Nov 6, 2012

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(Cap. 06) ¿Qué haces aquí?

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¿Qué haces aquí?

La Biblia dice que “algunos plantan” y “otros riegan”. El Dios viviente ahora me llevaba por el mundo para enseñarme sobre el riego. Antes de que Él me volviera a confiar la plantación, tenía que aprender la lección que había estado evitando en la India: la importancia de la iglesia local en el plan maestro de Dios para la evangelización del mundo.

 

En realidad empezó con esas coincidencias extrañas, una cita divina que solo un Dios soberano podía ingeniar. En ese mo­mento era un estudiante de teología en Dallas en el Instituto Bíblico de Criswell, absorbiendo atentamente cada una de mis clases. Gracias a la beca, que milagrosamente Dios había pro­visto, podía escudriñar la Palabra de Dios como nunca antes. Por primera vez estaba haciendo un estudio formal a fondo, y la Biblia me estaba revelando muchos de sus secretos.

 

Después de mi primer trimestre, Gisela y yo estábamos casa­dos, y ella fue a Dallas al comienzo del siguiente trimestre en octubre de 1974. Excepto por los compromisos para predicar y las oportunidades de compartir sobre Asia los fines de sema­na, estaba completamente abocado a mis estudios y a establecer nuestro nuevo hogar.

 

Un fin de semana un compañero de estudio me invitó a pre­dicar en una iglesia pequeña que estaba pastoreando. A pesar de que era una congregación estadounidense, había muchos indios nativos en la congregación.

 

Gisela estaba muy contenta porque durante su infancia había orado para ser misionera entre “los indios rojos en las grandes planicies de América”. Mientras las otras colegialas soñaban con casarse con un príncipe encantador, ella oraba para hacer obra misionera entre los nativos estadounidenses. Me sorprendí al descubrir que había juntado y leído más de 100 libros sobre la vida tribal y la historia de los indios nativos estadounidenses.

 

Me sentí extrañamente desafiado por esta pequeña congre­gación y con carga, así que prediqué con todo el corazón. No mencioné ni una vez mi visión ni mi carga por Asia. Sino que expuse las Escrituras versículo tras versículo. Emanó de mí un inmenso amor por esta gente.

 

Aunque no lo sabía, mi amigo pastor entregaba su renuncia ese mismo día. Los diáconos me invitaron a volver la semana siguiente, y la siguiente. Dios nos dio un amor sobrenatural por esta gente, y ellos también nos amaban. A finales de ese mes la junta de la iglesia me invitó como pastor, a los 23 años de edad. Cuando Gisela y yo aceptamos el llamado, inmediatamente me encontré llevando esta carga las 24 horas del día.

 

Más de una vez, me acordaba con vergüenza cómo había des­preciado a los pastores y sus problemas en la India. Ahora que estaba restaurando relaciones, sanando heridas espirituales y sosteniendo al grupo, empecé a ver las cosas claramente diferen­tes. Algunos de los problemas que el pueblo de Dios enfrenta son los mismos en todo el mundo, así que predicaba en contra del pecado, y sobre vivir en santidad. No estaba preparado para lidiar con otros problemas como el divorcio, (una epidemia en el occidente, pero insólito en la India cuando vine por primera vez a este país).

 

Aunque mi peso había aumentado a 48 kilogramos, casi me desplomé cuando quise bautizar a un converso de 113 ki­logramos en uno de mis bautismos frecuentes. La gente venía continuamente a Cristo, haciendo de nosotros una iglesia cre­ciente que ganaba almas con reuniones rotativas seis veces por semana.

 

Los días se convirtieron rápidamente en meses. Cuando no estaba en clases, estaba con mi gente entregándome con la mis­ma entrega que caracterizaba mis predicaciones en las aldeas del norte de la India. Aprendimos a visitar hogares, a visitar a los enfermos en los hospitales, a oficiar casamientos y entierros. Gisela y yo estábamos involucrados en la vida de nuestra gente día y noche. Como teníamos varios grupos tribales de indios estadounidenses en nuestra congregación, como así también “anglos”, pronto nos dimos cuenta de que estábamos ministran­do a varias culturas diferentes simultáneamente.

