Jan 17, 2013

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(Cap. 22) La visión de las almas perdidas de Asia

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La visión de las almas perdidas de Asia

Muchos occidentales preocupados por las misiones han crecido escuchando un pedido clásico: “Envíen estadounidenses” (o bri­tánicos, canadienses, australianos, neozelandeses, etc.). Nunca se les ha pedido considerar alternativas apropiadas para cambiar las condiciones geopolíticas. Es difícil para algunos escucharme interpretando una y otra vez historias contadas por los misio­neros occidentales sobre el duro e infructuoso ministerio como indicadores de métodos pasados de moda e inapropiados.

Pero el obstáculo más grande para la mayoría de los occiden­tales es la idea de que alguien de algún otro lado lo puede hacer mejor. Las preguntas sobre los métodos y las garantías de res­ponsabilidad financiera, a pesar de que frecuentemente son sin­ceras y bien intencionadas, a veces provienen de una profunda desconfianza y prejuicio.

En uno de mis viajes a la costa occidental, me invitaron a reunirme con el comité de misiones de una iglesia que sostenía a más de 75 misioneros estadounidenses. Después de compartir nuestra visión sobre apoyar a misioneros nativos, el presidente del comité dijo: “Antes nos pidieron que apoyemos a misione­ros nacionales, pero no estamos satisfechos con la forma en la que estos nacionales son responsables ni por el dinero que le enviamos, ni por el trabajo que hacen”. Noté que estaba hablan­do en nombre de todo el comité.

No podía dejar de responderles. Esta cuestión de rendición de cuentas es la objeción que más surge a la hora de apoyar a misioneros nativos en el tercer mundo, y puedo entender por qué. De hecho, estoy de acuerdo en que es extremadamente im­portante que haya una rendición de cuentas adecuada en cada área del ministerio. Se demanda buena administración.

Así que detallé cómo manejamos el asunto.

“Para hacer que la gente sea responsable, necesitamos algunas normas con las cuales medir su desempaño”, dije. “¿Pero qué criterio deberíamos usar? ¿Sería adecuada la entrega anual de una auditoria independiente por parte de nuestros misioneros para ver que están manejando el dinero sabiamente?”

Hice otras preguntas. “¿Qué hay de las iglesias que edifican o de los proyectos que han asumido? ¿Deberían ser juzgados según los parámetros y las metas que prescriben algunas oficinas centrales misioneras o denominaciones? ¿Qué hay de las almas que han ganado y los discípulos que han hecho? ¿Alguna deno­minación tendría el criterio para evaluar eso? ¿Qué hay sobre el criterio para evaluar su estilo de vida en el campo y el fruto que producen? ¿Cuáles de estas categorías se usarían para hacer que estos misioneros nativos sean responsables?”

Los que se habían reclinado en sus sillas, ahora se inclinaron hacia adelante; les habia puesto una base de una idea que estaba seguro de que ellos no la habían considerado antes. Continué: “¿Ustedes quieren que los misioneros occidentales que mandan más allá de las fronteras sean responsables con ustedes? ¿Qué criterio han usado en el pasado para dar cuenta de los cientos de miles de dólares que han invertido a través de los misioneros que ustedes apoyan ahora?”

Miré al presidente esperando que me diera una respuesta. Tra­tó de decirme algunas frases antes de admitir que ellos nunca habían pensado en pedir rendición de cuentas a los misioneros nativos, ni tampoco era algo que los preocupaba.

“El problema”, expliqué, “no es una cuestión de rendición de cuentas sino de prejuicio, desconfianza y de superioridad. Estas son las cuestiones que dificultan el amor y el apoyo para nues­tros hermanos en el tercer mundo que trabajan para ganar a su propia gente para Cristo”. Continué con esta ilustración:

“Hace tres meses, viajé a Asia a visitar a algunos hermanos que apoyamos. En un país conocí a un misionero americano que estuvo 14 años desarrollando algunos programas sociales para su denominación. Había llegado a este país esperando po­der establecer su centro misionero, y tuvo éxito. Cuando transité por su complejo misionero, pasé al lado de un hombre con un arma, sentado en la entrada. El complejo estaba rodeado por va­rios edificios con, por lo menos, media docena de autos impor­tados. Los miembros del personal vestían ropas occidentales, y un sirviente estaba ocupándose de uno de los niños misioneros. La escena me hizo acordar a un rey viviendo en un palacio con su equipo de siervos para cada una de sus necesidades. En los 18 años que estuve viajando, he visto esta escena muchas veces”.

