Dec 11, 2012

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(Cap. 18) Una visión global

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Una visión global

¿Deberían retirar a todos los misioneros occidentales del Asia para siempre? Por supuesto que no. Dios con su soberanía aún llama a los misioneros occidentales para hacer tareas únicas y especiales en Asia, como lo hace en otros lugares. Pero debe­mos entender que cuando se trata de naciones en las que los misioneros occidentales ya no pueden plantar iglesias como se permitía en otra época, la prioridad entonces debe ser apoyar los esfuerzos de las obras misioneras indígenas a través de la ayuda financiera y la oración intercesora.

Con toda gentileza debo decirles a los estadounidenses que el prejuicio antiamericano se está fortaleciendo en gran parte de Asia. De hecho, escribo esta sección con gran temor y temblor, pero debemos decir estas verdades si queremos llevar a cabo la voluntad de Dios en los campos de las misiones asiáticas de hoy.

Dennis E. Clark escribe en The Third World and Missions (El ter­cer mundo y las misiones): “Hay veces en la historia donde no importa cuán dotada sea una persona: ya no puede proclamar efectivamente el evangelio a otras culturas. Un alemán no podría haberlo hecho en Gran Bretaña en 1941 ni tampoco un indio en Pakistán durante la guerra de 1967, e iba a ser extremadamente difícil para los estadounidenses hacerlo en el tercer mundo entre los años ochenta y noventa”. Esto es aún más cierto hoy, ya que la situación empeoró.

Por amor a Cristo, porque su amor nos lo demanda, necesita­mos reajustar las políticas financieras y misioneras de nuestras iglesias y agencias misioneras estadounidenses. Cada creyente debería considerar sus prácticas administrativas y someterse a la guía del Espíritu Santo para ver cuál es la mejor manera de apoyar el alcance global de la iglesia.

No digo que se terminen los programas denominacionales misioneros o que se cierren las tantas misiones aquí en Nortea­mérica, sino que se reconsideren las políticas y las prácticas mi­sioneras que nos han guiado en los últimos 200 años. Es hora de hacer algunos cambios básicos y de lanzar el movimiento misio­nero más grande de la historia, uno que ayude principalmente a enviar evangelistas misioneros nativos, en vez de occidentales.

Este es el principio que sostengo: creemos que la manera más efectiva de ganar a Asia para Cristo es a través de la oración y del apoyo financiero para la fuerza misionera nativa que Dios está levantando en el tercer mundo. Como regla general, creo que es más sabio apoyar a misioneros nativos en sus propias tierras que enviar a misioneros occidentales. Estas son las razones:

1: La administración es sabia. Según Bob Granholm, ex director ejecutivo de Frontiers in Canada (Fronteras en Canadá), apoyar a un misionero en el campo misionero tiene un costo de $25.000 a $30.000 por año, y hoy ese número excede a $40.000. Sin embargo, a pesar de que estos números puedan ser verdad para ministerios como Frontiers in Canada, Operation Mobilization (Operación Movilización), Youth With A Mision (Juventud con una Misión) y otras más, en mi investigación sobre las agencias más tradicionales, el costo puede ser mucho mayor. Una organi­zación misionera estima un costo de alrededor $80.000 por año para mantener una pareja misionera en la India. Con un mo­derado índice de inflación del tres por ciento, el costo excedería los $100.000 en menos de 10 años.

Durante una sesión sobre evangelismo mundial en los años noventa, los líderes misioneros occidentales pidieron 200.000 misioneros nuevos para el año 2000 para ajustarse al ritmo del crecimiento de la población estimado. Aún el costo de la más modesta fuerza misionera sería de unos impresionantes $20.000 millones por año. Cuando nos damos cuenta de que en el año 2000 los cristianos norteamericanos contribuyeron solo con $5.500 millones para las misiones, nos vemos frente a un esfuerzo de recaudación astronómico. Tiene que haber una alternativa.

En la India, solo por el costo de llevar en avión a un estadouni­dense de Nueva York a Mumbai (Bombay), ¡un misionero nativo en el campo puede ministrar por años! Si no tenemos en cuenta estos hechos, perderemos la oportunidad de nuestra generación de alcanzar a incalculables millones con el evangelio. Hoy en día es una pérdida exorbitante enviar a un estadounidense a las misiones más allá de las fronteras a menos que haya razones convincentes para hacerlo. Desde el punto de vista estrictamen­te financiero, enviar a misioneros estadounidenses más allá de las fronteras es una de las inversiones más cuestionables que podemos hacer.

