Nov 8, 2012

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(Cap. 08) Un nuevo día en las misiones.

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Un nuevo día en las misiones

Ahora varios cientos de creyentes consagrados estaban sosteniendo económicamente a misioneros nativos. Pero a pesar de esta aura de éxito, muchas cosas rompieron mi corazón, especialmente la condición de los cristianos estadounidenses. ¿Qué le había pasado al fervor por los misioneros y el alcance que hicieron de este país una nación tan grandiosa? Me paraba delante de audiencias noche tras noche, tratando de comunicar de la mejor manera las realidades globales de nuestro planeta. Pero de alguna forma, no lo estaba logrando. Podía ver clara­mente que la tarea no se estaba llevando a cabo. ¿Por qué no podían?

 

Aquí había gente privilegiada, una nación más capaz, prós­pera y libre, que cualquier otra nación en toda la historia, para cumplir con la gran comisión. Sin embargo parecía que mis audiencias no lo entendían. Lo que más me confundía era que, en el trato personal, mis anfitriones eran básicamente justos, frecuentemente generosos y dotados espiritualmente. Como la iglesia de Corinto en el primer siglo, parecían destacarse en cada bendición espiritual.

 

Le preguntaba al Señor: ¿Por qué entonces no lo estaba logrando? Si el movimiento nativo misionero era realmente la voluntad de Dios, y sabía que lo era, entonces ¿por qué la gente era tan lenta en responder?

 

Obviamente algo andaba mal. Satanás había puesto una trampa, o quizás muchas trampas, en la mente de los cristianos occidentales. Claramente habían perdido el mandato del evan­gelio, abandonando la herencia misionera, el llamado de Dios que aún reposa en esta nación.

 

En mis oraciones comencé a buscar un mensaje de Dios que traiga un cambio en el estilo de vida de la iglesia estadouniden­se. Fue por un período de semanas, y el mensaje vino fuerte y claro: “A menos que haya arrepentimiento entre los cristianos, individualmente y como comunidad, un tremendo juicio de Dios caerá en América”.

 

Estaba seguro, y aún lo estoy, de que la mano amorosa de gracia y perdón de Dios sigue extendida sobre su pueblo. Para mí había dos causantes del malestar presente que ataban a los creyentes estadounidenses como el cáncer. La primera era histó­rica. La segunda eran los pecados no confesados relacionados con tres iniquidades: orgullo, incredulidad y mundanalidad.

 

Históricamente, la iglesia occidental perdió su fuerza desafian­te por el mundo de las misiones a finales de la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, su mandato moral y la visión global por alcanzar a los perdidos se han debilitado. Para un estado­unidense promedio es difícil pronunciar la palabra misionero sin imaginarse pequeños hombrecitos caricaturescos con ridículos sombreros de cazador, imágenes de caníbales con lanzas y ollas negras de agua hirviendo.

A pesar de la valiente acción de retaguardia de muchos colo­sales líderes y misioneros evangélicos, ha sido imposible para el movimiento misionero occidental continuar con poblaciones que se dispersan y con las nuevas realidades políticas en el tercer mundo. La mayoría de los cristianos en Norteamérica están con­vencidos de que las misiones son para personas de cabello claro, piel blanca y ojos azules yendo a las naciones de gente de piel oscura del tercer mundo. En realidad, todo eso cambió a finales de la Segunda Guerra Mundial cuando los poderes occidentales perdieron el control político y militar de sus primeras colonias.

 

Cuando estoy en iglesias y conferencias misioneras frente a audiencias norteamericanas, la gente se asombra al escuchar los hechos reales de las misiones hoy. Los misioneros indígenas han asumido, casi completamente, el trabajo misionero en Asia. Y los resultados son estupendos. Los creyentes se asombran cuando se enteran de que los misioneros nativos están abriendo cientos de nuevas iglesias cada semana en el tercer mundo, que miles de personas por día se convierten a Cristo, y que decenas de miles de hombres y mujeres preparados y espiritualmente capacitados están listos para empezar más obras misioneras si podemos sos­tenerlos económicamente.

 

En la India, que ya no permite misioneros evangelistas occi­dentales, hay mayor crecimiento eclesiástico y hay mayor alcan­ce hoy que en ningún otro momento de nuestra historia. China es otro buen ejemplo de las nuevas realidades. Cuando los co­munistas echaron a los misioneros occidentales y cerraron las iglesias en 1950, parecía que el cristianismo estaba muerto. De hecho, la mayoría de los líderes conocidos fueron encarcelados, y toda una generación de pastores cristianos fueron asesinados y dispersados por las cárceles comunistas y sometidos a torturas.

 

Pero hoy se abrió de nuevo la comunicación en China y, según informes, más de 500.000 iglesias subterráneas han surgido durante la persecución comunista. El número estimado de cristianos en la China hoy varía mucho, pero las autoridades calculan unos 50 millones, comparado con un millón cuando los misioneros occidentales fueron expulsados. Otra vez, esto ha sucedido bajo la dirección espiritual del movimiento de la iglesia indígena.

