Jan 3, 2015

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Libro: El Mártir de las Catacumbas. Prefacio y Cap. 01

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Apreciables hermanos (as): Deseamos compartir este libro, esperamos que sea de gran ayuda y bendición para sus vidas, y más que nada que entendamos un poco el sentir y el pensar de aquellos primeros Cristianos que fueron muertos en el circo romano por defender su fe en Jesucristo. Se estará posteando capitulo por capitulo para la Gloria de DIOS. Amén

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EL MARTIR DE LAS CATACUMBAS

Un Episodio de la Roma Antigua

PREFACIO

HACE MUCHOS AÑOS que fue publicada una historia anónima titulada El Mártir de las Catacumbas: Un episodio de la Roma antigua. Un ejemplar fue providencialmente rescatado de un barco de vela americano y encuentra en poder del hijo del Capitán Richard Roberts, quien comandaba aquella nave y tuvo que abandonarla en alta mar como consecuencia del desastroso huracán ocurrido en Enero de 1876.

Cuidadosamente reimpresa, presentamos aquí aquella obra, habiendo sido celosamente fieles al original aun en su título. Sacamos a la luz esta edición, animados de la viva esperanza de que el Señor la haya de emplear para hacerles ver a los fieles que reflexionan, como también a los descuidados y desprevenidos y a sus descendientes en estos últimos días malos, este palpitante cuadro de cómo sufrieron los santos de los primeros tiempos por su fe en nuestro Señor Jesucristo, bajo una de las persecuciones más crueles de la Roma pagana, y que en un futuro no lejano se pueden repetir con la misma intensidad de la ira satánica, mediante el mismo Imperio Romano de inminente renacimiento.

Ojalá pueda despertar nuestra conciencia al hecho de que, si el Señor tarda en su venida, hemos de vernos en el imperativo de sufrir por El que voluntariamente tanto sufrió por nosotros.

La Biblia ya no ocupa el legítimo lugar que le corresponde en nuestros colegios y universidades; la oración familiar es un habito perdido; nuestro Señor Jesucristo, el unigénito y bien amado Hijo del Dios viviente, es desacreditado y deshonrado precisamente en casa de aquellos que profesan ser sus amigos; el testimonio en corporación ha desaparecido de la tierra; no se obedece el llamado a Laodicea al arrepentimiento; y es así que la promesa del Señor de la comunión con ÉL está· librada sólo al individuo.

Y aun a nosotros en estos días puede alcanzarnos la promesa, a Smirna: “Sé fiel hasta la muerte y yo te daré la corona de la vida.”

La sangre de los mártires de Rusia y Alemania clama desde la tierra, cual admonición a los cristianos de todos los países.

Pero aún podemos arrancar de nuestras almas el clamor anhelante: “Ven, Señor Jesús; ven pronto.”

Hartsdale, N. Y.

Richard L. Roberts

 

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CAPITULO 1

EL  COLISEO

Cruel carnicería para diversión de los romanos.

ERA UNO DE LOS GRANDES DÍAS de fiesta en Roma. De todos los extremos del país las  gentes  convergían  hacia  un  destino  común.  Recorrían  el Monte  Capitolino,  el  Foro,  el Templo de la Paz, el Arco de Tito y el palacio imperial en su desfile interminable hasta llegar al Coliseo, en el que penetraban por las innumerables puertas, desapareciendo en el interior.

Allí se encontraban frente a un escenario maravilloso: en la parte inferior la arena interminable se desplegaba rodeada por incontables hileras de asientos que se elevaban hasta el tope de la pared exterior que bordeaba los cuarenta metros. Aquella enorme extensión se hallaba totalmente cubierta por seres humanos de todas las edades y clases sociales. Una reunión tan vasta, concentrada de tal modo, en la que sólo se podían distinguir largas filas de rostros fieros, que se iban extendiendo sucesivamente, constituía un formidable espectáculo  que en ninguna parte del mundo ha podido igualarse, y que había sido ideado, sobre todo, para aterrorizar e infundir sumisión en el alma del espectador. Más de cien mil almas se habían reunido aquí, animadas de un sentimiento común, e incitadas por una sola pasión. Pues lo que les había atraído a este lugar era una ardiente sed de sangre de sus semejantes. James se hallará un comentario más triste de esta alardeada civilización  de la antigua Roma, que este macabro espectáculo creado por ella.