2: En muchos casos la presencia de misioneros occidentales per­petúa el mito de que el cristianismo es la religión del occidente. Bob Granholm dice: “A pesar de que la internacionalización presente del esfuerzo de la tarea misionera es un suceso alentador, es más sabio no tener un rostro occidental esforzándose en la extensión del reino”.

Roland Allen lo expresa mejor que yo en su memorable libro The Spontaneous Expansion of the Church (La expansión espontá­nea de la iglesia):

Aunque los recursos humanos y financieros provenientes de fuentes occidentales fueran ilimitados y pudiéramos cu­brir el mundo entero con un ejército de millones de misione­ros extranjeros y establecer vigorosamente estaciones en todo el mundo, el método revelaría rápidamente su debilidad, como ya está sucediendo.

El simple hecho de que el cristianismo fuese difundido por tal ejército, establecido en estaciones extranjeras en todo el mundo, distanciaría inevitablemente las poblaciones nativas, que verían el crecimiento de la denominación de un pueblo extranjero. Ve­rían que se quedan sin su independencia religiosa, y temerían aún más por la pérdida de su independencia social.

Los extranjeros nunca pueden dirigir con éxito la propagación de una fe en un país entero. Si la fe no se vuelve natural y se expande entre la gente por su propio poder vital, ejercita una in­fluencia alarmante y odiosa, y los hombres temen y la rechazan como algo extraño. Entonces es obvio que ninguna política mi­sionera responsable puede estar basada en la multiplicación de misioneros y de estaciones misioneras. Miles no serían suficientes y una docena sería demasiado.

Un amigo mío que dirige una organización misionera similar a la nuestra me contó recientemente la historia de una conversa­ción que tuvo con algunos líderes de iglesias africanas.

“Queremos evangelizar a nuestra gente”, dijeron, “pero no lo podemos hacer mientras los misioneros blancos se queden. Nuestra gente no nos quiere escuchar. Los comunistas y los musulmanes les dicen que todos los misioneros blancos son espías enviados por los gobiernos como agentes de los imperia­listas capitalistas. Sabemos que no es verdad, pero las noticias en los periódicos hablan de cómo algunos misioneros obtienen fondos de la CIA. Amamos en el Señor a los misioneros estado­unidenses. Desearíamos que se pudieran quedar, pero nuestra única esperanza de poder evangelizar en nuestro propio país es que todos los misioneros blancos se vayan”.

Nuestras propias denominaciones y misiones aún hoy des­perdician incontables millones de dólares al levantar y proteger esquemas organizativos elaborados más allá de las fronteras. Hubo momentos en los que los misioneros occidentales tenían que ir a estos países en los que no se predicaba el evangelio. Pero ahora una nueva era ha comenzado, y es importante que la reco­nozcamos oficialmente. Dios ha levantado líderes indígenas que son más capaces para completar la tarea que los extranjeros.

Ahora debemos mandar una ración mayor de nuestros fon­dos a los misioneros nativos y los movimientos de crecimiento de iglesias. Pero esto no significa que no apreciamos el legado que nos dejaron los misioneros occidentales. A pesar de que creo que deben cambiarse nuestros métodos misioneros, le agradece­mos a Dios por la tremenda contribución que los misioneros occidentales han hecho en muchos países del tercer mundo, en donde no se había predicado de Cristo antes. A través de su fi­delidad, se ganaron muchos para Cristo, se abrieron iglesias y se tradujeron las Escrituras. Estos convertidos son los misioneros nativos de hoy.

Silas Fox, un canadiense que sirvió en el sur de la India, aprendió a hablar el idioma local nativo, el telugú, y predicó la Palabra con tanta unción que cientos de personas que hoy son líderes cristianos en Andhra Pradesh pueden trazar sus comien­zos espirituales en su ministerio.

Le agradezco a Dios por misioneros como Hudson Taylor, quien contra todos los deseos de su junta misionera adoptó el estilo de vida chino y ganó a muchos para Cristo. Yo no soy digno de quitarles el polvo de los pies a estos miles de hom­bres y mujeres fieles de nuestro Señor que fueron más allá de la frontera en tiempos como esos.