 

Desde la perspectiva histórica, no es difícil ver cómo el pensamiento occidental ha sido confundido en el transcurso de la historia.

 

A principio de la década de 1950, la destrucción del colonia­lismo misionero fue una gran noticia. Al cerrarse las puertas de los misioneros occidentales en la China, India, Myanmar, Corea del Norte, el norte de Vietnam y en muchas otras naciones re­cién independizadas, era natural para las iglesias tradicionales y para las denominaciones misioneras asumir que su momento había terminado.

 

Por supuesto que eso no era verdad, ya que se evidenciaba el crecimiento de las misiones evangélicas en el mismo perío­do. Pero para ese entonces muchos se convencieron de que la era de las misiones había terminado. Excepto por el llamado anual de las misiones en la mayoría de las iglesias, muchos de los creyentes estadounidenses perdieron la esperanza de ver la gran comisión de Cristo llevada a cabo en escala global. A pesar de que estaba raramente indicado, la implicación era esta: Si las misiones estadounidenses o con base en el oeste de Europa no estaban liderando, entonces no sucedería.

 

El dinero para las misiones, que alguna vez se usó para pro­clamar el evangelio, se destinaba cada vez más a programas so­ciales caritativos que los nuevos gobiernos de las primeras co­lonias consideraban más favorables. Una teología conveniente para las misiones desarrolló que hoy en día frecuentemente la acción social y política equivale al evangelismo.

 

Muchos de los misioneros occidentales que sí se queda­ron en Asia fueron altamente afectados por el crecimiento del nacionalismo. Empezaron a dejar el evangelismo y el discipulado, concentrándose mayormente en radiodifusión, educación, medicina, publicaciones, seguridad social y trabajo social. Cuando los misioneros regresaban al occidente, seguían dando la impresión de que el trabajo de los nativos significaba la evacuación del personal occidental y también de la pérdida del apoyo financiero y otros tipos de ayuda.

 

Entre tanto, surgió el debate entre los líderes occidentales sobre el futuro de las misiones, que produjeron bibliotecas lle­nas de libros e investigación valiosa. Sin embargo, es lamentable que el resultado haya sido tan negativo para el cristiano común. Hoy en día los creyentes no tienen idea de que ha amanecido un nuevo día en las misiones o que su apoyo en las misiones se necesita con más desesperación que antes.

 

Es verdad, en muchos casos, que ya no es posible, por razones políticas, para los misioneros occidentales viajar más allá de la frontera, pero los creyentes estadounidenses todavía tienen el rol vital de ayudarnos en el tercer mundo para terminar la tarea. Alabo a Dios por la obra pionera hecha por Hudson Taylor y otros como él que, en el pasado, fueron enviados por creyentes a sus hogares. En cambio, ahora, en países como la India, necesi­tamos mandar apoyo económico y técnico a evangelistas nativos y a maestros de la Biblia.

 

Imagínese la implicación de involucrarse en la obra de la gran comisión, en hacer que su iglesia y su familia se unan a usted para apoyar a misioneros nativos.

 

Imagine esta posible escena. Su vida termina en la tierra. Llega al cielo. Allí, entronizado en toda su gloria, está nuestro Señor Jesucristo. Los otros santos y mártires de los que usted leyó están allí: Abraham, Moisés, Pedro y Pablo, y los grandes líderes más recientes. Su familia y sus seres queridos que obede­cieron al evangelio también están allí. Todos le están dando la bienvenida al cielo. Usted camina con felicidad, lleno de gozo y alabanzas. Todas las promesas de la Biblia son verdad. Las calles están verdaderamente hechas de oro, y la gloria de Dios brilla fuertemente, reemplazando el sol, la luna y las estrellas. Supera a cualquier poder humano.

Después, algunos extraños a los que no reconoce comienzan a reunirse con sonrisas y extienden las manos. Lo abrazan con afecto y gratitud.

 

“Gracias… Gracias… Gracias”, repiten a coro. Con gran asombro, usted pregunta: “¿Por qué me dan las gracias? Nunca antes los he visto”.

 

Le cuentan que llegaron al cielo, porque fueron alcanzados por su amor y su preocupación mientras estaban en la tierra. Usted puede ver que estas personas vienen de “toda lengua y nación”, tal como la Biblia lo dice, de la India, Bangladesh, Bután, Sri Lanka y Malasia.

 

“¿Pero qué fue exactamente lo que hice?” se preguntará us­ted. Es ahí entonces, donde usted rebobina como una cinta de grabación, y su mente se remonta al día cuando un coordinador misionero local fue a su iglesia. Le contó sobre la pérdida de millones en Asia, cerca de 400 millones que nunca han escucha­do el evangelio en toda la India. Le contó acerca de los pobres misioneros nativos desesperados y lo desafió a patrocinarlos.