 

Mi ministerio en el norte en la India no tenía el “poder per­manente” y el hacer discípulos. Me di cuenta por qué había fa­llado en Punjab. No es suficiente tener campañas evangelísticas y llevar a la gente a Cristo: alguien tiene que quedarse detrás y cultivar la madurez de los nuevos creyentes.

 

Por primera vez empecé a entender el objetivo de toda la obra misionera: la “perfección” de los santos a ser discípulos santifi­cados y comprometidos con Cristo. Jesús nos mandó a ir a todas las naciones, bautizándolos y enseñándoles a obedecer todas las cosas que Él había revelado. El ministerio del grupo de evange­lismo que había liderado estaba yendo, pero no se quedaban para enseñarles.

 

La iglesia, un grupo de creyentes, es el lugar ordenado por Dios para que se lleve a cabo el proceso de discipular. La iglesia es el plan principal de Dios para la redención del mundo, y Él no tiene un plan alternativo.

 

Mientras pastoreaba a la congregación local, el Señor me re­veló que se necesitan las mismas cualidades en los evangelistas misioneros nativos, hombres y mujeres que pudieran alcanzar a los pueblos escondidos de Asia. En mi imaginación veía que estos mismos conceptos de discipulado estaban siendo implan­tados en la India y en toda Asia. Así como ocurrió con los pri­meros jinetes metodistas que plantaron iglesias en la frontera estadounidense, podía ver a nuestros evangelistas sumando la plantación de iglesias a sus esfuerzos evangelísticos.

 

Pero aunque el concepto me capturó, me di cuenta de que tomaría una gran cantidad de personas del pueblo de Dios para llevar a cabo esta tarea. Solamente en la India, hay 500.000 al­deanos sin testimonio del evangelio. Y también está China, el sudeste de Asia y las islas. Necesitaríamos un millón de obreros para terminar esta tarea.

 

Esta idea era demasiado grande de aceptar para mí, así que la saqué de mi mente. Después de todo, pensaba, Dios me había llamado a esta pequeña iglesia aquí en Dallas, y Él estaba bendi­ciendo mi ministerio. Estaba muy cómodo allí. Había empeza­do a aceptar el estilo de vida occidental como propio, junto con nuestra casa, automóvil, tarjetas de crédito, pólizas de seguro y cuentas bancarias; el respaldo de la iglesia y nuestro primer bebé en camino.

 

Mis estudios formales continuaban mientras me preparaba para construir la iglesia. Pero mi paz con respecto a quedarme en Dallas se escapaba. Para fines de 1976 y principios de 1977, escuchaba una voz acusadora cada vez que me paraba en el púlpito: “¿Qué haces aquí? Mientras le predicas a una próspera congregación estadounidense, millones se están yendo al infier­no en Asia. ¿Has olvidado a tu pueblo?”

 

Se creó en mí un conflicto interno tremendo. No podía reconocer la voz. ¿Era Dios? ¿Era mi propia conciencia? ¿Era de­moníaco? En la desesperación, decidí esperar el plan de Dios. Ha­bía dicho que iríamos a cualquier lugar, que haríamos cualquier cosa. Pero definitivamente lo teníamos que escuchar de Dios. No podía seguir trabajando con esa voz martirizante. Anuncié a la iglesia que estaba orando, y les pedí que se unieran a buscar la voluntad de Dios para el futuro de nuestro ministerio.

 

“Parecería que no tengo paz”, les admití, “si quedarme en los Estados Unidos o regresar a la India”.