Allí se hallaban presentes guerreros que habían combatido en lejanos campos de batalla, y que estaban bien enterados de lo que constituían actos de valor; sin embargo, no sentían la menor indignación  ante las escenas de cobarde opresión  que se desplegaban ante sus ojos. Nobles de antiguas familias se hallaban presentes allí, pero no tenían ojos para ver en estas exhibiciones crueles y brutales el estigma sobre el honor de su patria. A su vez los filósofos, los poetas, los sacerdotes, los gobernadores, los encumbrados, como también  los humildes de la tierra, atestaban los asientos; pero los aplausos de los patricios eran tan sonoros y ávidos como los de los plebeyos. ¿Qué esperanza había para Roma cuando los corazones de sus hijos se hallaban Íntegramente dados a la crueldad y a la opresión más brutal que se puede imaginar?

El sillón levantado sobre un lugar prominente del enorme anfiteatro se hallaba ocupado por el Emperador Decio, a quien rodeaban los principales de los romanos. Entre éstos se podía contar un grupo de la guardia pretoriana, que criticaban los diferentes actos de la escena que se desenvolvía en su presencia con aire de expertos. Sus carcajadas estridentes, su alborozo y su espléndida vestimenta los hacían objeto de especial atención de parte de sus vecinos.

Ya se habían presentado varios espectáculos preliminares, y era hora de que empezaran los combates. Se presentaron varios combates mano a mano, la mayoría de los cuales tuvo resultados  fatales,  despertando  diferentes  grados  de  interés,  según  el  valor  y habilidad  que derrochaban los  combatientes.  Todo  ello  lograba  el  efecto  de  aguzar  el  apetito  de  los espectadores, aumentando su vehemencia, llenándoles del más ávido deseo por los eventos aun más emocionantes que habían de seguir.

Un hombre en particular había despertado la admiración y el frenético aplauso de la multitud. Se trataba de un africano de Mauritania, cuya complexión  fortaleza eran de gigante. Pero su habilidad igualaba a su fortaleza. Sabía blandir su corta espada con destreza maravillosa, y cada uno de los contrincantes que hasta el momento había tenido yacía muerto.

Llegó el momento en que había de medirse con un gladiador de Batavia, hombre al cual solamente él le igualaba en fuerza y en estatura. Pero los separaba un contraste sumamente notable. El africano era tostado, de cabello relumbrante y rizado y ojos chispeantes; el de Batavia era de tez ligera, de cabello rubio y de ojos vivísimos de color gris. Era difícil decir cuál de ellos llevaba ventaja; tan acertado había sido el cotejo en todo sentido. Pero, como el primero había ya estado luchando por algún  tiempo, se pensaba que él tenía esto como una desventaja. Llegó, pues, el momento en que se trabó la contienda con gran vehemencia y actividad de ambas partes. El de Batavia asestó tremendos golpes a su contrincante, que fueron parados gracias a la viva destreza de éste. El africano era ·ágil y estaba furioso, pero nada podía hacer contra la fría y sagaz defensa de su vigilante adversario.

Finalmente, a una señal dada, se suspendió el combate, y los gladiadores fueron retirados, pero de ninguna manera ante la admiración o conmiseración de los espectadores, sino simplemente por el sutil entendimiento de que era el mejor modo de agradar al público romano.

Todos entendían, naturalmente, que los gladiadores volverían.

