Nov 21, 2012

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(Cap. 13) La esperanza tiene varios nombres.

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La pregunta es: ¿Qué dice la Biblia sobre la justicia social y la compasión? ¿Cuál es el rol de la iglesia en estas cuestiones?

Claramente, con tan solo mirar el ejemplo de cómo Cristo vivió en la tierra, no podemos descuidar las necesidades de la humanidad sufriente.

Cuando vino Jesús, no solamente alimentó el alma de la gen­te con las verdades celestiales y con Él mismo como el Pan de Vida, sino que también le llenó el estómago con pescado, pan y vino. Abrió los ojos del corazón de la gente para que vean la verdad, y también abrió sus ojos físicos, restaurando la vis­ta para que puedan ver al mundo que los rodeaba. Fortaleció la fe del débil, y las piernas del cojo. Aquel que dio aliento de vida eterna en el valle de las almas secas y muertas también dio vida al hijo de la viuda, levantándolo una vez más (ver Lucas 7:11-15). No era una u otra, eran ambas, y ambas para la gloria de Dios.

Este ejemplo de ministerio se ve en toda la Biblia. Mire el An­tiguo Testamento y verá un fuerte énfasis en la compasión hacia el necesitado y la justicia social para el oprimido y el pobre. Dios exigió el cuidado y la protección de aquellos que eran oprimidos (ver Levítico 19:18; Isaías 1:17, 58:10-11), y uno de los juicios más tremendos cayó sobre Sodoma y Gomorra por la manera en que se habían aprovechado del pobre y del necesitado.

En Mateo 22:38-40, Jesús marcó claramente la responsabi­lidad social cuando dijo que amar a Dios es el primer y gran mandamiento y “el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas” (énfasis del autor).

Toda la Ley y los Profetas se resumen en ambos: amar a Dios y amar a los demás. No era una cosa u otra, eran ambas, y las dos para la gloria de Dios.

No podemos decir que amamos a los demás si ignoramos las necesidades espirituales. De la misma manera, tampoco pode­mos decir que amamos a los demás si ignoramos las necesida­des físicas. Jesús vino por ambas.

De hecho, Jesús ha demostrado cómo el sufrimiento de la humanidad llevó a muchos a proclamarlo como el Salvador de sus almas.En Juan 20:30-31 se nos dice: “Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos… para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, ten­gáis vida en su nombre”. El evangelio nos muestra que Jesús vino por los enfermos, los poseídos por demonios, los hambrientos y los pobres cuyas vidas fueron cambiadas por el toque de Su mano sanadora. Jesús mismo dijo que Él había venido a predi­car las Buenas Nuevas a los pobres, los prisioneros, los ciegos y los oprimidos (ver Lucas 4:18).

Jesús se mostró como el único capaz de salvar almas del pe­cado y de la muerte a través de los tantos que fueron sanados de enfermedades horribles y liberados de la esclavitud satánica. Los ministerios de misericordia que Jesús hizo no tenían un fin en sí mismos, sino que eran un medio. Y hoy es igual.

Sin embargo, como mencioné en el capítulo anterior, no debemos malinterpretar (o reemplazar) el evangelismo por la acción social. La gran comisión no es un mandato para la libe­ración política.

Muchos de los que están familiarizados con el ministerio de EPA saben que primero y principalmente estamos comprome­tidos con la plantación de iglesias y el hacer nuevos discípulos. Nuestra preocupación siempre ha sido el evangelismo y la plan­tación de iglesias, nunca reemplazarlo solo con trabajo social.

La salvación de almas y el hacer discípulos han sido nuestra meta y nuestro objetivo en todas las cosas, la regla por la cual se miden todas las oportunidades del ministerio. Pero esto no significa que no nos importan las necesidades físicas de aquellos a quienes ministramos.