 

La multitud de asiáticos decía: “Como resultado de su patro­cinio, uno de nosotros, un evangelista nativo, vino a nosotros y predicó el evangelio del reino. Vivió de una manera sencilla, así como nosotros, hablando nuestro idioma y vistiendo nuestra ropa. Pudimos aceptar su mensaje fácilmente. Supimos por pri­mera vez acerca del amor de Jesús, quien murió en la cruz por nosotros, y cómo su sangre nos redimió de nuestros pecados, de Satanás y de la muerte”.

Mientras la multitud termina, varias familias enteras se acercan a usted. También puede ver la ternura y el agradecimiento en sus rostros. Se unen a los demás, tomándolo a usted en sus brazos y agradeciéndole de nuevo.

 

“¿Cómo podemos expresarle nuestro aprecio por el amor y el cariño que mostró al ser nuestro patrocinador en la tierra mientras luchábamos al servicio del Señor? Frecuentemente no teníamos comida. Nuestros hijos gritaban pidiendo leche, pero no teníamos. Desconocidos y abandonados por nues­tra propia gente, buscamos testificar a nuestro propio pueblo que nunca había escuchado el evangelio y ahora están aquí en la eternidad con nosotros”.

 

“En medio de nuestro sufrimiento, usted vino a nuestra vida con sus oraciones y su apoyo económico. Su ayuda nos alivió tanto que hizo posible que siguiéramos con la obra del Señor”.

 

“En el mundo nunca tuvimos la oportunidad de verlo cara a cara. Ahora lo podemos ver aquí y pasar toda la eternidad go­zándonos con usted en las victorias del Señor”.

 

Ahora aparece Jesús en persona. Te inclinas y te cita el ver­sículo conocido de las Escrituras: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me cubristeis. De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mateo 25:35-36, 40).

 

¿Es esta una historia imaginaria o será realidad para muchos miles de estadounidenses cristianos? Creo que esto puede suce­der a medida que los cristianos llegan al cielo y ven cómo han hecho tesoros donde ni la polilla ni el orín corrompen.

 

Cada vez que me paro delante de una audiencia, antes del mensaje intento hacer dos preguntas importantes que cada cris­tiano necesita preguntarse:

  • ¿Por qué crees que Dios permitió que nacieras en Nortea­mérica o en Europa, en vez de entre los pobres de África o de Asia y ser bendecido con una abundancia material y espiritual tan grande?
  • A luz de la superabundancia que disfrutas aquí, ¿cuál crees que es tu mínima responsabilidad ante los incalculables millones de perdidos y afligidos en el tercer mundo?

Has nacido entre una elite privilegiada en este mundo. Tienes tanto mientras otros tienen tan poco. Piensa por un momento sobre la vasta diferencia entre tu país y las naciones sin una he­redad cristiana.

 

  • La cuarta parte de la gente del mundo vive con un ingreso de menos de $1 por día, la mayoría de ellos en Asia. El ingreso nacional bruto por persona en el sur de Asia es solo de $460 al año. Los estadounidenses ganan 77 veces más, y los cristianos estadounidenses, por estar entre la clase media alta, ganan aún más. En la mayoría de los países en donde EPA está sirviendo con el movimiento misionero nativo, una buena paga es de $1 a $3 por día. Mientras la mayoría del mundo se preocupa principalmente de dón­de vendrá su próxima comida, los estadounidenses próspe­ros gastan la mayor parte de sus salarios y su tiempo pla­neando adquisiciones innecesarias.
  • La gente en los Estados Unidos, Canadá, Australia y Europa disfrutan de la libre elección. Se acepta como normal la libertad política de discurso, prensa y asamblea, la libertad para adorar y organizar ministerios religiosos, la libertad para elegir dónde y cómo vivir, la libertad para organizar­se para corregir injusticias y problemas tanto en el hogar como afuera.
  • El tiempo libre y el ingreso disponible, a pesar de que no está escrito por la ley, libera a los ciudadanos del mundo occidental de necesidades básicas que hacen que el vivir sea tan difícil en tantas otras partes del mundo.
  • Hay disponible un gran número de servicios de comuni­cación en red, educación, finanzas, medios masivos de comunicación y transporte que facilitan el cambio. No te­ner estos servicios disponibles es un impedimento enorme para la gente en muchas otras partes del mundo.
  • Finalmente, existen unas pocas necesidades domésticas. A pesar de que el desempleo es un problema serio en algunas áreas, es aún mayor en casi cada país del tercer mundo.

¿Cuántos de nosotros podemos comprender el sufrimiento de millones de personas sin hogar muriendo de hambre en naciones como Bangladesh? Los problemas más allá de la frontera son de gran escala. Algunas naciones lu­chan para ayudarse solas pero aun así fracasan de manera deplorable.

Esta es una lista ilustrativa de las tantas ventajas de vivir en el mundo occidental en donde los beneficios han sido mayormen­te por la heredad cristiana.


Continúa…

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