Llegó ahora el momento en que un gran número de hombres fue conducido a la arena. Estos todavía estaban armados de espadas cortas. No bien pasó un momento, cuando ya ellos habían empezado el ataque. No era un conflicto de dos bandos opuestos, sino una contienda general, en la cual cada uno atacaba a su vecino. Tales escenas llegaban a ser las más sangrientas, y por lo tanto las que más emocionaban a los espectadores. Un conflicto de este tipo siempre destruiría el mayor número en el menor tiempo. La arena presentaba el escenario de confusión más horrible. Quinientos hombres en la flor de la vida y la fortaleza, armados de espadas luchaban en ciega confusión unos contra otros. Algunas veces se trenzaban en una masa densa y enorme; otras veces se separaban violentamente, ocupando todo el espacio disponible, rodeando un rimero de muertos en el centro del campo. Pero, a la distancia, se asaltaban de nuevo con indeclinable y sedienta furia, llegando a trabarse combates separados en todo el rededor del macabro escenario; el victorioso en cada uno corría presuroso a tomar parte en los otros, hasta que los últimos sobrevivientes se hallarían nuevamente empeñados en un ciego combate masivo.

A  la larga las  luchas  agónicas  por la vida o  la muerte se tornaban cada vez más débiles. Solamente unos cien quedaban de los quinientos que empezaron, a cual más agotados y heridos. Repentinamente se dio una señal  y dos hombres saltaban a la arena y se precipitaban desde extremos opuestos sobre esta miserable multitud. Eran el africano y el de Batavia. Ya frescos después del reposo, caían sobre los infelices sobrevivientes que ya no tenían ni el espíritu para combinarse, ni la fuerza para resistir. Todo se reducía a una carnicería. Estos gigantes mataban a diestra y siniestra sin misericordia, hasta que nadie más que ellos quedaba de pie en el campo de la muerte y oían el estruendo del aplauso de la muchedumbre.

Estos dos nuevamente renovaban el ataque uno contra el otro, atrayendo la atención de los espectadores, mientras eran retirados los despojos miserables de los muertos y heridos. El combate volvía a ser tan cruel como el anterior y de invariable similitud. A la agilidad del africano se oponía la precaución del de Batavia. Pero finalmente aquél lanzó una desesperada embestida final; el de Batavia lo paró y con la velocidad del relámpago devolvió el golpe. El africano retrocedió ágilmente y soltó su espada. Era demasiado tarde, porque el golpe de su enemigo le había traspasado el brazo izquierdo. Y conforme cayó,  un alarido estrepitoso de salvaje regocijo surgió del centenar de millares de así llamados seres humanos. Pero esto no había de considerarse como el fin, porque mientras aún el conquistador estaba sobre su víctima, el personal de servicio se introdujo de prisa a la arena y lo sacó. Empero tanto los romanos como el herido sabían que no se trataba de un acto de misericordia. Sólo se trataba de reservarlo para el aciago fin que le esperaba.

-El de Batavia es un hábil luchador, Marcelo – comentó un joven oficial con su compañero de la concurrencia a la que ya se ha aludido.

-Verdaderamente que lo es, mi querido Lúculo  -replicó  el otro-. No creo haber visto jamás un gladiador mejor que éste. En verdad los dos que se han batido eran mucho mejores de lo común.

-Allí adentro tienen un hombre que es mucho mejor que estos dos.

-Ah! ¿Quién es él?

-El gran gladiador Macer. Se me ocurre que él es el mejor que jamás he visto.

-Algo he oído respecto a él. ¿Crees que lo sacarán en esta tarde?

-Entiendo que sí.

Esta breve conversación fue bruscamente interrumpida por un tremendo rugido que surcó los aires procedentes del vivario, o sea el lugar en donde se tenían encerradas las fieras salvajes. Fue uno de aquellos rugidos feroces y terroríficos que solían lanzar las más salvajes de las fieras cuando habían llegado al colmo del hambre que coincidía con el mismo grado de furor.