Nuestro espíritu, eterno e infinitamente más precioso que todo el mundo físico, está contenido en un cuerpo físico perecedero.Y a lo largo de la Escritura, vemos que Dios usó las necesidades del cuerpo para atraer a las personas hacia Él. Verdaderamente, las necesidades de los hombres, las mujeres y los niños en este mundo son muy grandes, especialmente en la Ventana 10/40.

Solamente en Calcuta hay más de 100.000 niños en la calle que no conocen ni a su madre ni a su padre, tampoco el amor ni el cuidado. Son niños y no simplemente números o estadísticas. A pesar de que no tienen nombre ni rostro en las calles donde viven, cada uno fue creado con amor y Dios los conoce.

Es poco probable que hayan tenido un cepillo de dientes o un jabón; y nunca han tomado un cono de helado o arullado una muñeca. Los niños en el sur de Asia trabajan duro en la ma­nufactura de fuegos artificiales, alfombras y fósforos; canteras y minas de carbón; campos de arroz, plantaciones de té y pasturas. Su estado de salud está comprometido porque están expuestos al polvo, gases tóxicos y pesticidas; sus cuerpos están lisiados por cargar cosas pesadas. Algunos son sirvientes, esclavizados a sus tareas por la pobreza de sus familias.

Según la organización de los derechos humanos (Human Right Watch), esta es la vida de 60 a 115 millones de niños en el sur de Asia. En el estado de Tamil Nadu en la India, Lakshmi de nueve años de edad trabaja en una fábrica enrollando ciga­rrillos. Ella cuenta la historia de su hermana, dando un vistazo a su mundo:

Mi hermana tiene diez años. Cada mañana a las siete se va a trabajar con el hombre que la esclaviza, y cada noche a las nueve vuelve a casa. Él la trata mal; la golpea si cree que trabaja lento o si le habla a otros niños, le grita, la viene a buscar si está enferma y no puede ir a trabajar. Creo que esto es muy difícil para ella.

A mí no me interesa ni la escuela ni jugar. No me interesa nada de eso. Todo lo que quiero es traer a mi hermana a casa y apar­tarla de ese hombre que la hace trabajar como esclava. La puedo traer a casa por 600 rupias, esa es nuestra única oportunidad.

Pero no tenemos 600 rupias… nunca tendremos 600 rupias [el equivalente a 14 dólares estadounidenses].

El cuerpo de Cristo hoy no debe olvidarse de estas personas en las cuales Cristo pensaba mientras moría en la cruz. No de­bemos olvidarnos de estas personas por las cuales Cristo su­frió, siendo nosotros ahora Sus manos y Sus pies. En medio del avance de la evangelización del mundo, no podemos contener el abrazo sanador con el cual podemos cuidar y proveer para aquellos que son preciosos ante los ojos de Dios.

Estoy hablando particularmente de los dalits, también cono­cido como los “intocables”, la casta más baja del hinduismo. Por 3.000 años, cientos de millones de intocables en la India han sufrido opresión, esclavitud e incontables atrocidades. Están atrapados por un sistema de castas que les niega una adecuada educación, agua potable, trabajos con paga decente y el derecho de poseer un terreno o un hogar.

Apartados y oprimidos, los dalits frecuentemente son vícti­mas de crímenes violentos.

Y así como la necesidad es grande, también lo es la posibilidad de que el poder y el amor de Cristo sean conocidos.

En años recientes, se ha abierto de par en par la puerta de estas posibilidades. Entre los dalits y otros grupos más de castas bajas que enfrentan tratos represivos similares, ha habido un crecien­te deseo de libertad. Líderes representando a aproximadamente 700 millones de estas personas han venido demandando justicia y libertad de la esclavitud y la persecución casta.

El momento decisivo llegó el 4 de noviembre de 2001, cuando decenas de miles de dalits se juntaron en una de las reuniones más históricas del siglo XXI, declarando públicamente su deseo de “dejar el hinduismo” y seguir una fe que ellos eligiesen.

