron de él con derroche de rudeza, la cual por no resistirles no merecía, y le condujeron a la pira, a la cual le amarraron con fuertes cadenas, que hicieron imposible el escape en que él no pensó.

 

Más bien se le oyó musitar, “Estoy listo para ser ofrecido… y el tiempo de mi partida ha llegado. . . Por lo demás me está guardada la corona de justicia que el Señor, juez justo, me dará hoy.”

 

Aplicaron la antorcha que originaba enormes llamas, y densas nubes de humo ocultaban al mártir momentáneamente. Al aclarar, se le vio erguido en medio del fuego, elevados el rostro y las manos al cielo.

Las llamas se intensificaban y crecían alrededor de. él. Más y más se le acercaban, y fogatas devoradoras Je envolvían en círculos de fuego. De pronto le cubría un velo de humo, que luego desaparecía ante el azote potente de las lenguas de fuego.

 

Empero el mártir permanecía erguido, sufriendo con calma y serenidad la pavorosa agonía como asido de su Salvador. Allí El descendió ante la fe de su mártir, aunque nadie más le vio; siendo que su brazo eterno no se había acortado de en rededor de su seguidor fiel hasta esta muerte, inspirado y sostenido por su Espíritu.

 

Las llamas ya no sólo crecían y se acercaban al mártir sino que él se tornó en llama. La vida fue violentamente atacada hasta ser arrebatada, y las alas del espíritu se dispusieron a trasladarla fuera del dolor y de la muerte al paraíso.

 

La víctima al fin se sobresaltó convulsivo, como si le traspasara irresistiblemente un dolor más agudo, al que por último conquistó. Levantó los brazos en alto, y los agitó débilmente.

 

Luego en postrer esfuerzo lanzó un agónico clamor en voz clara al oído de todos: “¡Victoria!”

Había sido el aliento postrero de esta vida, y cayó hacia adelante inflamado en llamas; y el espíritu de Marcelo “había partido a estar con Cristo, lo cual es mucho mejor…

***

Cap. 13

Cap. 15

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  1. cayetano vignale says:

    Quien de nosotros que nos llenamos con bervirrajicos discursos sobre nuestra fe y santidad, podrian tan solo soportar una milesima parte del sufrir de Marcelo, de ser quemado vivo en la pira, y a lo ultimo gritar un grito de victoria y no de dolor?

  2. Juan Manuel says:

    Cm comento Josue Irion (si no m equivoco) q sus padres murieron en un accidente el no entendia xq Dios permitio esto, cuando se convirtio a raiz de ese accidente El Señor le dijo q antes q ellos se estrellaran El ya se los habia llevado!!!! Dios es bueno igual cn Esteban murio en la presencia misma de Dios viendo su gloria ni sentia las piedras ya q en su presencia hay paz!!!!!

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