No tardaron en abrirse los enrejados de hierro manejados por hombres desde arriba, apareciendo el primer tigre al acecho en la arena. Era una fiera del África, desde donde había sido traída no muchos días antes. Durante tres días no había probado alimento alguno, y así el hambre juntamente con el prolongado encierro había aguzado su furor a tal extremo que solamente el contemplarlo aterrorizaba. Azotándose con la cola recorría la arena mirando hacia arriba, con sanguinarios ojos, a los espectadores. Pero la atención de éstos no tardó en desviarse hacia un objeto distinto. Del otro extremo de donde la fiera se hallaba fue arrojado a la arena nada menos que  un  hombre.  No  llevaba  armadura  alguna,  sino  que  estaba  desnudo  como  todos los gladiadores, con la sola excepción  de un taparrabo. Portando en su diestra la habitual espada corta, avanzó con dignidad y paso firme hacia el centro del escenario.

En el acto todas las miradas convergieron sobre este hombre. Los innumerables espectadores clamaron frenéticamente: “Macer, Macer!”

El tigre no tardó en verlo, lanzando un breve pero salvaje rugido que infundía terror. Macer con serenidad permaneció de pie con su mirada apacible pero fija sobre la fiera que movía la cola con mayor furia cada vez, dirigiéndose hacia él. Finalmente el tigre se agazapó, y de esta posición con el impulso característico se lanzó en un salto feroz sobre su presa. Macer no estaba desprevenido. Como una centella voló hacia la izquierda, y no bien había caído el tigre en tierra, cuando le aplicó una estocada corta pero tajante y certera en el mismo corazón. Fue el golpe fatal para la fiera! La enorme bestia se estremeció de la cabeza a los pies, y encogiéndose para sacar toda la fuerza de sus entrañas, soltó su postrer bramido que se oyó casi como el clamor de un ser humano, después de lo cual cayó muerta en la arena.

Nuevamente el aplauso de la multitud se oyó  como el estrépito del trueno por todo el derredor.

-¡Maravilloso! -exclamó Marcelo-, jamás he visto habilidad como la de Macer!

Su amigo le contestó reanudando la charla, -Sin duda se ha pasado la vida luchando!

Pronto el cuerpo del animal muerto fue arrastrado fuera de la arena, al mismo tiempo que se oyó el rechinar de las rejas que se abrían nuevamente atrayendo la atención de todos. Esta vez era un león. Se desplazó lentamente en dirección opuesta, mirando en derredor suyo al escenario que le rodeaba, en actitud de sorpresa. Era éste el ejemplar más grande de su especie, todo un gigante en tamaño, habiendo sido largo tiempo preservado hasta hallarle un adversario adecuado. A simple vista parecía capaz de hacer frente victoriosamente a dos tigres como el que le había precedido. A su lado Macer no era sino una débil criatura.

El  ayuno  de  esta  fiera  había  sido  prolongado,  pero  no  mostraba  la  furia  del  tigre. Atravesó la arena de uno a otro extremo, y luego a todo el rededor en una especie de trote, como si buscara una puerta de escape. Mas hallando todo cerrado, finalmente retrocedió  hacia el centro, y pegando el rostro contra el suelo dejó oír profundo bramido tan alto y prolongado que las enormes piedras del mismo Coliseo vibraron con el sonido.

Macer permaneció inmóvil. Ni un solo músculo de su rostro cambió en lo más mínimo. Estaba con la cabeza erguida con la expresión vigilante y característica, sosteniendo su espada en guardia. Finalmente el león se lanzó sobre él de lleno. El rey de las fieras y el rey de la creación se mantuvieron frente a frente mirándose a los ojos el uno al otro. Pero la mirada serena del hombre pareció enardecer la ira propia del animal. Erecta la cola y todo él, retrocedió; y tirando su melena, se agazapó hasta el suelo en preparación para saltar.

La enorme multitud se paró embelesada. He aquí una escena que merecía su interés.