Desde ese evento, el Señor ha guiado a EPA a expresar de un modo palpable el amor de Dios por los dalits, por las familias y las tribus de castas más bajas en una forma única: alcanzado a sus hijos.

Nuestro programa de alcance de niños “Puente de Esperanza” está diseñado para rescatar a miles de niños en Asia de una vida de pobreza y desesperanza dándoles educación y presentándoles el amor de Dios. A través de este esfuerzo, comunidades enteras son transformadas.

Hoy más de 45.000 niños están inscritos en cientos de centros de Puente de Esperanza, y el programa sigue creciendo. Uno de estos centros está ubicado en la aldea del pastor Samuel Jagat.

Samuel no tenía ni idea de que el grupo de 35 dalits y niños que asistían de las castas más bajas marcarían una diferencia tan grande en su ministerio. Pero uno de los niños de primer grado en su centro estaba a punto de mostrárselo.

La madre de Nibun había estado enferma de malaria por mu­cho tiempo. Ni los doctores, ni los sacerdotes ni los hechiceros podían encontrar la cura, y su muerte parecía inevitable.

Pero Nibun tenía una pequeña semillita de esperanza en su corazón: la Palabra de Dios. Las historias bíblicas eran una parte habitual del programa de estudio del centro Puente de Esperan­za, y como tantos otros niños, Nibun volvía a su casa y narraba cada historia que había escuchado a su familia.

Una noche, mientras Nibun y su familia estaban sentados alrededor de la cama de su madre, él les contó cómo Jesús le­vantó de la muerte al hijo de una viuda. Fue un momento clave en sus vidas.

“Esa noche, después de escuchar la historia”, el padre de Ni­bun dijo más tarde, “yo no podía dormir. Esta historia ardía en mi corazón una y otra vez”.

A la mañana siguiente, el padre de Nibun visitó a Samuel. Des­pués de escuchar más sobre Jesús y Su salvación, el hombre le pidió al pastor que fuera y orara por su esposa. “Creo que Jesús sanará a mi esposa así como lo hizo con el hijo de la viuda”, afirmó.

La madre de Nibun, a pesar de estar débil físicamente, com­partió la misma confianza. “Mi hijo habla mucho de Jesús en nuestro hogar. Creo que Jesús va a sanarme”.

El pastor Samuel puso sus manos sobre la mujer agonizante y oró para que el Señor la levantara; luego volvió a su hogar.

Al día siguiente vimos a Nibun y le preguntamos cómo estaba su madre.

“Mi mamá anda caminando por ahí”, respondió con felici­dad, “¡y esta mañana nos preparó el desayuno!”

Cuando Samuel llegó a la casa de Nibun, encontró una fa­milia transformada tanto física como espiritualmente. Todos habían tomado la decisión de seguir a Cristo.

Esta apertura al evangelio entre el pueblo dalit y otros grupos más de las castas más bajas establecen una oportunidad incom­parable para llegar a los menos alcanzados del planeta hoy, más de 700 millones de almas. Puente de Esperanza provee los me­dios por los cuales podemos llegar a estos millones y llevar a cabo la tarea.

El padre de Nibun lo expresa de esta manera: “Le agradezco a Dios por este centro y oro para que Él lo use para traer luz a muchos hogares, así como lo ha hecho en nuestra familia”.

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ARRIBA: PARA DEMASIADOS niños de Dalit en India, la inocencia de la niñez se pierde en la pobreza, el trabajo infantil y la explotación. El problema del analfabetismo—90 por ciento en algunas áreas—deja poca esperanza.

ABAJO: DESEOSOS POR INSTRUIRSE y llenos del espíritu, los niños de Dalit prosperan en centros Bridge of Hope (Puentes de Esperanza) de GFA (EPA) como este, donde reciben una buena educación y aprenden que Jesús los ama.

