Nov 7, 2012

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(Cap. 07) Es un privilegio.

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“Es un privilegio”

Comenzamos con Evangelio para Asia sin ningún plan para que la gente participara con regularidad, pero pronto Dios nos dio uno. En uno de mis primeros viajes, fui a Wheaton, Illinois, donde visité a casi todos los líderes de la misión evangélica. Al­gunos pocos me animaron, pero ninguno ofreció el dinero que en ese entonces necesitábamos desesperadamente para seguir un día más. Sin embargo, el amigo que se alojaba conmigo, su­girió empezar con un plan de patrocinio a través del cual los individuos y las familias estadounidenses pudieran mantener regularmente a un misionero nativo, y resultó ser justo lo que necesitábamos.

 

La idea de apartar un dólar por día para los evangelistas nativos nos dio una ayuda inmediata para un programa que cualquiera podía entender. Le preguntaba a todos con los que me encontra­ba si ayudarían a patrocinar a un misionero nativo por un dólar por día. Algunos decían que sí, y de esa forma la misión empezó a tener patrocinadores regulares.

 

Hoy, este plan de compromiso aún es el corazón de nuestros esfuerzos de recaudación de fondos. Enviamos el 100 por ciento del dinero al campo, patrocinando de esta forma a miles de mi­sioneros cada mes.

 

Al mandar el dinero prometido más allá de la frontera, to­davía nos enfrentábamos con la necesidad de cubrir nuestros gastos aquí en los Estados Unidos. Una y otra vez, justo en nues­tro punto más bajo, Dios milagrosamente intervenía para que nosotros y nuestro ministerio continuara.

 

Un domingo cuando teníamos nuestro último dólar, manejé nuestro viejo Nova de $125 a una iglesia cercana para adorar. No conocía a nadie y me senté en la última fila. Cuando fue el momento de las ofrendas, me disculpé rápidamente con Dios y conservé ese último dólar.

 

“Este es mi último dólar”, oré desesperadamente, “y lo necesi­to para comprar gasolina para volver a casa”. Pero sabiendo que Dios ama al dador alegre, dejé de luchar y sacrifiqué el último dólar para el Señor.

 

Al irme de la iglesia, se me acercó un hombre mayor. Nunca antes lo había visto y nunca más lo volvería a ver. Me dio la mano en silencio, y pude sentir un papel doblado en la palma de su mano. Instintivamente supe que era dinero. En el auto abrí mi mano y encontré un billete de $10 doblado.

 

Otra tarde, me encontraba sentado en nuestro sillón en Eufaula y de muy mal humor. Gisela estaba ocupada en la cocina, evitando mirarme. No dijo nada, pero los dos sabíamos que no había comida en la casa.

 

“Bueno”, dijo con una voz evasiva del enemigo, “así es cómo tú y tu Dios proveen a la familia, ¿no?” Creo que hasta ese mo­mento no había sentido tanta impotencia. Aquí estábamos, en el medio de Oklahoma. Aún si hubiese querido pedir ayuda, no sabía a dónde ir. Las cosas habían caído tanto que me habían ofrecido un empleo, pero Gisela no quiso. Estaba aterrada de que me involucrara en los negocios del mundo y que no tu­viera tiempo para trabajar para los hermanos nativos. Para ella no había alternativa. Teníamos que esperar en el Señor. Él iba a proveer.

 

Simplemente me quedé inmóvil sentado soportando el mal­trato mientras la voz demoníaca se seguía burlando de mí. Yo había usado mi última pizca de fe, reconociendo y alabando a Dios. Ahora estaba paralizado.

 

Alguien llamó a la puerta. Gisela fue a abrir. No tenía ánimo para encontrarme con gente. Alguien dejó dos cajas de comida en nuestro umbral. Estos amigos no tenían forma de conocer nues­tra necesidad, pero nosotros sabíamos que la fuente era Dios.