Jesús dio el ejemplo para la obra misionera nativa. “Como me envió el Padre”, dijo, “así también yo os envío” (Juan 20:21). El Señor se hizo uno de nosotros para ganarnos para el amor de Dios. Él sabía que no podía ser un extraterrestre de otro planeta así que se encarnó en un cuerpo como el nuestro.

Para que cualquier misionero sea exitoso debe identificarse con la gente que quiere alcanzar. Los occidentales son ineficaces porque usualmente no pueden hacer esto. Cualquier persona, asiática o estadounidense, que insiste en salir en representación de las misiones y las organizaciones occidentales van a ser inúti­les hoy. No podemos mantener un estilo de vida o una perspec­tiva occidental y trabajar entre los pobres de Asia.

3: Los misioneros occidentales, y el dinero que traen, compromete el crecimiento y la independencia natural de la iglesia nacional. El po­der económico de la moneda occidental distorsiona la imagen ya que los misioneros occidentales contratan a líderes naciona­les clave para dirigir sus organizaciones.

Una vez me reuní con un misionero ejecutivo de una de las denominaciones más importantes de los Estados Unidos. Es un hombre amoroso al que realmente respeto como hermano en Cristo, pero dirige una extensión de su denominación al estilo colonial en Asia.

Hablamos de amigos en común y del crecimiento asombroso que se está llevando a cabo en las iglesias nacionales de la India. Compartimos mucho en el Señor. En seguida me di cuenta de que él respetaba tanto como yo a los hermanos indios que Dios está eligiendo para usar en la India hoy. Sin embargo, él no apo­yaría a estos hombres que estaban tan ungidos por Dios.

Le pregunté por qué. Su denominación gasta millones de dólares anuales para abrir sus iglesias en Asia, dinero que creo que sería mejor aprovechado si apoyara a misioneros nativos en iglesias que se están originando espontáneamente por el Espíritu Santo.

Su respuesta me impactó y me entristeció.

“Nuestra política, admitió sin avergonzarse, “es usar a los ciu­dadanos solo para expandir iglesias con nuestras características denominacionales”.

Sus palabras daban vueltas en mi cabeza, “usar a los ciu­dadanos”. De esto se trata el colonialismo, y también el neocolonialismo en la mayoría de las misiones occidentales.

Con su dinero y tecnología, muchas organizaciones simplemen­te compran gente para que sus denominaciones extranjeras, sus formas y sus creencias perpetúen.

En Tailandia, una poderosa organización paralela estadouni­dense “compró” un grupo de misioneros nativos. Una vez que ganaban con eficacia a su propia gente para Cristo y plantaban iglesias con costumbres tailandesas, se les daban becas a los líderes para capacitarse en los Estados Unidos. La organización estadounidense les proveía una cuenta de gastos de representa­ción, vehículos y oficinas lujosas en Bangkok.

¿Qué precio pagan los líderes misioneros nativos? Debían usar literatura extranjera, películas y el método habitual de estas organizaciones estadounidenses altamente tecnológicas. No se considera qué tan efectivos serán estos métodos y herramientas para construir la iglesia tailandesa. Se usarán, sean efectivos o no, porque están escritos en los manuales de capacitación de esta organización.

Después de todo, el razonamiento de este grupo es: estos pro­gramas funcionaron en Los Ángeles y Dallas, ¡deben funcionar en Tailandia también!

Esta forma de pensamiento es la peor del neocolonialismo. Usar el dinero que Dios proveyó para contratar gente para per­petuar nuestras formas y teorías es un método moderno del antiguo imperialismo. No hay método más antibíblico que ese.

Lo triste es esto: Dios por Su Espíritu Santo ya estaba haciendo una obra maravillosa en Tailandia en una forma cul­turalmente aceptable. ¿Por qué este grupo estadounidense no tuvo la humildad de rendirse ante el Espíritu Santo y decir: “Hazlo a tu manera, Señor”? Si querían ayudar, creo que la mejor manera hubiese sido apoyando lo que Dios ya estaba haciendo por medio de su Espíritu Santo. Para cuando este grupo descubriera el error que han cometido, los misioneros que echaron a perder la iglesia local estarían regresando a casa

con permiso, y probablemente nunca volverían.

En sus reuniones, en las iglesias contarían las victorias en Tai­landia y de cómo evangelizaron al estilo estadounidense. Pero nadie haría la pregunta más importante: “¿Dónde está el fruto que permanece?”