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ARRIBA: NARAYAN SHARMA (a la derecha al fondo) es el director del trabajo de GFA en Nepal. A través de los años, GFA ha entrenado a hermanos y hermanas nepalíes dedicados, que ahora ganan a los perdidos en algunas de las regiones más dificultosas en este reino montañoso. Los puntos blancos marcan las iglesias que han plantado.

ABAJO: NUESTRA META es establecer iglesias locales dentro de los pueblos no alcanzados de la India y por todo Asia. Esta iglesia es el fruto de la labor misionera y fue plantada durante su primer año en el campo misionero. Dependiendo del costo del terreno y su ubicación, se requiere un promedio de 11.000 dólares para construir una iglesia con capacidad para 300 creyentes sentados

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ARRIBA : LA MAYORIA DE LOS JÓVENES que va a los institutos bíblicos de GFA viene con un compromiso para llegar a los lugares más inalcanzables para predicar el evangelio. Gospel for Asia se compromete a ayudar a estos jóvenes a afirmarse en la Palabra de Dios antes de enviarlos.

ABAJO: SUS TRES ANOS DE ENTRENAMIENTO MISIONERO INTENSIVO YA TERMINARON, y ahora estos jóvenes son enviados a plantar iglesias en lugares nunca alcanzados. “Si te dan la oportunidad de ser un mártir para la causa del Señor”, les dicen, “recuerden que el cielo es un lugar mucho mejor. Él prometió nunca dejarte ni abandonarte”.

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TODOS LOS ESTUDIANTES DE GFA aprenden métodos de estudio bíblico inductivos. Antes de la graduación, los estudiantes deben demostrar su habilidad para estudiar y comunicar la Palabra de Dios usando este método. Esto asegura que cuando las iglesias se plantan, los nuevos creyentes podrán afirmarse en verdades bíblicas.

EL TRABAJO DE GOSPEL FOR ASIA es entrenar y equipar a jóvenes para ir y plantar iglesias entre los pueblos no alcanzados de la región subcontinental de la India. El ochenta por ciento de los graduados en esta foto ya están en el campo misionero, ganando almas para Cristo.

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Desde el comienzo de nuestro ministerio, siempre aprovecha­mos cada oportunidad para compartir el amor y la esperanza que encontramos en Jesús, especialmente en las comunidades más pobres y necesitadas. Esto no ha cambiado. Desde nues­tro comienzo, hemos tenido ministerios especiales entre las colonias de leprosos y los barrios bajos, con docenas de iglesias plantadas entre esta gente necesitada. Entonces cuando escuchá­bamos el clamor desesperado de ayuda de los dalits, estábamos ansiosos por alcanzarlos y ayudarlos.

La manera más tangible que vimos de hacer esto fue ayudar a proveer una educación para sus hijos, lo cual en muchas de estas naciones equivale a la libertad.

De hecho, muchos niños y sus familias permanecen esclavos como trabajadores en régimen de servidumbre porque simple­mente no pueden leer el contrato que hacen con sus patrones. Por su analfabetismo, se aprovechan de ellos y se les engaña no solo con respecto al dinero y tiempo, sino también a su futuro.

Sin embargo Puente de Esperanza no es solamente un esfuerzo que tiene como propósito y único fin la educación. Para nada. El amor de Cristo es lo que nos obliga a alcanzarlos de esta manera, sabiendo que cada niño y su familia son preciosos ante los ojos de Dios. Puente de Esperanza es el medio por el cual comunica­mos el evangelio y vemos a millones pasar de muerte a vida.

 

Déjeme contarle una experiencia que tuve en las primeras etapas de este potencial ministerio para los dalits que cambió mi forma de pensar y nos empujó a avanzar con el programa de Puente de Esperanza.

Estaba durmiendo en las primeras horas de la mañana y tuve un sueño. Estaba parado frente a un gran campo de tri­go, mirando una cosecha que evidentemente estaba lista. Me quedé ahí por un instante, impresionado por el tamaño de la cosecha. El campo se extendía por lo que parecían millones de hectáreas interminables que se perdían de vista.