“Al conversar con algunos de los misioneros nativos”, conti­nué, “aprendí que estos estadounidenses y sus colegas sí vivían como reyes con sus siervos y sus vehículos. No tenían contacto con los pobres en las aldeas de alrededor. El dinero de Dios se invierte en misioneros como estos que disfrutan de un estilo de vida que no podrían solventar en los Estados Unidos: un estilo de vida de un hombre rico, separado por la economía y la dis­tancia de los misioneros que caminan descalzos, vestidos po­bremente hasta para su propio estándar y a veces sin comer por varios días. Estos nacionales, en mi opinión, son los verdaderos soldados de la cruz. Cada uno de los hermanos que apoyamos en ese país ha establecido una iglesia en menos de 12 meses, y algunos han comenzado con más de 20 iglesias en tres años”.

Conté otro incidente de mi propia India. “A pesar de que la India no permite la entrada de nuevos misioneros, hay algunos misioneros occidentales que todavía viven ahí de otras épocas, y algunas denominaciones traen a algunos nuevos profesionales, como doctores y maestros. Visité uno de los hospitales de la mi­sión en la India en donde algunos de estos doctores misioneros y sus colegas trabajaban. Todos vivían en mansiones bien amue­bladas. Uno tenía a doce siervos para ocuparse de él y de su familia: uno para cuidar el jardín, otro para cuidar el auto, otro para cuidar a los hijos, dos para cocinar, uno para ocuparse de la ropa de la familia, etcétera. Y en ocho años, este misionero no había ganado a nadie para Jesús, ni había establecido ninguna iglesia”.

“¿Qué criterio”, me atreví a preguntar, “usaron estas dos de­nominaciones evangélicas que han enviado a estos hombres para exigirles que cumplan con su responsabilidad?”

“En otro lugar”, continué, “hay un hospital que costó millo­nes en construirlo y más millones para mantener el personal europeo y estadounidense. Allí no se estableció ninguna iglesia viva al estilo del Nuevo Testamento en 75 años. ¿Alguna vez al­guien pidió rendición de cuentas por una labor infructuosa?”

“Estas ilustraciones no son ejemplos aislados”, le aseguré a mi audiencia. “Durante mis 18 años viajando por toda Asia, he visto a misioneros occidentales constantemente viviendo en niveles económicos muchas veces por encima de las personas entre las cuales viven. Y los nacionales que trabajan con ellos son tratados como sirvientes y viven en la pobreza mientras que estos misioneros disfrutan los lujos de la vida”.

Comparé estos ejemplos con lo que los nacionales están haciendo.

“¿Recuerdan la ilustración del hospital multimillonario y ni una iglesia?” Pregunté. “Bueno, hace cuatro años empezamos a apoyar a un misionero nativo y 30 compañeros que han empe­zado una misión a pocos kilómetros del hospital. Su personal creció a 349 compañeros, y se han abierto cientos de iglesias.

Otro misionero nativo, uno de sus compañeros, ha establecido más de 30 iglesias en tres años. ¿Dónde viven estos hermanos? En pequeñas chozas como la de las personas con quienes traba­jan. Podría contarles cientos de historias que ilustran el fruto de vidas tan dedicadas. Es como que el libro de los Hechos se está escribiendo otra vez”.

“Ustedes esperan que haya una rendición de cuentas de los misioneros nativos, acaso ¿se les pide una rendición de cuentas a ustedes para darles apoyo? Recuerden que Jesús dijo: ‘Por­que vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: Demonio tiene. Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: He aquí un hombre comilón, y bebedor de vino, amigo de publicanos y pecadores. Pero la sabiduría es justificada por sus hijos'” (Mateo 11:18-19).

“El fruto”, señalé, “es la verdadera prueba. ‘Así que, por sus frutos los conoceréis’, dijo Jesús (Mateo 7:20). Pablo le dijo a Timoteo dos cosas con respecto a su vida. Y estas dos cosas, yo creo, son el criterio bíblico para la rendición de cuentas. Le dijo a Timoteo que cuide su propia vida y que cuide el ministerio que le había sido encomendado. La vida del misionero es el punto medio de este mensaje”.