 

Durante esos días, nuestras necesidades se suplían día a día, y nunca tuve que tomar prestado de la recaudación de fondos de las misiones. Ahora estoy convencido de que Dios conocía las pruebas que se venían y nos quería enseñar a tener fe y a confiar solamente en Él, aun cuando no lo podía ver.

 

De alguna manera, que realmente aun no entiendo, probar nuestra fe ejercita la paciencia y la esperanza en la estructura de nuestras vidas cristianas. Estoy convencido de que nadie seguiría a Jesús por mucho tiempo sin tener problemas. Es Su forma de demostrar Su presencia. Los sufrimientos y las pruebas, como la persecución, son parte normal del camino cristiano. Debemos aprender a aceptarlos con gozo si queremos crecer a través de ellos, y creo que esto es verdad tanto en los ministerios como en los individuos. EPA estaba teniendo su primera experiencia en el desierto, y los días en Oklahoma se caracterizaron por ser los períodos de espera más dolorosos que jamás haya enfrentado. Estábamos solos en una tierra desconocida, totalmente con lo último de nuestras fuerzas y dependiendo totalmente de Dios.

 

Convenir fechas para presentar el ministerio en esos primeros días era difícil, pero fue la única forma de crecer. Nadie conocía mi nombre ni el de Evangelio Para Asia. Todavía me costaba ex­plicar de qué se trataba. Conocía la misión en mi corazón, pero todavía no podía explicársela a los demás. En unos pocos meses, había agotado todos los contactos que tenía.

 

Montar una gira de conferencias nos llevó meses de espera, escribir y hacer contactos. En el invierno de 1980, estaba listo para empezar mi primera gira importante. Compré un pasaje de avión económico que me permitió viajar ilimitadamente por 21 días, y de alguna forma me las arreglé para concretar citas en 18 ciudades. Mi itinerario me llevaría por el sudoeste, desde Dallas hasta Los Ángeles.

 

El día de mi salida, hubo una tremenda tormenta de invierno en la región. Estaban cancelados todos los autobuses, incluido el que planeaba tomarme de Eufaula, Oklahoma, hasta Dallas.

 

Nuestro viejo automóvil Nova tenía algunos problemas de motor, así que un vecino me ofreció usar una vieja camioneta sin calefacción. El vehículo parecía que ni siquiera iba a llegar a la próxima ciudad, mucho menos viajar seis horas hasta Dallas. Pero era la camioneta o nada. Si perdía el vuelo, mi abarrotada agenda se arruinaría. Me tenía que ir.

Para mantenerme en calor, me puse dos pares de calcetines y todo el abrigo que pude. Pero aún con esta protección extra, a los pocos minutos de estar en la carretera 75 parecía que había cometido un grave error. La nieve congelada cubrió el parabrisas en cinco minutos. Tenía que parar para bajarme y limpiar las ventanillas de nuevo cada kilómetro y medio. En breve se me empaparon y congelaron los pies y los guantes. Me di cuenta de que el viaje me iba a llevar más tiempo que las seis horas que había pensado. Lo peor sería ver en los títulos de los periódicos: “Predicador muere congelado en tormenta de invierno”. Incliné mi cabeza en el volante, y clamé a Dios.

 

“Señor, si quieres que vaya, si crees en esta misión y en mi ayuda a los evangelistas nativos, por favor haz algo”.

 

Mire hacia arriba, y vi un milagro en el parabrisas. El hielo se derretía rápidamente ante mis ojos. La camioneta se llenó de calidez. Mire la calefacción, pero no salía nada. Afuera, seguía la tormenta. Seguí camino a Dallas, y la camioneta siempre estuvo cálida, y el parabrisas siempre limpio.

 

Este milagro inicial fue el comienzo de muchas bendicio­nes. En los siguientes 18 días, obtuve nuevos patrocinadores y contribuyentes en cada ciudad. El Señor hizo que le cayera en gracia a quienes conocía.