La masa obscura del león se lanzó al frente, y otra vez el gladiador en su habitual maniobra saltó hacia el costado y lanzó su estocada. Empero esta vez la espada solamente hirió una de las costillas y se le cayó de la mano. El león fue herido ligeramente, pero el golpe sirvió sólo para levantar su furia hasta el grado supremo.

Macer  empero  no  perdió ni  un  ápice  de  su  característica  calma  y  frialdad  en  este momento tremendo. Perfectamente desarmado en espera del ataque, se plantó delante de la fiera. Una y otra vez el león lanzó sus feroces ataques, y cada uno fue evadido por el ágil gladiador, quien con sus hábiles movimientos se cercaba ingeniosamente al lugar en donde estaba su arma hasta lograr tomarla nuevamente. Y ahora, otra vez armado de su espada protectora, esperaba el zarpazo final de la fiera que respiraba muerte. El león se arrojó como la vez anterior, pero esta vez Macer acertó en el blanco. La espada le traspasó, el corazón, la enorme fiera cayó contorsionándose de dolor. Poniéndose en pie se echo a correr por la arena, y tras Su último rugido agónico cayó muerto junto a las rejas por donde había salido.

Ahora  Macer  fue  conducido  fuera  del  ruedo,  viéndose  aparecer  nuevamente  al  de Batavia.  Se  trataba  de  un  público  de  refinado  gusto, que  demandaba  variedad.  Al  nuevo contendor le soltaron un tigre pequeño, el cual fue vencido. Seguidamente se le solté un león. Este dio muestras de extrema ferocidad, aunque por su tamaño no salía de lo común. No cabía la menor duda de que el de Batavia no se igualaba a Macer. El león se lanzó sobre su víctima, habiendo sido herido; pero, al lanzarse por segunda vez al ataque, agarró a su adversario, y literalmente lo despedazó. Entonces nuevamente fue sacado Macer, para quien fue tarea fácil acabar con el cachorro.

Y esta vez, mientras Macer permanecía de pie recibiendo los interminables aplausos, apareció un hombre por el lado opuesto. Era el africano. Su brazo ni siquiera se le había vendado sino que colgaba a su costado, completamente cubierto de sangre. Se encaminó titubeando hacia Macer, con penosos pasos de agonía. Los romanos sabían que éste había sido enviado sencillamente para que fuese muerto. Y el desventurado también lo sabía, porque conforme se acercó a su adversario, arrojó su espada y exclamó en una actitud más bien de desesperación:

-¡Mátame pronto! Líbrame del dolor.

Todos los espectadores a uno quedaron mudos de asombro al ver a Macer retroceder y arrojar  al  suelo  su  espada.  Todos  seguían  contemplando maravillados  hasta  lo  sumo  y silenciosos. Y su asombro fue tanto mayor cuando Macer volvió hacia el lugar donde se hallaba el Emperador, y levantando las manos muy alto clamó con voz clara que a todos alcanzó:

– ¡Augusto Emperador, yo soy cristiano! Yo pelearé con fieras silvestres, pero jamás levantaré mi mano contra mis semejantes, los hombres, sean del color que fueren. Yo moriré gustoso; pero yo no mataré!

Ante semejantes palabras y actitud se levantó un creciente murmullo.

-¿Qué quiere decir éste? ¡Cristiano! ¿Cuándo sucedió su conversión? -preguntó Marcelo.

Lúculo contestó, -Supe que lo habían visitado en el calabozo los malditos cristianos, y que él se habría unido a esa despreciable secta, en la cual se halla reunida toda la hez de la humanidad. Es muy probable que se haya vuelto cristiano.

-¿Y preferir él morir antes que pelear?

-Así suelen proceder aquellos fanáticos.

La sorpresa de aquel populacho fue reemplazada por una ira salvaje. Les indignaba que un mero gladiador se atreviera a decepcionarles. Los lacayos se apresuraron a intervenir para que la lucha continuara. Si en verdad Macer insistía en negarse a luchar debería sufrir todo el peso de las consecuencias.