Me preguntaba: “¿Qué es lo que Dios realmente trata de decir­me?” Mientras oraba y ayunaba, Dios se me reveló en una visión. La visión volvió varias veces hasta que entendí la revelación. Se me aparecieron muchos rostros, los rostros de hombres asiáticos y sus familias de varias tierras. Eran mujeres y hombres santos, con miradas de dedicación en sus rostros. Gradualmente, enten­dí que esta gente era una imagen de la iglesia indígena que ahora se está levantando para llevar el evangelio a cada parte de Asia.

 

El Señor me habló: “No pueden hablar lo que hablarás. No irán a donde irás. Fuiste llamado para ser su siervo. Debes ir a donde Yo te enviaré en nombre de ellos. Fuiste llamado para ser su siervo”.

Un rayo cubrió el cielo formando una tormenta, y mi vida entera pasó delante de mí en un instante. Nunca antes de mis 16 años había hablado en inglés, sin embargo ahora estaba minis­trando en este extraño idioma. Nunca antes de mis 17 años me había puesto zapatos. Había nacido y crecido en una aldea selvá­tica. De repente me di cuenta de que no tenía nada de qué estar orgulloso; ni mi talento ni mis habilidades me habían traído a los Estados Unidos. Mi venida aquí fue un hecho de la voluntad soberana de Dios. Quería que pasara por la experiencia transcultural, que me casara con una mujer alemana y que viviera en una tierra extraña para obtener la práctica que necesitaría para servir en un nuevo movimiento misionero.

 

“Te he llevado hasta este punto”, me dijo Dios. “Tu llamado para toda la vida es ser siervo de hermanos desconocidos, hom­bres a los que he llamado y dispersado por las aldeas de Asia”.

Finalmente supe que había encontrado la tarea de mi vida, y me apresuré a compartir con entusiasmo mi nueva visión con los líderes de mi iglesia y los ejecutivos de instituciones misioneras.

Parecía que Dios se había olvidado de decírselos a todos menos a mí, lo cual me resultaba incomprensible.

 

Mis amigos pensaron que estaba loco. Los líderes de la mi­sión cuestionaron mi integridad o mis capacidades, y a veces ambas. Esos líderes de la iglesia en quienes confiaba y a quienes yo respetaba, me abrazaban paternalmente y me aconsejaban sobre el descontrol de las emociones. De repente, por un simple anuncio, me encontré solo, bajo ataque y obligado a defender­me. Sabía que me habría desplomado ante aquellas primeras tormentas de incredulidad y duda si no hubiera sido porque esperaba un llamado tan claro. Pero estaba convencido de mi llamado, seguro de que Dios estaba iniciando un nuevo día en el mundo de las misiones. Aun así, parecía que nadie captaba mi entusiasmo.

 

Siempre había estado orgulloso, aunque secretamente, de ser un buen orador y un buen vendedor, pero nada de lo que hacía o decía parecía cambiar la opinión pública. Mientras sostenía que “el vino nuevo necesita odres nuevos”, otros solo podían decir: “¿Dónde está el vino nuevo?”

 

Mi único consuelo era Gisela, que había estado en la India conmigo y aceptaba la visión sin cuestionamientos. En momen­tos de desaliento, cuando hasta mi fe flaqueaba, ella no permitía que renunciáramos a la visión. Aunque sentíamos el rechazo, estábamos seguros de que habíamos escuchado correctamente a Dios y plantamos nuestras primeras semillas.

 

Le escribí a un viejo amigo en la India, a quien conocía y en quien confiaba hacía años, pidiéndole que me ayudara a elegir a algunos misioneros nativos pobres que ya estuviesen hacien­do una obra extraordinaria. Les prometí volver y encontrarme luego, y empezamos a planear un viaje para analizar y buscar obreros con mejores cualidades.

 

Lentamente, una parte de nuestros propios ingresos y recursos comenzaron a enviarse para apoyar económicamente el trabajo misionero en la India. Me volví compulsivo. De repente no po­día comer una hamburguesa ni tomar un refresco sin sentir cul­pa. Nos dimos cuenta de que habíamos caído en la trampa del materialismo, así que rápidamente vendimos todo lo que pudi­mos, sacamos nuestros ahorros del banco y cobramos el dinero de mi seguro de vida. Recordé cómo uno de mis profesores del seminario solo instruía a su clase de “muchachos predicadores” a apartar dinero cada mes para emergencias, comprar un seguro de vida y acumular plusvalía con la compra de una propiedad.