 

En el último día de gira, un hombre en California se acercó al pastor y le dijo que Dios le había dicho que donara uno de sus autos para mí. Cancelé mi reserva en avión y manejé de regreso a casa, gozándome en el auto que Dios me había provisto. Mien­tras manejaba, Dios me dio inspiración e instrucción nueva.

 

Seguí este patrón los siguientes años, sobreviviendo de re­unión en reunión, viviendo en el maletero del vehículo y hablando en cualquier lugar donde recibiera una invitación. Todos nuestros nuevos patrocinadores y contribuyentes venían por referencia de uno a otro, y a través de las reuniones. Sabía que había formas más rápidas y eficientes de adquirir nuevos contribuyentes. Muchas veces estudié sobre el correo masivo y las emisiones de radio y televisión de otras misiones, pero todo eso requería grandes sumas de dinero que yo no tenía y que no sabía cómo obtener.

 

Después de un tiempo nos mudamos a Dallas. Para enton­ces estaba viajando a tiempo completo para el ministerio, y el esfuerzo era muy pesado tanto para mí como para mi familia. Estaba empezando a agotarme, casi odié mi trabajo.

 

Dos factores me estaban agotando.

Primero, me sentía como un mendigo. Es difícil, en la carne, viajar y pedir dinero día tras día y noche tras noche. Casi se ha­bía convertido en un negocio de ventas para mí, y no me sentía bien conmigo mismo.

Segundo, me desalentaban las respuestas lastimosas, especial­mente de las iglesias y de los pastores. Muchas veces parecía que mi presencia los amenazaba. Me preguntaba dónde estaba el compañerismo fraternal al trabajar juntos en la extensión del rei­no. Muchos días estaba horas llamando a la gente para solo obte­ner uno o dos patrocinadores nuevos. Los pastores y los comités de misiones me escuchaban y me prometían volver a llamar, pero nunca volvía a oírlos. Parecía como si estuviese compitiendo con la recaudación para la construcción, las nuevas alfombras para el salón o el concierto de rock de Jesús del sábado siguiente.

 

A pesar del solemne mensaje de muerte, sufrimiento y nece­sidad que estaba presentando, la gente se iba de las reuniones sonriendo y murmurando. Me ofendía el espíritu jocoso en las iglesias: me lastimaba. Muchas veces salíamos a comer después de haber compartido la tragedia de miles que mueren de ham­bre diariamente y de millones de gente sin hogar que viven en las calles de Asia. Por eso estaba enojado y me estaba volviendo criticón. Cada vez me sentía peor, y entré en depresión.

 

A principios de 1981, mientras manejaba de reunión en re­unión en un vehículo prestado cerca de Greensboro, en Carolina del Norte, me avasallaron toda clase de emociones perturbadoras debido al agotamiento mental. Tuve lástima, y me sentí apena­do por mí mismo y por la vida difícil que estaba llevando.

 

Al principio, empecé a temblar de miedo. De repente sentí que había otra persona. Me di cuenta de que el Espíritu del Señor me estaba hablando.

 

“No tengo problema”, me reprendió, “de pedirle a alguien que mendigue por Mí o que me ayude. No hice ninguna promesa que no vaya a cumplir. No importa cuán grande sea el trabajo, sino que se haga lo que ordené. Lo único que te pido es que seas mi siervo. Para todos los que se unan a ti en esta obra, será un privilegio, una carga liviana para ellos”.

Las palabras hacían eco en mi mente. Esta es Su obra, me dije. ¿Por qué la estoy haciendo mía? La carga es liviana. ¿Por qué la estoy haciendo pesada? La obra es un privilegio. ¿Por qué la estaba convirtiendo en una obligación?

 

En ese mismo momento me arrepentí de mis actitudes erróneas. Dios estaba compartiendo Su obra conmigo, y esta­ba hablando a otros que se sumarían. A pesar de que estaba haciendo el trabajo solo, era emocionante pensar que otros se añadirían y que también les sería una carga liviana. Desde ese momento hasta ahora, no me he sentido vencido por la carga de liderar Evangelio para Asia. Me di cuenta de que construir la misión era una tarea emocionante y de mucho gozo. Hasta mis predicaciones cambiaron. Mi postura es diferente. Hoy la presión se ha ido. Ya no siento que tenga que mendigar a las audiencias o hacerles sentir culpa.