Pero la firmeza del cristiano era inconmovible. Absolutamente desarmado avanzó hacia el africano, a quien él podría haber dejado muerto solamente con un golpe de su puño. El rostro del africano se había tornado en estos breves instantes cual el de un feroz endemoniado. En sus siniestros ojos relumbraba una mezcla de sorpresa y regocijo loco. Recogiendo su espada y asiéndola firmemente se dispuso al ataque con toda libertad, hundiéndola de un golpe en el corazón de Macer.

-¡SEÑOR JESÚS, RECIBE MI ESPIRITU! -Salieron esas palabras entre el torrente de sangre en medio del cual este humilde pero osado testigo de Cristo dejó la tierra, uniéndose al nobilísimo ejército de mártires.

-¿Suele haber muchas escenas como ésta? -preguntó Marcelo.

-Así  suele ser. Cada vez que se presentan cristianos. Ellos hacen frente a cualquier número de fieras. Las muchachas caminan de frente firmemente desafiando a los leones y a los tigres, pero ninguno de estos locos quiere levantar su mano contra otros hombres. Este Macer ha desilusionado amargamente a nuestro populacho. Era el más excelente de todos los gladiadores que se han conocido; empero, al convertirse en cristiano, cometió la peor de las necedades.

Marcelo contestó meditativo, -Fascinante religión debe ser aquella que lleva a un simple gladiador a proceder de la manera que hemos visto!

-Ya tendrás la oportunidad de contemplar mucho más de esto que te admira.

-¿Cómo así?

-¿No lo has sabido? Estás comisionado para desenterrar a algunos de estos cristianos. Se han introducido en las catacumbas y hay que perseguirlos.

-Cualquiera  pensaría  que  ya  tienen  suficiente.  Solamente  esta  mañana   quemaron cincuenta de ellos.

-Y la semana pasada degollaron cien. Pero eso no es nada. La ciudad íntegra se ha convertido en todo un enjambre de ellos. Pero el Emperador Decio ha resuelto restaurar en toda su plenitud la antigua religión  de los romanos. Desde que estos cristianos han aparecido el imperio va en vertiginosa declinación. En vista de eso él se ha propuesto a aniquilarlos por completo.  Son  la mayor maldición,  y como  a tal se les  tiene que tratar.  Pronto llegarás a comprenderlo.

Marcelo contestó con modestia: -Yo no he residido en Roma lo suficiente, y es así que no comprendo qué es lo que los cristianos creen en verdad. Lo que ha llegado a mis oídos es que casi cada crimen que sucede se les imputa a ellos. Sin embargo, en el caso de ser como tú dices, he de tener la oportunidad de llegar a saberlo.

En ese momento una nueva escena les llamó la atención. Esta vez entró al escenario un anciano, de figura inclinada y cabello blanco plateado. Era de edad muy avanzada. Su aparición fue recibida con gritos de burla e irrisión, aunque su rostro venerable y su actitud digna hasta lo sumo hacían presumir que se le presentaba para despertar admiración. Mientras las risotadas y los alaridos de irrisión herían sus oídos, él elevó su cabeza al mismo tiempo que pronunció unas pocas palabras.

-¿Quién es él? -preguntó Marcelo.

-Ese es Alejandro, un maestro de la abominable secta de los cristianos, Es tan obstinado que se niega a retractarse…

-Silencio. Escucha lo que está hablando.

-Romanos, -dijo el anciano-, yo soy cristiano. Mi Dios murió por mí, y yo gozoso ofrezco mi vida por ÉL. (Esta persecución por el Emperador Decio fue desde el año 249 al 251 A. C., o sea que duró como dos años y medio. Decio murió en batalla con los Godos más o menos a fines de 251 A. C.)