 

Pero no encontré nada de esto en los mandamientos de Cristo en el Nuevo Testamento. ¿Por qué era necesario ahorrar dinero en cuentas bancarias cuando Jesús nos ordenó a no hacer tesoros en la tierra? “¿No te mandé a vivir en fe?”, me preguntó el Espíritu Santo.

 

Así que Gisela y yo ajustamos nuestras vidas literalmente a los mandamientos de Cristo en el Nuevo Testamento en lo que respecta al dinero y las posesiones materiales. Hasta cambié mi auto último modelo por uno usado más económico. La dife­rencia fue derecho a la India. Era un gozo hacer estos pequeños sacrificios por y para los hermanos nativos. Además, sabía que era la única forma de empezar con la misión.

 

Por favor, entiéndame. No está mal tener un seguro de vida o cuentas de ahorros. Esta fue la forma en la que el Señor estaba guiando a mi familia. La forma en la que el Señor lo guía a usted puede ser diferente. Lo importante es que cada uno de nosotros sea responsable por la manera en que obedece lo que Él dice y seguir solo al Señor.

 

En esos días, lo que me mantenía en acción era la seguridad de que no había otra forma. Aunque la gente no entendiera que teníamos que empezar un movimiento misionero nativo, yo me sentía obligado porque conocía el llamado de Dios. Sabía que las misiones occidentales solas no podrían hacer todo el trabajo. Ya que mi propia nación y muchas otras no permitían el ingreso de extranjeros, teníamos que acudir a los creyentes nativos. Aunque se les permitiera nuevamente ingresar a los misioneros occidentales, el costo de mandarlos sería de miles de millones cada año. Los evangelistas nativos podrían hacer lo mismo con un costo mucho menor.

 

Nunca le conté a nadie que en realidad necesitaría tan al­tas sumas de dinero. Ya pensaban que estaba loco por querer mantener de 8 a 10 misioneros al mes con mi propio ingreso. ¿Qué me dirían si les dijese que necesitaba millones de dólares al año para ubicar en el campo a miles de misioneros nativos? Pero sabía que era posible. Varias sociedades de beneficencia y organizaciones misioneras del occidente ya estaban tratando con presupuestos anuales de tal magnitud. No veía por qué no podíamos hacer lo mismo.

 

Pero por más que todo era lógico para mí, todavía tenía que aprender algunas lecciones amargas. Crear una nueva sociedad misionera iba a llevar mucha más energía y capital de lo que podía imaginarme. Tenía mucho que aprender sobre los Estados Unidos y la forma en que las cosas se hacen allí. Pero todavía no sabía nada. Solo sabía que se tenía que hacer.

 

Con entusiasmo juvenil, Gisela y yo fuimos a la India a hacer nuestro primer análisis de campo. Volvimos un mes más tarde, sin dinero, pero comprometidos a organizar lo que finalmente se convertiría en Gospel for Asia (EPA, por su siglas es español).

 

Apenas regresamos, di a conocer mi decisión a la congrega­ción. A regañadientes, dejamos nuestra congregación e hicimos planes para mudarnos a Eufaula, Oklahoma, en donde otro amigo pastor me había ofrecido un espacio disponible para abrir las oficinas para la misión.

El último día en la iglesia, prediqué mi sermón de despedi­da con lágrimas en los ojos. Cuando se dijo el último adiós y estrechamos la última mano, cerré con llave la puerta y me de­tuve. Sentí que la mano de Dios me sacaba un manto de mis hombros. Dios me estaba quitando la carga por esa iglesia y la gente de ese lugar. Mientras caminaba por la entrada, el conclu­yente misterio del servicio cristiano se me hizo realidad.