Habían pasado tres horas y aún así el salón estaba en silencio. Me di cuenta de que me daban permiso para continuar.

“Ustedes me pidieron que les dé un método para que nuestros misioneros nativos sean responsables y rindan cuentas. Además de las cuestiones que he planteado, EPA sí tiene procedimientos firmes para asegurarse de que somos buenos administradores del dinero y las oportunidades que el Señor nos encomienda. Pero nuestros requisitos y métodos reflejan una perspectiva y una forma diferente de hacer misiones”.

“Primero, EPA asume que los que somos llamados, somos llamados a servir y no a ser servidos. Caminamos ante millones de pobres y destituidos de Asia dando testimonio y ejemplo con nuestra vida. Respiramos, dormimos y comemos estando cons­cientes de millones que se pierden a los que el Señor nos manda a amar y a rescatar”.

Después expliqué cómo Dios está alcanzando a los perdidos, no a través de programas sino a través de individuos cuyas vidas están tan entregadas a Él, que Él las usa como vasijas para ungir al mundo perdido. Así que le damos prioridad máxima a cómo viven los misioneros y líderes. Cuando empezamos a apoyar a un hermano, vivía en dos salones pequeños con suelo de hormi­gón. Él, su esposa y sus cuatro hijos dormían en una alfombra en el piso.

Eso fue hace cuatro años. Hace poco en una visita a la India, lo ví viviendo en el mismo lugar, durmiendo en la misma al­fombra a pesar de que su personal había crecido de 30 a 349 trabajadores. Maneja cientos de miles de dólares para mantener en pié este enorme ministerio, sin embargo su estilo de vida no ha cambiado. Los hermanos que ha traído al ministerio están dispuestos a morir por amor a Cristo porque han visto a sus líderes darse a Cristo así como lo hizo el apóstol Pablo.

“En el occidente, la gente mira a los hombres con poder y riquezas. En Asia, nuestra gente busca a hombres como Gandhi quien, para inspirar a los seguidores, estuvo dispuesto a dejar todo para ser como el más pobre. La rendición de cuentas em­pieza con la vida del misionero”.

“El segundo criterio que consideramos”, expliqué, “es el fruto de esa vida. Nuestra inversión de dinero se demuestra en el re­sultado de las vidas cambiadas y las iglesias establecidas. ¿Qué mayor rendición de cuentas se puede pedir”?

“Cuando los misioneros occidentales van a los países del ter­cer mundo, son capaces de encontrar a nacionales que los sigan. Pero estos nacionales frecuentemente son atrapados en rasgos distintivos denominacionales. De tal palo tal astilla. Los líderes misioneros de las denominaciones que viajan a estos países y viven en hoteles cinco estrellas atraerán a los famosos líderes nacionales que son como ellos. Después, desafortunadamente, se les acusa a los famosos líderes nacionales de derrochar o usar mal las grandes sumas de dinero, cuando ellos simplemente si­guieron el ejemplo de sus compañeros occidentales”.

Otra vez me dirigí al presidente: “¿Han estudiado la vida y los ministerios de los misioneros estadounidenses que apoyan? Creo que encontrarán que pocos de ellos están directamente involucrados en predicar a Cristo, más bien realizan algún tipo de trabajo social. Si aplican los principios bíblicos que les he indicado, dudo que apoyen a unos pocos”.

Después me di vuelta y le pregunté a los miembros del comité que lo evalúen. “Si sus vidas no están totalmente entregadas a Cristo, ustedes no están preparados para ser parte de este comi­té. Eso significa que no pueden usar su tiempo, sus talentos o su dinero de la manera que quieran. Si lo hacen y aún así creen que pueden ayudar a dirigir al pueblo de Dios para alcanzar al mun­do perdido, se están burlando de Dios. Deben evaluar cómo usar cada dólar y todo lo que hacen a la luz de la eternidad. La forma en la que cada uno de ustedes vive es donde empieza nuestra cruzada para alcanzar a los perdidos de este mundo”.

Me alegró ver que Dios les habló a muchos de ellos. Hubo lágrimas y un sentir de que había conciencia de Cristo. Había sido duro para mí, y estaba feliz de que hubiera terminado. Pero necesitaba ser fiel al llamado de Dios en mi vida para compartir la visión de las almas perdidas de Asia con los prósperos herma­nos y hermanas cristianos occidentales que tenían en sus manos el poder ayudar.


Continúa..

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