Frecuentemente nos preocupamos tanto en expandir nuestras propias organizaciones que no comprendemos el gran alcance del Espíritu Santo de Dios, a medida que Él se mueve por los pueblos del mundo. En el intento de construir “nuestras” igle­sias, hemos fallado en ver cómo Cristo está construyendo “Su” iglesia en cada nación. Debemos dejar de ver al mundo que se pierde a través de los ojos de nuestra denominación. Entonces podremos ganar a las almas perdidas para Jesús en vez de tratar de agregar más números para nuestras organizaciones hechas por hombres para complacer a las oficinas centrales que contro­lan los fondos.

4: Los misioneros occidentales no pueden ir con facilidad a los paí­ses en donde vive la supuesta “gente oculta”. Hoy en día existen más de 2.000 millones de personas como estas en el mundo. Millo­nes de millones de almas perdidas nunca han oído el evange­lio. Escuchamos muchos clamores pidiendo que vayamos, pero ¿quién irá? Casi toda la gente oculta vive en países cerrados o severamente restringidos para los misioneros estadounidenses y europeos.

De más de 135.000 misioneros estadounidenses que comi­sionan activamente, menos de 10.000 están trabajando entre pueblos totalmente no alcanzados.5 La gran mayoría trabaja en iglesias que ya existen o en donde el evangelio ya se predica.

Ahora, mientras que más de un tercio de los países del mundo hoy prohíben al misionero occidental, el misionero nativo puede ir al grupo de gente oculta más cercano. Por ejemplo, un nepalés puede ir a Malasia con el evangelio con más facilidad que cualquiera del occidente.

5: Pocas veces los misioneros occidentales son eficaces en alcanzar hoy a los asiáticos y en establecer iglesias locales en las aldeas de Asia. A diferencia del misionero occidental, el misionero nativo pue­de predicar, enseñar y evangelizar sin ser obstaculizado por la mayoría de las barreras que confrontan los occidentales

Como nativo del país o de la región, conoce instintivamente los tabúes culturales.

Frecuentemente, ya maneja el idioma o un dialecto relacio­nado. Se mueve libremente y lo aceptan en buenos y malos mo­mentos como uno de ellos. No tiene que ser transportado miles de kilómetros, tampoco requiere una capacitación especial ni aprender el idioma.

Recuerdo uno de muchos incidentes que ilustra esta triste realidad. Durante los días que predicaba en el sudoeste de la In­dia, conocí a una misionera de Nueva Zelanda que había estado involucrada en el ministerio cristiano de la India por 25 años. Durante su último período, la asignaron a una librería cristiana. Un día cuando mi equipo y yo fuimos a su negocio a comprar algunos libros, encontramos la librería cerrada. Cuando fuimos a su residencia misionera, que quedaba en una mansión amu­rallada, le preguntamos qué pasaba. Ella contestó: “Me vuelvo a mi hogar para siempre”.

Le pregunté qué pasaría con el ministerio de la librería. Ella contestó: “Vendí todos los libros al costo, y cerré todo”.

Con gran dolor, le pregunté si podría transferir la tienda a alguien para continuar con el trabajo.

“No, no pude encontrar a nadie”, contestó. Me preguntaba por qué, después de 25 años de estar en la India, se estaba yendo sin tener una persona que haya ganado para Cristo, ningún discí­pulo, que continuara su trabajo. Ella, junto con sus compañeros misioneros, vivían en complejos amurallados con tres o cuatros sirvientes cada uno para atenderlos según su estilo de vida. Pasó toda una vida y gastó incalculables sumas del precioso dinero de Dios, que podrían haber sido usados para predicar el evangelio. Yo no podía colaborar, pero creo que Jesús nos había llamado para ser sirvientes, no amos ni dueños. Si ella lo hubiese hecho, habría llevado a cabo el llamado de Dios en su vida y cumplido con la gran comisión.

Desafortunadamente, esta triste verdad se repite en todo el mundo en las misiones extranjeras colonialistas. Lamentable­mente, pocas veces, las misiones tradicionales son responsables por la falta de resultados presentes; ni tampoco informan sobre sus fracasos en el occidente de donde los mandan.

Al mismo tiempo, los evangelistas nativos están viendo mi­les convertirse a Cristo en movimientos de avivamiento en cada continente. ¡En el tercer mundo los misioneros nativos están formando cientos de nuevas iglesias cada semana!

Continúa

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