 

Dios coloca a los pastores, como a los evangelistas misione­ros, en las tierras de cosecha de este mundo. No hay ni sociedad misionera, ni denominación, ni obispo, ni papa ni superinten­dente que llame a una persona a tal servicio. En EPA (Evangelio para Asia), no tendría la libertad de llamar (a las misiones) a los hermanos nativos sino simplemente sería un siervo para aque­llos a quien Dios ya había escogido para Su servicio.

 

Una vez establecidos en Oklahoma, busqué a otros líderes cristianos con experiencia para que me aconsejaran y los escu­chaba con entusiasmo. A cada lugar donde iba, hacía preguntas. Sabía que Dios me había llamado, y la mayor parte del consejo que había recibido era destructivo. Entendí que íbamos a apren­der la mayoría de nuestras lecciones por el sendero doloroso del ensayo y error. La única forma de escapar de varias decisiones desastrosas fue mi terco rechazo a comprometerme en la visión que Dios me había dado. Si algo encajaba con lo que Dios me había dicho, entonces lo consideraba, y si no encajaba, lo re­chazaba, sin importar cuán atractivo pareciera. Descubrí que el secreto de seguir la voluntad de Dios normalmente se conseguía al rechazar lo que es bueno por lo mejor de Dios.

 

Sin embargo; un consejo sí me quedó y, cada líder cristiano debe tenerlo grabado en su subconsciente: no importa lo que haga, no lo tome tan en serio. Paul Smith, el fundador de Bible Translations on Tape (Traducciones de la Biblia en casete) fue el primer ejecutivo en decírmelo, y creo que es uno de los mejores fragmentos de sabiduría que he recibido.

 

Dios siempre elige las cosas insensatas de este mundo para confundir a la sabiduría. Muestra Su poder solo en pro de aquellos que confían en Él. Todo servicio cristiano comienza en la humildad.

 

ARRIBA: LA MADRE de K.P. oró y ayunó todos los viernes por tres años y medio, pidiendo con fe que Dios llamara a uno de sus hijos a ser misionero. Recibió respuesta cuando K.P. empezó a servir el Señor a los 16 años.

ABAJO: K.P. YOHANNAN (quinto desde la izquierda) con el equipo de Operation Mobilization en 1971. A su lado está Greg Livingstone, director internacional de Frontiers.

MILLONES DE ALMAS en muchos países asiáticos adoran a un sinnúmero de dioses y diosas. Con gran profundidad religiosa y sinceridad, ofrecen todo lo que tienen a estas deidades, con la esperanza de encontrar el perdón por los pecados.

EQUIPO LOCAL DE GOSPEL FOR ASIA EN EE.UU. – 2006. Estos dedicados hermanos y hermanas son el enlace vital entre los miles de cristianos aquí en el occidente y la multitud de misioneros asiáticos en el campo misionero. Equipos locales similares trabajan con GFA en Australia, Canadá, Alemania, Corea, Nueva Zelandia, Sudáfrica y el Reino Unido.

 

ESTA MUJER TRIBAL representa muchos de los grupos de personas que nunca escucharon el nombre de Jesús. En el corazón de la Ventana 10/40, la India tiene el número más grande de personas sin alcanzar en el mundo hoy.

ARRIBA: K.P. Y SU ESPOSA, GISELA, ambos tenían 23 años cuando el Señor los unió para servirle a Él con un propósito y meta: Vivir para Él y darle todo lo que tienen para alcanzar a un mundo perdido. Eso fue en 1974. Hoy ellos continúan su trabajo con gozo para que esta generación pueda llegar a conocer al Señor Jesucristo.

ABAJO: SUS HIJOS, DANIEL Y SARAH, oraron desde temprana edad para que el Señor los llamara a ser misioneros. Después de terminar la escuela secundaria, siguieron estudiando en el seminario de Gospel for Asia y sirven al Señor en el campo misionero.

Continuará

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  1. Que hermoso testimonio, Dios les continúe bendiciendo.

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