Nov 28, 2012

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(Cap. 15) El verdadero culpable: La oscuridad espiritual.

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Mis anfitriones en el sudoeste de los Estados Unidos donde estaba predicando en una conferencia misionera habían sido considerados en reservarme una habitación en un hotel. Era bueno tener unos minutos solo, y esperaba contar con un poco de tiempo para orar y meditar en las Escrituras.

Cuando me estaba instalando, me di vuelta y vi un gran tele­visor que dominaba la habitación. Lo que irrumpió en la panta­lla me impresionó más que cualquier otra cosa que había visto en Estados Unidos. Allí, en colores hermosos, había una mu­jer atractiva sentada en posición de loto enseñando yoga. Miré horrorizado y asombrado mientras ella elogiaba los beneficios que tenían las técnicas respiratorias y otros ejercicios de esta práctica religiosa oriental sobre la salud. Lo que sus televidentes no sabían es que el yoga está diseñado con un solo propósito: abrir la mente y el cuerpo a los dioses falsos del oriente.

Por el solo hecho de que esa instructora de yoga estadouni­dense vestía un atuendo para gimnasia, decía tener un título de postgrado, y aparecía en un canal de televisión educativa, supon­go que muchos de los televidentes caían en el engaño de creer que esto era solo una exhibición inofensiva de ejercicios. Pero aquellos que nacimos y crecimos en naciones dominadas por los poderes de las tinieblas sabemos que cientos de religiones orientales se comercializan en los Estados Unidos y en Canadá bajo marcas inofensivas, que hasta suenan científicas.

Son pocos los occidentales que, al ver las noticias de pobreza, sufrimiento y violencia en Asia, se detienen un momento para preguntarse por qué el oriente está atado por interminables ci­clos de sufrimiento mientras que las naciones occidentales son tan bendecidas.

Los humanistas seculares son expeditivos para dar muchas razones históricas y pseudo científicas sobre la discrepancia, porque no están dispuestos a enfrentar la verdad. Pero la ra­zón verdadera es simple: la heredad judeocristiana de Europa ha traído el favor de Dios, mientas que las religiones falsas han traído la maldición de Babilonia a otras naciones.

Los cristianos maduros se dan cuenta de que la Biblia enseña que solamente hay dos religiones en este mundo. La que adora al único y verdadero Dios, y el sistema falso inventado por la an­tigua Persia. De ahí, los ejércitos y los sacerdotes persas expan­dieron su fe en la India, donde afianzó sus raíces. Sus misioneros la esparcieron poco a poco por el resto de Asia. El animismo y todas las otras religiones asiáticas tienen una heredad en común en este único sistema religioso.

Como muchos occidentales no están al tanto de este hecho, el misticismo oriental puede expandirse en el occidente a través de la cultura pop, bandas de música, cantantes y hasta profesores de la universidad. Los medios de comunicación se han converti­do en un nuevo vehículo para expandir la oscuridad espiritual a través de los gurús estadounidenses.

Es difícil culpar a los cristianos comunes por malinterpretar lo que está sucediéndoles y a la heredad judeocristiana que ha traído tales bendiciones a su tierra. La mayoría nunca se ha to­mado el tiempo para estudiar y discernir la situación verdadera en el oriente. Hay pocos pastores y profetas para advertirlos.

En Asia, la religión de Babilonia urde su trama a cada minuto del día. Sin Cristo, la gente vive para servir a espíritus religiosos. La religión se relaciona con todo: tu nombre, naci­miento, educación, matrimonio, transacciones comerciales, contratos, viajes y muerte.

Como la cultura y la religión oriental son un misterio, mucha gente en el occidente está fascinada sin saber que su poder escla­viza a sus seguidores. Lo que generalmente sigue al misterio de las religiones de Babilonia son la degradación, la humillación, la pobreza, el sufrimiento y hasta la muerte.