Mientras me quedaba mirando el trigo dorado balanceándo­se entre la brisa, de repente me di cuenta de que estaba mirando la cosecha de la cual Jesús habló en Juan 4 y Mateo 9. Fue como si el Señor me estuviera diciendo que esta cosecha estaba lista para recogerla, así como nos dice el Salmo 2 que pidamos las naciones y Él nos la dará.

Me emocioné al ver tanta cosecha lista para cortar y al saber que representaba a millones de millones de almas rescatadas de una eternidad en el infierno, que empecé a saltar. Corrí al campo con toda mi fuerza. Pero mientras me acercaba, me detuve. No podía ir más lejos. Había un enorme río entre la cosecha y yo, un río tan profundo y embravecido que no me atreví a acercarme o a tratar de cruzar. No lo había visto desde donde estaba parado antes, pero ahora sí lo veía.

Se me partió el corazón. Solamente podía mirar la cosecha, pero no podía aprovecharla. Me quedé allí llorando, sintiéndo­me inútil y desesperado.

De repente se me apareció un puente hasta la otra orilla del enorme río. No era un puente estrecho sino muy amplio y enorme.

Mientras miraba, el puente se llenó por completo de niños pequeños de toda Asia, niños pobres e indigentes, como aque­llos que había visto en las calles de Bombay, Calcuta, Dakar, Katmandú y otras ciudades de Asia.

Luego fue como si la gente me hablara y dijera: “Si quieres tener esta cosecha, es toda tuya. Pero este es el puente que debes transitar para obtenerla”.

Me desperté y me di cuenta de que el Señor me estaba hablando sobre algo muy significativo: que si seguía Su instrucción, veríamos infinitos millones de intocables viniendo a Él. Y nues­tro ministerio con los niños sería el puente para alcanzarlos.

Compartí este sueño con mis colegas, y nos dimos cuenta de que Dios nos había dado este llamado para traer esperanza a los niños de Asia. A través de Puente de Esperanza, se les enseñaría a los niños sobre el Señor Jesucristo y experimentarían Su amor, y como resultado de eso, sus comunidades y familias conocerían al Señor.

Milagrosamente, esto ha estado ocurriendo. Dios ha sido fiel en llevar a cabo los planes que Él puso en nuestro corazón.

Cuando los misioneros de EPA fueron por primera vez a una parte del norte de la India a predicar el evangelio, se les opu­sieron fuertemente. Pero cuando nuestros hermanos empezaron a establecer centros de Puente de Esperanza para sus hijos, les dieron la bienvenida de una nueva forma.

Con el tiempo, empezaron 50 programas de Puente de Es­peranza en esa región. En menos de un año, se plantaron 37 iglesias. Y todo comenzó con los niños aprendiendo sobre Jesús, yendo a sus hogares y contándoles a sus padres. ¡Luego milagro tras milagro empezó a suceder!

Dios mediante, mientras avanzamos con una fuerte convicción de ver el evangelio predicado y la gran comisión llevada a cabo, veremos literalmente a millones venir al conocimiento del Señor. Al responder a las necesidades físicas y hacer lo que podemos ha­cer en nombre de Jesús, escucharán las Buenas Nuevas del perdón de sus pecados y redención a través de la muerte y resurrección del Señor Jesucristo, y comunidades enteras serán bendecidas.

El verdadero cumplimiento de la gran comisión debe estar en el corazón de cada esfuerzo que cuida las necesidades de la hu­manidad. Mientras esto sea para avanzar con la tarea, el amor de Dios se muestra de una manera tangible que llega a lo profundo del corazón de hombres y mujeres, atrayéndolos al Salvador de sus almas.

Cuando todo esté dicho y hecho, el resultado final debe ser “a los pobres es anunciado el evangelio” (Mateo 11:5) Si no se hace, hemos fallado.

Continúa…

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