Un bronco estallido de gritos e imprecaciones salvajes ahogaron su voz. Y antes que aquello hubiera concluido, tres panteras aparecieron saltando hacia él.  El anciano cruzó los brazos,  y elevando  sus  miradas  al  cielo,  se  le  veía  mover  los  labios  como  musitando  sus oraciones. Las salvajes fieras cayeron sobre él mientras oraba de pie, y en cuestión de segundos lo habían destrozado.

Seguidamente dejaron entrar otras fieras salvajes. Empezaron a saltar alrededor del ruedo intentando saltar contra las barreras. En su furor se trenzaron en horrenda pelea unas contra otras. Era una escena espantosa.

En medio de la misma fue arrojada una banda de indefensos prisioneros, empujados con rudeza. Se trataba principalmente de muchachas, que de este modo eran ofrecidas a la apasionada turba romana sedienta de sangre. Escenas como ésta habrían conmovido el corazón de cualquiera en quien las últimas trazas de sentimientos humanos no hubiesen sido anuladas. Pero la compasión no tenía lugar en Roma. Encogidas temerosas las infelices criaturas, mostraban la humana debilidad natural al enfrentarse con muerte tan terrible; pero de un momento a otro, algo como una chispa misteriosa de fe las poseía y las hacía superar todo temor. Al darse cuenta las fieras de la presencia de sus presas, empezaron a acercarse. Estas muchachas juntando las manos, pusieron los ojos en los cielos, y elevaron un canto solemne e imponente, que se elevó con claridad y bellísima dulzura hacia las mansiones celestiales:

Al que nos amó,

Al que nos ha lavado de nuestros pecados

En su propia sangre;

Al que nos ha hecho reyes y sacerdotes, Para nuestro Dios y Padre;

A ÉL sea gloria y dominio

Por los siglos de los siglos.

¡Aleluya! ¡An!

Una por una fueron  silenciadas  las voces, ahogadas con su propia sangre, agonía  y muerte; uno por uno los clamores y contorsiones de angustia se confundían con exclamaciones de alabanza; y estos bellos espíritus juveniles, tan heroicos ante el sufrimiento y fieles hasta la muerte, llevaron su canto hasta unirlo con los salmos de los redimidos en las alturas.

***

Cap. 02

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  1. la firmeza del cristiano en su fe debe ser inconmobible,pues esta parado en la roca firme la cual es jesucristo.
    no importa si debe pagar con su vida,esta vida es temporal,nos espera una etenidad despues de la muerte.
    ¿cuanto estariamos nosotros dispuesto sacrificar por nuestra fe,
    estariamos dispuestos a dar nuestra vida?
    aqui es donde se prueba cada uno de que esta hecho,¿de que esta hecha o constituida nuestra fe,de madera, de papel,de hierro.
    si esta hecha de un material de mala calidad cuando llegue la hora de la prueba se desvanecera no permanecera.

  2. Este es un hermoso libro amados hermanos, que recomiendo que lean; es un ejemplo de amor, lealtad, unión entre hermanos, valentía, etc.; uno se queda corta al querer expresar la vida rendida al Señor de nuestros primeros hermanos, yo la leí más de una vez, pues lo grabé en audio, editando y grabando aunque de manera amateur pero con la importancia de llegar a más personas que quieran conocer este libro para el conocimiento de la vida de los primeros cristianos. No pierdan la oportunidad de leer este hermoso libro que sirve de inspiración para nuestras vidas.

    Dios les bendiga y les guarde.

  3. Luisa Teran Bromley says:

    No se si estare a la altura de estas dignas almas ejemplares, pero creo que dado el momento el Espiritu de Amor, poder y dominio propio nos daria lo necesario para enfrentarlo todo!!

    Gracias por compartir este libro, doloroso leerlo, pero a su vez una ensenanza de fidelidad y valor, ha de quedar en nuestros corazones, y motivar a seguir en pie, lo vale nuestro Cristo.
    Sigan porfa! compartiendo la segunda parte 🙂

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