Yo veo que la mayoría de los creyentes en América está im­presionada por la televisión y las noticias de los medios de comunicación de Asia. Los números que se informan están más allá de lo que podemos imaginar, y la injusticia, la pobreza, el sufrimiento y la violencia parecen imposibles de detener. Todas las cosas orientales parecen ser misteriosas. Las miden con una escala magnífica o con una tan diferente que no se puede com­parar con cosas conocidas.

En todos mis viajes, por consiguiente, encuentro que a la mayoría de la gente le es extremadamente difícil entender las necesidades de Asia. A veces desearía poder llevar a mi audiencia a una gira de seis meses por Asia. Pero como eso no es posible, tengo que usar palabras, fotos, presentaciones de PowerPoint y videos para mostrar un cuadro más claro.

Asia es un lugar maravilloso en muchos sentidos, ya que Dios la ha bendecido con el impresionante Himalaya, ríos imponentes, selvas tropicales, y una mezcla impresionante de pueblos hermosos. Hay culturas diversas que emergen de ciuda­des como Mumbai (Bombay), Bangkok y Kuala Lumpur, y sus corporaciones están entre los líderes mundiales en campos tan diversos como la física, la computación, la arquitectura y la in­dustria cinematográfica. La gente viaja de todas partes del mun­do para visitar monumentos como el Taj Mahal en la India y el Angkor Wat en Camboya. Pero como dos de cada tres personas en el mundo viven en Asia (más que las poblaciones combi­nadas de Europa, África, y el continente americano) también es importante que nos tomemos el tiempo para entender las necesidades reales de esta preciosa gente.

Desde el punto de vista de las misiones cristianas, Asia es más que solo grandes números. Sin embargo, los esfuerzos misio­neros tradicionales y el evangelismo masivo de los medios de comunicación la pasan por alto, a pesar de que Asia reúne una vasta mayoría de más de 2.000 millones de personas ocultas. Son los más perdidos y atrapados en la oscuridad espiritual total.

¿Cuáles son los desafíos que enfrentan las misiones nati­vas hoy? ¿Qué tan reales son las necesidades? ¿Cómo pueden ayudar mejor los cristianos a la iglesia asiática y sus esfuerzos misioneros?

No estoy tratando de minimizar las necesidades sociales y materiales de las naciones asiáticas, pero es importante volver a enfatizar que el problema básico de Asia es espiritual. Cuando los medios de comunicación occidental se concentran casi por completo en sus problemas de hambre, por ejemplo, mostran­do fotos de niños desnutridos en televisión, es difícil para los estadounidenses no tener la falsa impresión de que el hambre es el mayor problema.

¿Pero qué causa el hambre? Los cristianos asiáticos saben que estas condiciones horribles son solo síntomas del problema real: la esclavitud espiritual. El factor clave, y el más descuidado, para entender el problema del hambre en la India es cómo su sistema de creencia afecta la producción de alimentos. La mayoría de la gente sabe sobre las “vacas sagradas” que deambulan libremen­te, comiendo toneladas de granos mientras la gente allí muere de hambre. Pero un culpable menos conocido y más peligroso es otro animal protegido por la creencia religiosa: la rata.

Según aquellos que creen en la reencarnación, se debe proteger a la rata debido a que probablemente resida en esta un alma reencarnada que va camino hacia la evolución espiritual del nir­vana. A pesar de que muchos asiáticos niegan esto y envenenan a las ratas, se han desbaratado muchos esfuerzos de extermina­ción debido a la protesta religiosa.

Cada año, las ratas comen o echan a perder el 20 por ciento de los granos de la India. Una encuesta reciente en el distrito de Hapur, donde crece el trigo, en el norte de la India, reveló que hay un promedio de 10 ratas por casa.

De una cosecha de cereales en la India, incluyendo maíz, trigo, arroz, mijo y demás (un total de 134 millones de tonela­das métricas) el 20 por ciento que se pierde por las ratas llega a un total de 26,8 millones de toneladas métricas. La idea se com­prende mejor cuando nos imaginamos un tren con vagones de mercancías llevando esa cantidad de granos. Si cada vagón car­ga aproximadamente 82 toneladas métricas, el tren contendría 327.000 vagones y tendría una extensión de aproximadamente 5 kilómetros. La pérdida anual de granos en la India llenaría un tren más largo que la distancia entre Nueva York y Los Ángeles.