 

Porque es Dios quien inicia la obra de Evangelio para Asia y todo el movimiento misionero nativo, el hombre no necesita preocuparse ni guiarla. Ya sea que nuestra meta sea sustentar a 10.000 o a 10 millones de misioneros, ya sea trabajar en 10 esta­dos o en 100, o ya sea que deba supervisar a un personal de 5 ó 500 individuos, todavía puedo plantearme esta obra sin estrés. Porque esta es Su obra, y nuestra carga es liviana.

 

Para ese entonces habíamos alquilado oficinas en Dallas, y la misión estaba creciendo progresivamente. Sentí que era tiempo de dar un gran salto hacia adelante y esperar que Dios hiciera un milagro trascendental. A mediados de 1981 teníamos a cientos de misioneros nativos esperando que los apoyáramos, y me di cuenta de que pronto tendríamos miles más. Ya no me podía co­municar personalmente con cada patrocinador. Sabía que tenía que usar los medios masivos de comunicación. Pero no sabía por dónde empezar.

 

Más tarde conocí al hermano Lester Roloff.

El hermano Roloff ahora está con el Señor, pero en vida fue un individualista decidido que predicó a su manera sobre el servicio cristiano excepcional durante cinco décadas. Ya en sus últimos días, me acerqué a él para que nos ayudara con nuestro ministerio. La persona que concretó la cita me dijo que tendría solo cinco minutos. Y para asombro del personal, me dio dos horas de su tiempo.

 

Cuando le conté al hermano Roloff sobre el movimiento misionero nativo, me propuso ser su invitado en Family Altar (Altar Familiar), su programa de radio diario. En ese momento estábamos ayudando solo a 100 misioneros nativos, y el herma­no Roloff anunció al aire que él personalmente iba a patrocinar a seis más. Me llamó como uno de los “más grandes misioneros que jamás haya conocido” y les rogó a los oyentes que también patrocinaran misioneros nativos. En seguida empezamos a reci­bir cartas de todo el mundo.

 

Mientras leía los matasellos y las cartas, me daba cuenta qué enorme eran los Estados Unidos y Canadá. El hermano Roloff fue el primer líder cristiano que conocí que había hecho lo que necesitábamos hacer. Había aprendido a hablarle a toda la na­ción. Por semanas oré por él, pidiéndole a Dios que me mostrase cómo podía trabajar con él y aprender de su ejemplo.

 

Cuando vino la respuesta, fue bastante diferente a lo que esperaba. El Señor me dio una idea que ahora me doy cuenta de que era inusual, casi extraña. Quería llamar al hermano Roloff para que me prestara su lista de correo y me dejara pedirle a la gente que patrocinara a un misionero nativo.

 

Temblando, llamé a su oficina y pedí otra cita. Nos encontramos de nuevo y le sorprendió mi pedido, diciéndome que nunca había prestado su lista a nadie, ni a su mejor amigo. Muchas agencias le habían pedido alquilar su lista, pero siempre había dicho que no. Pensé que mi causa estaba perdida, pero me dijo que oraría por eso.

 

Al día siguiente, me volvió a llamar, diciéndome que el Señor le había dicho que me preste su lista. También me ofreció es­cribir una carta de aprobación y me entrevistó de nuevo en el programa de radio en el mismo momento que salió la carta. Eufórico, alabé a Dios. Pero pronto supe que esto solo era el comienzo del milagro.