Los efectos devastadores de la rata en la India deberían ser objeto de burla. Sin embargo, por la ceguera espiritual de la gente, la rata está protegida, y en algunos lugares, como en un templo a 48 kilómetros de Bikaner en el norte de la India, es adorada.

Según un artículo en India Express (Expreso India), “cientos de ratas, llamadas ‘kabas’ por sus devotos, corretean alegremente en un gran complejo del templo y a veces alrededor de la imagen de la diosa Karni Devi ubicada en una cueva. Las ratas se alimentan con prasada (comida dedicada a la divinidad hindú) que le ofre­cen los devotos o el administrador del templo. La leyenda dice que el destino de la comunidad depende de las ratas.

“Uno tiene que caminar con cuidado por el templo, ya que si pisa una rata y esta muere, no solo se considera un mal augurio sino que también se puede recibir un castigo severo. Uno puede considerarse afortunado si una rata se le trepa al hombro. Mejor aún es ver una rata blanca”.

Claramente, la agonía que vemos en los rostros de esos niños desnutridos y de los mendigos es en realidad causada por siglos de esclavitud religiosa. En mi propia amada tierra natal, India, cada año miles de vidas y millones de dólares van a programas sociales, educación, recursos médicos y de emergencia. Muchas de las crisis que se consideran desastres en los Estados Unidos serían condiciones cotidianas y normales en gran parte de Asia. Cuando tenemos desastres en el oriente, las víctimas se duplican como en la guerra de Vietnam. El gobierno asiático lucha con estos problemas sociales y con recursos limitados.

Sin embargo a pesar de los programas masivos sociales, los problemas del hambre, demográficos e indigencia siguen creciendo. El verdadero culpable no es una persona, la falta de recursos o un sistema de gobierno. Es la oscuridad espiritual que extermina cualquier esfuerzo por progresar al llevar a nuestra gente hasta la miseria, tanto en este mundo como en el venide­ro. La única reforma social más importante que se puede traer a Asia es el evangelio de Jesucristo. Más de 400 millones de per­sonas nunca han escuchado el nombre de Jesucristo. Necesitan esperanza y verdad que solo el Señor Jesús les puede dar.

Recientemente, por ejemplo, un misionero nativo que sirve al Señor en Jammu, le preguntó a un comerciante en el mercado si conocía a Jesús. Después de pensar un instante, dijo: “Señor, yo conozco a todos en nuestra aldea. No hay nadie con ese nombre que viva aquí. ¿Por qué no va a la aldea de al lado? Quizás viva allí”.

Frecuentemente los evangelistas misioneros nativos se en­cuentran con personas que preguntan si Jesús es la marca de un nuevo jabón o de un medicamento específico.

De hecho, en la misma India hay más de 1.000 millones de habitantes, cuatro veces la población de los Estados Unidos. Solo el 2,4 por ciento se proclaman cristianos. A pesar de que esta cifra refleja el censo oficial del gobierno, otras fuentes cristianas creen que el número llega hasta un 7,4 por ciento.2 Aún así, la India, con aproximadamente 500.000 aldeas sin evangelizar, es sin duda uno de los desafíos evangelísticos más grandes que en­frenta la comunidad cristiana de hoy. Si esta tendencia continúa, pronto será la nación más poblada del mundo. Muchos de los estados de la India tienen poblaciones más grandes que na­ciones enteras en Europa y en otras partes del mundo.

No solo las poblaciones son enormes, sino que cada estado es tan particular como si fuera otro mundo. La mayoría tiene culturas, vestimentas, alimentación e idiomas completamente diferentes. Pero pocas naciones en Asia son semejantes. En algún punto la mayoría son como la India, naciones compuestas por muchos idiomas, pueblos y tribus. La diversidad, de hecho, es lo que hace de Asia un desafío tan colosal para la obra misionera.

Continúa…

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