 

La lista era larguísima, e imprimir folletos, mi carta y su carta, junto con el costo del envío, me costaría más dinero del que te­níamos. Parecía haber solo una forma de obtenerlo. Tendría que tomar prestado, solo por esta vez, de la recaudación misionera. Lo pensé una y otra vez. Si funcionaba, podía llevar el dinero al campo con solo unas pocas semanas de retraso. Pero el plan no me daba paz. Siempre había usado la recaudación exactamente como estaba designado.

 

Cuando llegó la hora de mandar el dinero habitual, le dije a nuestra contadora que detuviera el dinero por un día, y oré. Seguía sin paz. Al día siguiente le dije que retuviera el dinero un día más, y volví a orar y a ayunar. Seguía sin paz. Lo demoré hasta el tercer día, pero Dios no me daba la libertad de usar la recaudación del sostén misionero.

 

Me sentía muy mal. Finalmente decidí que no quebraría la confianza de nuestros contribuyentes, ni para la obra del Señor. Le dije a mi secretaria que prosiguiera y se envió el dinero a los misioneros.

 

Ahora me doy cuenta de que habíamos atravesado una de las pruebas más grandes de nuestro ministerio. Eso era todo: mi pri­mera oportunidad de tener más contribuyentes e ingresos, pero tenía que hacerse con integridad o no hacerse.

 

Media hora después de que el cheque se había ido al campo, sonó el teléfono. Era una pareja que me había encontrado solo una vez en nuestro banquete anual en Dallas. Habían estado orando acerca de ayudarnos, y Dios les había puesto mi nombre en sus corazones. Me preguntaron si podían venir y hablar con­migo, y querían saber qué necesitaba.

 

Después de que les expliqué el costo que llevaba imprimir y mandar correspondencia, acordaron en cubrir todo el costo, cer­ca de $20.000. ¡Después el hombre de la imprenta se conmovió tanto por el proyecto que lo hizo gratis! Claramente Dios me había estado probando, y milagrosamente mostró que si éramos obedientes, Él realmente iba a proveer.

 

El material gráfico fue a la imprenta y pronto las cartas impre­sas estaban listas para mandarse al correo. Había preparado un programa de radio que coincidiera con la llegada del correo, y las cintas del programa ya habían sido mandadas a las estacio­nes de radio en muchos lugares de la nación.

 

El tiempo era todo. La correspondencia tenía que salir el lu­nes. Era sábado, y no tenía dinero en la recaudación general para el envío. Carecíamos de fondos acumulados no asignados. Esta vez no había duda en cuanto a tomar prestado el dinero de las misiones. Me quedé donde estaba.

 

Llamé a una reunión especial de oración, y esa noche nos re­unimos en la sala de nuestra casa. Finalmente el Señor me dio paz. Anuncié que nuestras oraciones de fe iban a ser contestadas. Cuando todos se habían ido a sus hogares, sonó el teléfono. Era uno de nuestros patrocinadores en Chicago. Dios le había estado hablando durante todo el día de dar $5.000 de ofrenda. “Alabado sea Dios”, dije.

 

El incidente de la correspondencia masiva resultó ser otro momento decisivo en la historia de EPA. Recibimos muchos pa­trocinadores nuevos, y se duplicó el número de evangelistas que podíamos patrocinar.

 

Años después, otros líderes cristianos como Bob Walker de Christian Life Missions (Misiones en la vida cristiana) y David Mains de Chapel of the Air (Capillas del aire), nos ayudarían de la misma manera. Muchas de las personas que se sumaron a nuestro ministerio a través de esas primeras cartas masivas han ayudado a expandir el ministerio mucho más, dándonos una base de contactos en cada estado de la Unión.

 

Dios nos había dado un mensaje claro para el cuerpo de Cristo: un llamado a recuperar el mandato misionero de la iglesia. En cada lugar, prediqué el mismo mensaje, un clamor profético a mis hermanos y hermanas en Cristo en nombre de los millones que se pierden en el tercer mundo. A través de este mensaje, miles de creyentes empezaron a cambiar su estilo de vida al obedecer los mandatos del evangelio.

Continúa…

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    Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.
    Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.

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